A las doce, Ipatria tose

A las doce, Ipatria tose

Orlando Luis Pardo Lazo

Los pacientes tosían.

El hospital tosía.

La Habana tosía.

Cuba entera tosía.

Todo el año era así. Antes y después del coronavirus. De un extremo a otro de las cuatro estaciones de Vivaldi, que en la Isla eran sólo dos: el vil verano y el verano vil.

Sonrió.

Ella también tosía. Tos seca, como corresponde. Tal como se había puesto de moda ese año, desde la ciudad de Wuhan hasta el pueblecito del Wajay donde Ipatria vivía desde que nació, en una fecha que de milagro no cayó en otro siglo y milenio.

Pero al menos era una tos sin fiebre. De hecho, una tos sin otro síntoma que la resequedad de la propia tos. Una tos en sí y para sí. Sonora, hueca, insondable. Con suerte, hasta un poco cómica. Tos de locutor cogido en falta ante las cámaras y micrófonos de la televisión nacional. Una tos ojalá que sin consecuencias para los pulmones de Ipatria y su alma de veinte años, de pronto mal oxigenada a nivel de bronquios entre tos y tos.

El hospital era hediondo. Hedía.

La salud pública en Cuba siempre ha sido así. Un matadero gratis, gratuito.

La sala de Neumología estaba en uno de esos edificios remanentes del esplendor republicano o tal vez colonial. Instituciones venidas a menos según se entronizaba, por los siglos de los siglos hasta el fin de los socialismos, esa curiosidad utópica que el resto del mundo aún llamaban Revolución.

El suyo era uno de esos de pabellones art-decó en ruinas, un fósil de puntal altísimo que apenas si se mantenía en pie, apuntalado prodigiosamente por un precario equilibrio. Estática excepcional que viola a todas las leyes de la termodinámica, que son sólo una: Cuba y el caos.

No paraba de sonreír.

Llevaba aquí casi una semana, ingresada involuntariamente en el hospital universitario Calixto García. Desde su ventanal, La Habana se le revelaba como un panel de neones a medio empañar.

Feísima.

Horripilante.

Inolvidable.

La ciudad que sus padres habían ocupado, cuando los padres de otros padres la habían abandonado a su suerte. Una ciudad dejada en manos de gente que nunca habían sido propietarios. La debacle.

Ipatria hubiera preferido no tener que haber vivido las dos décadas que había tenido que vivir allí, en la capital de todos los cubanos. Hubiera preferido, también, no tener que vivirlas en ninguna otra parte, perdida en cualquiera de las muchas esquinas del planeta a donde habían ido a para las esquirlas de la cubanía.

La palabra esquirla la había descubierto en una traducción pésima de la editorial cubana Arte y Literatura. Pero a Ipatria la fascinaba. La mala traducción y aquella palabra llana de tres sílabas y la ciudad maldecida. Arcaísmos de una sociedad que se quedó sin narrativa primero, y que ahora estaba soltando hasta los últimos silencios de su vocabulario.

Ipatria amaba a aquella ciudad. En toda su fealdad fulminante y en todo su homónimo horror. Aliteraciones atroces para una noche más de pastillas y tos.

La Habana, madrastra de mierda que Ipatria no podía ni quería olvidar. La Habana, tan huérfana, tan histórica, tan hermosa.

Tosió.

Por primera vez le dolía muy raro el pecho, como por debajo del esternón.

Tosió.

Sin embargo, no sentía nada especial a la altura de los pulmones. Los tenía como entumecidos. Y los omóplatos también. Y es posible que los riñones.

Tosió.

Carraspeó ríspidamente y extrajo un esputo indoloro de su garganta. Se dirigió al inodoro. Lo escupió.

Esperaba un color neutro flotando en el agua, como cada noche. A lo sumo, un archipiélago amarillento o verdoso. País de pus, espumita de colores bacteriostáticos, arco iris opalescente de los trópicos siempre tan infecciosos.

Pero no.

Los virus son un poco peor, como una cajita de sorpresa aerotransportada.

