Días de ellas / Days of hers

DÍAS DE ELLAS

Orlando Luis Pardo Lazo

         El día era magnífico. La luz, espléndida. Valía la pena salir a ser cazado o, llegado el caso, a cazar. La gente de Europa lucía libre. Aunque lo más probable es que todos y cada uno de los europeos a mi alrededor odiaran aquella idea: la idea de que yo los estaba imaginando como seres libres por puro instinto de comparación. Cuba es un patrón de referencia universal.
         Estaban locos, por supuesto. Estaban tristes, como yo. Estábamos solos. Y así ya no podíamos continuar. Nos iba haciendo falta una guerra, otra guerra. Esta vez a cara descubierta, sin diplomacia ni dilación. Matar por matar. Nada es tan vital como el sinsentido de la violencia. Nada es más significativo que la muerte por la muerte en sí.
         Pero Bruselas era una ciudad que simulaba resistirse a la matanza. El paisaje urbano se decoraba con burkas y saludos políglotas. También por un ejército de camiones color camuflaje. Tropas especiales. Hombres fornidos, mudos. Los blancos de la victoria. Los blancos de la paz. Los blancos del canto de cisne de una democracia blanca, blanqueada.
         Comenzó a lloviznar en Bélgica. El tiempo se me hizo lento. Cuba no existía a esa hora y yo tenía mucho miedo en mi corazón. O yo no existía a esa hora y era Cuba quien tenía mucho miedo, pero ningún corazón. Las gotas eran gruesas. Las nubes, muy bajas. El aire olía a ozono, a oxígeno electrocutado. Una atmósfera cargada. Mientras tanto, yo cambiaba de mujeres como cambiaba de tram. De mujer en mujer y de tram en tram por las calles de ciudades que casi no sabía nombrar, como casi no sabía nombrar a las mujeres que decidían amarme. En ambos casos, actuando con la cabeza vacía. Por inercia. Por ineptitud. Por ira. Me vaciaba tanta diversidad. Me daba náuseas que todo fuera tan fácil y tan real. Yo no debía de estar ahora y aquí. Pero lo estaba.
         El mundo se mimetizaba como un par de patas abiertas de par en par. El mundo era una alcancía insaciable, cambiando de moneda entre tram y tram. Ya ni siquiera quedan fronteras. El espacio ha desaparecido. Bostecé. Tenía ganas de tener ganas de llorar. Supuse que debía de ser viernes, porque últimamente todos los días lo son.
         Cuando ya no pude más del mareo, entré a la Taverne Victória. Una pizzería de portugueses, en la parada de Bailli. Una mezcolanza radical de colores y olores. Sílabas y salsas exóticas. Música mala y mesitas con manteles de un euro. Yo era un tipo feliz. Me estaba muriendo y todavía no me cansaba de ser feliz. La estupidez es un estado de permanencia perpetua. Una manera de estar por estar, no estando.
         Entré y elegí la esquina más alejada. Fui y me senté. La taverne estaba casi vacía. Se acababa la tarde. Era una de esas horas perdidas del mundo. Saqué medio cuerpo por la ventana y me puse piadosamente a contar las mujeres tapadas que pasaban por la acera en ambos sentidos, en una danza de la decencia que subía y bajaba de la mano de dios mismo, a lo largo y estrecho de la Rue Lesbroussart.
         Me sentí profeta. Me sentí en una época bíblica. Entendí que nunca en la vida los cubanos íbamos a regresar. Toda fuga es un acto de fe. Un salto adelante. Toda fe es fósil, por supuesto. Habana, Habana, ¿por qué nos has abandonado? Y reí. Cuacuacuá. Reí solo. Como ríen los locos de verdad, los tristes de verdad, los profetas de verdad.
         La llovizna era ahora más fina. Aguaceros imaginarios. Los autos lucían más pequeños que de costumbre en Europa y corrían en paralelo sobre los rieles del tram número 81. Carritos de juguete. Daban ganas de salir corriendo y tirarse de cabeza delante del próximo tram. Por el momento, las frutas reverdecían bajo los toldos de enfrente. Joly-Frais, decía en letronas blancas sobre la tela roja. Se acercaba la noche. Comenzaba la fiesta de los neones.
         Pasó una ambulancia. Pasó una pareja de occidentales y sentí infinita lástima, pena por cada uno de ellos por separado. Detrás, venía una adolescente que parecía persa y no árabe. Tal vez estudiante, tal vez empleada. En cualquier caso, un cuerpo hembra flotando dentro de su uniforme sepia impecable. Saya a la rodilla, blusa de mangas largas. Libre. Verdadera. Presente. Tapada con un tul, pero no demasiado.
         Era el rostro más hermoso que yo hubiera visto en todo el reino de Bélgica. El rostro más humano de medio planeta. Me enamoré. Y no le dije nada, a nadie. Hacía meses que no tenía a quien contarle nada. Desde que salí de Cuba, hablar con cualquiera es perder el tiempo. De un salto, me puse de pie. Había pedido unas pastas baratas, a la bolognesa. No quise esperarlas. Le solté un billete de diez euros a la señora junto a la caja contadora y me fui. Detrás de ella.
         La vi doblar por la Avenida Louise y doblé tras ella. Pretendí naturalidad. Lo cierto es que la estaba siguiendo. Y no me importaba. Porque me importaba. Quería saber a dónde van a parar las adolescentes persas en las noches de viernes. Si tienen un hogar o un hospicio en Europa. Si se apuran o si se demoran en su retirada. Si prefieren ir por las calles comerciales o si se atreven a cruzar por algún parque o plaza apartada. Si miran hacia atrás. Si me ven. Si mira hacia atrás nuevamente. Si nuevamente me ve. Ella, a mí. En esta, nuestra súbita relación al azar.
         A mitad de una de esas calles impronunciables se detuvo por fin. Se escurrió dentro de la caseta del tram. Yo también. Estábamos humedecidos por la llovizna. Ambos. No se secó. Yo tampoco. Sacó de su mochila algo que debía ser una tarjeta magnética. O un detonador a distancia, nunca se sabe quién es quién con la cabeza tapada. O un spray contra acosadores, como yo. Me mantuve a distancia. Pero no le quité los ojos de encima. No te los quité. Estaba ejerciendo así mi pleno derecho de mirarte, de mirarla. A estas alturas de la historia, mirar era lo único que me quedaba.
         Cuando se montó en el tram número 94, no me atreví a continuar. Tenía demasiadas ganas de hablarle. Tenía demasiadas ganas de darle un abrazo. Tenía demasiadas ganas de que ella y sólo ella, como tantas, me amara para siempre en el mundo, pero sólo hasta un minuto antes del próximo amanecer.

