Te escribiré una carta cada día

Jenny, te escribiré una carta todos los días

Orlando Luis Pardo Lazo

TUESDAY, APRIL 12, 2011

“Mirarás la muerte con indiferencia”, cantaba Polito Ibáñez mucho antes de mirar la muerte con indiferencia. Porque eran los años noventa en Cuba y la muerte chapeaba bajito de verdad, sin metáforas de mentiritas ni poesía pedestre de adolescentes mitad delirantes y mitad depresivos. Muertes mierderas. Muerte por negligencia médica sin indemnización (el miedo nos obliga a quedarnos sonrientemente callados, acumulando moléculas mudas de la ira para cuando logremos por fin exiliarnos). Muerte a traición. Muerte que no tiene cojones para decir su nombre: muerte maricona en el closet de los tapujos cubanos del bisnieto bastardo del Hombre Nuevo. Muerte sobreadjetivada. Muerte sin elan vital. Muerte que no supo vivir su tiempo. Muerte por azar atroz, asocial. Muerte a tiros: muerte chusma a título del pueblo o asesinato legal a título de un Estado donde, según Raúl Castro en una despedida de duelo, “quien a hierro mata, a hierro muere”. Muerte históricamente higiénica. Muerte medieval de un pueblo anclado a trocha y mocha en su siglo XIX (anagrama energúmeno del siglo XXI que nunca llegó). Muerte muerte.

La muerte nos toca tan de cerca y entonces miramos atónitos más que aterrados alrededor. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no fuimos nosotros los que partimos? ¿Por qué seguimos todavía despiertos ahora y aquí? ¿Qué esperamos para saltarnos ese muro de las mediocridades y paladear en voz alta todas las palabras prohibidas por la policía política, todo ese voCUBAlario árido que se nos coagula en las cuerdas consonantes, todo ese argot de guerra que mutila al eros neurótico de nuestra generación? ¿Quién manda en nuestros corazones que de golpe se detendrán? ¿No sería entonces la muerte mejor que una liberación, más sutil que cualquier subversión: la imagen de la muerte como ingobernabilidad a pulso, como lo intempestivo a la intemperie…?

Estamos solos. Estamos muertos. Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. No nos lo merecimos. No supimos desnudarnos en la Plaza de la Revolución. El placer nos dio pánico. La bandera cubana nos amortajó. Colores como castigos. Malditos los suicidas próceres de la súper-patria. Benditos los seductores perversos que delinquen a la sombra de un sicomoro y no en el surco socialipsista de la emulación o simulación. Estamos. No somos. ¿Y el amor? ¿Y las tontas cartas y canciones de amor entre contemporáneos? ¿El deber es estético o es estéril? “Jenny”, dice el tonto de la colina que corre, Forrest, corre, mientras mastica la bárbara bola de mascar que rueda país abajo hasta el necrocomio de la ilusión, “te escribiré una carta todos los días”.

Yo también te escribiré una carta, Jenny. No todos los días, sino en todos mis discursos, a riesgos de resucitar a un Silvio Rodríguez que ha sobrevivido de más. Yo también podría enloquecer con la idea de no estar mañana y no haber escuchado todas las risas del planeta cristalizando en tu risa. Es abril, mes de falolitos del deber cumplido enhiestos en medio de nuestro tedio doméstico, domesticado. Es una primavera de corizas y carroñas. Todo se pudre mucho más rápido bajo el sol. No me callo. No me cuido. No mendigo ni un minuto menos de muerte. Ven ya. Jenny, estamos locos y no lo sabemos. Déjame correr, con cada pisada un teclazo, con cada kilómetro un párrafo de estas cartas que no cesan, que se meten en ti y te viran al revés, porque solo con las vísceras hastiadas al aire empezaremos, si hay tiempo después del tiempo, a vivir.

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