Esta vez su expectoración lucía como una cayería de pequeños coágulos de rojo rubí. Frijolitos de sangre, vino tinto fotografiado por su azoro y su miedo desde una vista aérea, a la insondable distancia de sus cinco pies y cinco pulgadas de estatura. Un metro sesenta y cinco. Aunque, por lo flaca y espigada que era, a todo el mundo le parecía una muchacha más alta y ella nunca conseguía esquivar el clásico consejo de que debería practicar basquetbol.

Al principio, a Ipatria le pareció que debía de haber sido un error. Una aberración óptica. Daltonismo por intoxicación medicamentosa. Iatrogenia de isla. A lo sumo, debía de ser un artefacto de su perspectiva al mirar, dada su debilidad por la pésima dieta desde que la habían ingresado en contra de su voluntad.

Aquellos hilillos de sangre coagulada en el inodoro no eran más que una visión en falso, una acción que ella bien podría repetir en instantes y obtener el resultado contrario. Bastaba con no creerse la escena que ella misma acababa de protagonizar. Como si de un videojuego se tratara, lo importante ahora era no guardar el archivo en esta fase confusa. Pasar al próximo nivel y olvidarse del susto de aquella hemoglobina sin síntomas decorando su saliva.

Así que simplemente descargó el baño, usando una cubeta plástica sin asa. Un asco el Calixto García. Un asco su Habana del corazón. Un asco Cuba completa, con Ipatria atrapada por la tiranía totalitaria de la tos.

Pasó un instante. Pasó más de un instante. Pasaron todos los instantes necesarios para convencerse a sí misma de que nunca más en su vida se atrevería a volver a carraspear. Tal vez, tampoco a toser.

Era el año 2020. Era el otoño de un larguísimo año en la Isla, represivo hasta el aburrimiento, sobre todo en la capital desquiciada de aquella islita náufraga. Archipiélago al pairo. Zozobrando día y noche, pero incapaz de hundirse de una buena vez.

Regresó sin hacer el menor ruido hasta su cama, a un costado del ventanal.

Los pacientes dormían, tosiendo sin despertarse.

El hospital dormía, tosiendo sin poder dormirse del todo.

La Habana y Cuba seguían medio despiertas al otro lado del ventanal. Inconsolables a dúo en su insomnio.

Sintió un escalofrío. Sintió ganas de usar el teléfono y llamar a alguien, pero no le quedaba nadie a quien llamar. Es posible que tampoco tuviera crédito. Pensó en Orlando, siempre dispuesto a recargarle el teléfono desde otra isla llamada Islandia. Ipatria de pronto estaba pensando en mí.

Por el momento, no tenía sentido pedirle a un médico o al menos a un enfermero que viniera a verla. Que se sentía frágil, mareada. Que le daba vértigo incluso estar cerca del ventanal.

No tenía sentido. Los muy brutos siempre se molestaban cuando algún paciente los convocaba a deshoras. Sobre todo, cuando eran médicas o enfermeras. Ipatria no las soportaba. Ni ellas soportaban a Ipatria. La femineidad ni se crea ni se destruye: es una de las constantes cósmicas el universo.

Miró su reloj de pulsera. Le ardían hasta los párpados. Para ver la hora, buscó con el brazo los frágiles destellos que entraban hasta su cama, radicación espontánea de la Avenida de los Presidentes. A ella le gustaba mucho perder el tiempo a lo largo y ancho de esa Calle G, hangar de gente rara y esquizofrénicamente emocional. Como Ipatria.

Eran su gente, su tribu.

Los mismos que muy probablemente esta noche todavía estarían tirados por allá afuera, avenida abajo hasta rebotar de cabeza contra el muro del malecón. Amistades salpicadas de salitre, que es el mejor antídoto contra los mosquitos de verano y el dengue, ese virus con dolores quebrantahuesos pero al menos sin la molestia y el miedo de la tos.

Mientras más tarde fuera para la fauna de la Calle G, mejor. Adolescencia en clave anticubana, enchumbada en una botellería de alcoholes nunca baratos sino comprados debidamente en dólares. Y al ritmo de los acordes acústicos de una guitarra extranjerizante, jamás con la joven trova local. Notas desafinadas a coro, sobre algún banco de maderas carcomidas o a ras del césped maloliente a los orines unisex de la madrugada.