*

         Miré la hora en mi celular islandés. Todavía tenía la hora de Vodafone Reykjavík. Decidí ir. Tampoco perdía nada. Y fui.
         Era, literalmente, una cuartería. Una de esas mansiones que la Revolución segmentó en mil y una estancias. Pesebres del proletariado. Esquirlas de una grandeza familiar venida ahora a menos, a nada. Acaso venida a más, a muchos, a los incontables inquilinos enclaustrados en cada habitación sin baño. Tugurios habaneros donde la vieja burguesía había sido vengada y bien vengada por una barbarie de burdel, pero anorgásmica. El espacio colectivizado es justo eso: una carencia de crónica de deseo.
         Me faltaba el aire. Demasiadas escaleras. Demasiadas carreras. Demasiado tarde para respirar con normalidad. Subí y subí. Sin darme cuenta, terminé en la azotea, entre antenas parabólicas y tendederas con trapos y ropa interior. Olía a nidos, a plumas, a cagadas. La vida en pleno apogeo sobre el horizonte cubano. La vista era en verdad magnífica. La verdad siempre lo es. La luna, espectacular. Las nubes, rojizas. Los chorros de hemoglobina son el verdadero motor de la historia. Marx fundó la hematología dialéctica.
         Pensé en Zoe. Pensé en mí. En nuestra infancia más caníbal que cubana. Pensé en las aulitas públicas que compartimos, de municipio en municipio. Pensé en los flamboyanes tan y tan rojos de nuestro barrio. Y en la azotea llena de palomares de su edificio. Este mismo edificio, ahora que Zoe se había ido a esconder a París.
         ―Quítate los zapatos ―me dijo una vez.
         ―¿Tú estás loca?
         ―Sí.
         ―Quítate los zapatos ―repitió.
         ―Tú estás loca.
         En aquella ocasión, nos sentamos al borde del alero. Este mismo alero. Abajo, otra Habana parecía otra postal. Perfecta. Póstuma. Pudriéndose a pedazos por aquí y por allá. Eran los ochenta del horror. Estábamos a punto de algo y ningún cubano sabía de qué. Tampoco Zoe. Ni yo. Me los quité, los zapatos y las medias. Por entonces yo hubiera hecho cualquier cosa por ella, como hoy. Zoe, mi amor.
         ―Dámelos ―me pidió.
         Se los di. Las medias y los zapatos.
         No me dijo más nada. Desde niña, ella siempre prefería los actos. El vértigo de la acción. Abrió su mochila y comenzó a sacar unas piedras muy raras. Redondas, con poros profundos, como túneles. Me dijo que se las había robado de no sé qué Parque Nacional, en la punta de Pinar del Río o por ahí. Piedras volcánicas. Como si en Cuba alguna vez hubiera habido un volcán. Eldfjall, es la palabra en islandés para decir eso mismo: volcán. Eld, fuego. Fjall, montaña. Montaña de fuego: nuestra pobreza de lenguaje no nos permite ir mucho más allá. Los rellenó de piedras. Las medias y los zapatos. También los zapatos y las medias. Todo recuerdo es reversible.
         ―¿Ves? ―me dijo.
         ―¿Ver qué? ―le dije.
         ―Ahora tienes peso.
         ―¿Y qué?
         ―Que sin peso no se puede volar ―me dijo.
         ―Que si no vuelas, una noche de estas te vas a matar ―me dijo.
         ―Que si te mueres, ¿entonces cómo te voy a olvidar? ―me dijo.
         Nos besamos. No me morí. Al menos, no entonces. Pero igual al poco tiempo nos olvidamos. Los dos. Besándonos y borrándonos. Las lenguas saladas. Sus dientecitos de higiene tercermundista. Su glotis hoy tan profesional, traduciendo documentos de Estado entre Bruselas y Nueva York, entre Estrasburgo y Ginebra, entre París y La Habana.
         Las gargantas unidas. Aliento a parmesano y carne picantona con salsa de origen desconocido. Carbohidratos supurantes de saliva. Tenía ganas de ponerla de espaldas y entrarle. Al duro. Sin preguntarle. Hasta el fondo. A lo bestia. Hacerla mía. Y partirme de llanto dentro de ella. Ríos de lágrimas, hasta el ridículo.

