La Gaceta de Cuba, mayo-junio 2008

No por mucha madrugada

Orlando Luis Pardo Lazo

Rubén Rodríguez nació en 1969. Su libro de cuentos La madrugada no tiene corazón (Premio “Hermanos Loynaz”, Ed. Loynaz, 2006) acaso debió publicarse entonces. La actual edición bien pudiera haber sido, pues, una reedición en rescate de esos pocos autores cubanos que, ya en los años 60, se desviaban de los códigos realistas que predominaron hasta mediados de los 80.

Pero no es así. Rubén Rodríguez lo publica con treintisiete años y, al tratarse de una edición príncipe, el libro nace de espaldas a lo que he llamado, no sin sorna, un “siglo XXI literárido posnacional” (ver “RefleXXIones”, en The Revolution Evening Post 4). En consecuencia, más que no tener corazón, su tardía madrugada nos llega con muy poca razón de ser, a menos que la leamos como parodia retro o manuscrito encontrado en… Sólo que La madrugada no tiene corazón no deja guiños ni asideros para maniobrar creativamente así.

Lo que quiero decir es simple. Rubén Rodríguez ha escrito un excelente libro de literatura cuyos -según la nota de contracubierta de la jurado Maria Elena Llana (una de esas raras autoras cubanas)- “notables valores estilísticos lo inscriben en lo más feliz de nuestra literatura fantástica, gracias a sus bien elaboradas anécdotas donde irrealidad y verosimilitud se diluyen en lo cotidiano con envidiable factura”. Lo que quiero decir es que, en tanto lector de élite radical, este libro me frustra por su corrección tópica y estructural: los demonios que se asoman a estos siete textos no llegan a ripiar su propia escritura. Lo que quiero decir es que La madrugada no tiene corazón con gusto yo mismo lo hubiera premiado en cualquier otro autor cubano, excepto en Rubén Rodríguez y, por supuesto, en mí. Hay que pedirle peras al olmo, porque el peral ya se sabe que con buen tiempo siempre las dará.

Ambiguas situaciones en la tan manoseada frontera del par dicotómico fantasía-realidad, sutil dosificación del detalle significativo que se ilumina sólo con la anagnórisis, prosa casi preciosista donde lo coloquial y lo excelso van bordando un tapiz, deseos eternamente pospuestos por la mordaza de lo poético y lo sugerente, contextos barrioteros y descontextualización espacio-temporal que pone al relato en órbita planetaria, sinuosidad y golpe fáctico, gracia innata para sostener un aliento y un tono que van involucrando a cierto mayoritario lector adánico más que ideal: son demasiados “valores notables” de signo positivo y, por más que yo fuerzo las dioptrías de mi lupa, no logro detectar ni una sola crisis de ruptura o al menos de discontinuidad.

Sospecho, pues, que La madrugada no tiene corazón es un libro escrito irremediablemente con gran factura, sin fracturas. Es filocanónico de remate. Y ocurre que, irremediablemente también, mi brújula no me permite orientarme sin un toque de caos centrífugo que tienda al vacío simbólico de la forma, así como a la desintegración diaspórica del discurso, rozando los procesos más o menos patológicos de la creación como desastre imposible que escapa y capa a su creador: fuga fugaz, quod scripsi is crisis.

Espero se comprenda que, en aras de una nueva narrativa, mis criterios apuestan exclusivamente por el displacer. Concedo que el resto del savoir-faire literario me sabe a relato lato. Concedo que tal pose me obliga a no creer del todo en buenas ni malas literaturas, pues más allá de géneros y tendencias, para mí lo único rentable estéticamente es la inexistencia misma de la literatura: su puesta en jaque antes que su puesta en escena. Concedo que de aquí al terrorismo lectivo sólo hay un paso. Concédanme a cambio el mínimo privilegio de dar ese paso yo. Y conmigo una delirante avanzadilla (sin)táctica de guerra, aescritores que acompañan mi soledad degeneracional, entre los que, por supuesto, se incluye Rubén Rodríguez: no necesariamente todos sus premios publicados en los años cero, demasiadas décadas después de 1969.

Sirva, sin ironías, La madrugada no tiene corazón como disfrute del buen lector: ése que igual no llegará hasta este punto de mi comentario. Tampoco sería atinado atizar una guerrita incivil. Hay papel y tinta para todos, aunque permanecer cautelosamente inéditos pueda ser un gesto más vivo que los aplausos del best-reader local.

En cualquier caso, reitero que se trata de un libro fascinante que sabe contar y atrapa, que no deja hilos sueltos excepto los que seducen y crean suspense, que su parafernalia de personajes evoluciona dramatúrgicamente de la normalidad al bizarre, que no hay complicaciones políticas que violenten al reino autónomo de lo literario, que se cuelan intertextualidades íntimas que nomolestan porque tal vez no se notan, y que -según María Elena Llana todavía- “la técnica se emplea sólo como
vehículo indispensable al malabar de la imaginación”. En resumen, una legibilidad preposmoderna a pulso.

No sé. Pero en tanto núcleo conceptual de lo que, texto a texto, iremos haciendo de nuestro “siglo XXI literárido posnacional”, cualquier tipo de provocación lupina o disfrazada de oveja tendrá cabida. No así cualquier tipo de literaturinercia para bien o para mal: tenga o no (co)razón, sea tempranera o tardía. No sé. Supongo que a mis treintisiete años de lectura, la lección de un siglo XX sea ya suficiente saturación.

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