Ipatria lo sabía. Tarde o temprano, tendría que ser así. Justo a esta hora desbalanceadamente simétrica. La dos y doce.

Recordó aquella rimita de juegos infantiles: a las doce, la vieja tose

Ipatria tosía, pero Ipatria no era ni mucho menos una vieja. Y, aún más, Ipatria nunca iba a serlo, vieja. No venimos a la vida para envejecer. Al menos no en La Habana de un nuevo siglo y milenio. Al menos no en la Cuba anquilosada donde hasta el presente es una pura parodia del pasado. Laberinto de aniversarios, anillos de años análogos, cadenetas de un tiempo estancado que, lejos de no moverse, pasa a millón.

Más que un ciclo, Ipatria se imagina centrifugada en círculos, figura geométrica sin principio ni fin, pero a la vez encerrada sobre sí misma. Un espectáculo extraño, un circo infinito para curiosos que no la conocen, como yo.

Desde niña, ella siempre había sido demasiado adulta para su edad y, sin embargo, ahora, casi ya adulta, Ipatria sentía un cansancio en el cuerpo que es típico de los seres que carecen de edad.

Todo le parecía inverosímilmente ingrávido.

Incluso su nombre, tan estrafalario, que nadie más en Cuba llevaba.

I.

Pa.

Tria.

Tres partículas elementales, ascendentes en la escala onomástica, cuyo origen a Ipatria nunca se le había ocurrido averiguar.

Recostó la cabeza a la cabecera de su cama.

La noche olía a azul y a desinfectantes distribuidos por el Estado.

Sentía una apretazón en el pecho. Le faltaba el aire. Pero estaba dispuesta a ahogarse, de ser necesario, con tal de no volver nunca a toser. Le daba pánico la sangre. Le daba pánico desmayarse y encima tener que negar de por vida que la causa había sido el color de las canicas rojas en una taza de baño.

La sinfonía de carraspeos y toses de los durmientes se le antojaba a Ipatria en clave de Si bemol. Esa nota sin equilibrio que, tan pronto como Ipatria la descubrió en el piano de su papá, le gustaba tocarla hasta el fondo, para sentir el cosquilleo armónico en la punta de sus dedos, según las reverberaciones del Si bemol contorsionaban las cuerdas del piano.

Se trataba de una tecla negra, lustrosa. Si bemol de azabache o asfalto. Y a ella la erizaba aquella nota ignota en los huesos sin historia de una niña de La Habana que había nacido, sin saberlo, en los años cero de la Revolución Cubana.

Cerró los ojos. Fingió dormirse.

Pero no lograba sacarse de la cabeza la misma rimita infantil in crescendo de sus alegrías olvidadas y sus terrores más recónditos:

A las doce, la vieja tose

A las doce, ella vieja tose

A las doce, Ipatria vieja tose

Ipatria tosía, es cierto, pero ella no se veía ahora ni nunca como una vieja. Ser joven implica esa responsabilidad radical. Para perpetuar el estado de juventud hay que actuar bien rápido, sin pensarlo dos veces. Porque, al menor pestañazo, ya resulta demasiado tarde para que valga la pena ninguna acción o simulacro de acción.

El abismo de La Habana al otro lado del ventanal le daba un poco de náusea. La cabecera de la cama se le iba hundiendo hacia atrás, con su propia cabeza recostada allí. En caída libre, lentísima. Pero la idea de volver al baño resucitaba su pánico, una memoria peor que cualquier muerte real o soñada.

Ipatria simplemente no podía ni recordar la pesadilla que aún impregnaba aquel sabor ferroso en sus labios. Y esa imposibilidad la condenada a habitar para siempre en el horror de que su hemoglobina sólo se le hiciera más y más inolvidable.

Tal vez había llegado la hora sin ahora en que ella tendría que abrazarse de un salto salvador a la amnesia sin anestesia del azul.

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