*

         A lo mejor son los ríos, no ella. Porque los ríos, desde que yo estaba en Cuba, siempre me hacen llorar. Y la majestuosidad del río Hudson no iba a ser la excepción, escurriéndose como una maldición muda bajo el puente George Washington. O a lo mejor sí era ella al final, no los ríos. Porque su nombre en lengua nativa norteamericana quería decir Lágrima, o al menos eso me dijo, un instante después de conocernos en un cafecito del Village.
         Por supuesto, ni ella ni yo ni creíamos en la existencia de ninguna lengua nativa, mucho menos norteamericana. Creíamos, cuando más, en los diccionarios. Y en los crucigramas. Y en los encuentros de último minuto en los aeropuertos. Y en Nueva York, por supuesto. Cómo no creer en la Gran Manzana, siempre a medio despertar y siempre a medio caer dormida. Rendida.
         Como también creíamos de manera natural en el cowboy solitario de Brooklyn, Bobby Fisher. Como mismo Bobby Fischer creía de manera brutal en las buenas jugadas, no en la sicología soviética ni en la brujería cubana ni en ninguna de esas naderías por el estilo. Alfil negro en d6 que se come al peón blanco en h2, por ejemplo. Una jugada de diagonales inesperadas, repetida dos veces por Bobby en dos partidas muy diferentes. Para demostrar de una vez por todas quién era quién en el reino del ajedrez, desde aquel verano de 1972 hasta el primer lunes o martes de la eternidad.
         Lágrima siempre salía con Peón 4 Rey. Una apertura a lo macho. A lo español. Y yo le respondía invariablemente con Peón 4 Alfil Dama. Una vez siciliano, hagas lo que hagas en la vida y vayas a donde vayas a parar, siempre terminarás defendiéndote a la Siciliana. El ajedrez era así nuestra trampa. Una red que nos reunía cada vez que yo pasaba por Nueva York. Hasta allá iba cada dos o tres meses a lo máximo, puntualmente a hablar de política. A denigrar a la gente de mi país. A vomitar mi venganza contra la tiranía de la felicidad que no me dejaba regresar a la Isla infame e infinita donde nací.
         Lágrima tampoco quería que yo regresara. Ella no quería que me metieran preso o me cayeran a golpes, como a tantos. O que me mataran o me volvieran loco. Y entonces tener que venir muy sola hasta aquí, ante el altar del puente George Washington, sobre el Hudson, a llorar sus lágrimas nativas norteamericanas antes de que, una noche cualquiera del mundo, Lágrima se suicidase de amor por mí. Me tenía medio amenazado con ese chantaje emocional. Yo había dejado de ser un exiliado para convertirme ahora, entre las piernas de Lágrima, en un homicida en potencia.
         Me daba igual. O no tanto. Porque nadie hacía el amor como lo hacía Lágrima. Ella estaba, por supuesto, muy mal de su cabecita. Loca de atar, como toda mujer después de cumplir cierta edad. Pero loca de atar y todo, me amaba como nadie sobre la cama. O de pie. O de cabeza. O en el aire. Hasta retorcerme las vísceras en su apartamentico de Washington Heights.

*

         Yo cogía el metro amarillo hasta su parada de Columbia Heights, la de las escaleras eléctricas descomunales, y caminaba entonces hasta toparme con la mismísima embajada cubana, en la calle 16 del North West. Ella vivía justo detrás. Tan cerquita, que desde su balcón se oían los cuchicheos de los agentes secretos en la embajada cubana. Era excitante hacernos el amor espiándolos, aunque ni Tayki ni yo entendiéramos absolutamente nada del código en clave de Castro con que mis compatriotas se comunicaban.
         Tenía unos dedos perfectos para cierto tipo de maniobras. Extirpar tumores, por ejemplo. El cerebro expuesto al acero estéril de su bisturí. Los algodones tiñéndose de rojo sangre. El olor de la memoria ya a punto de convertirse en el cadáver de un millonario o un ex-congresista, por ejemplo. Y las manos de Tayki tan precisas como las de un robot. Tal cómo extraía de muy dentro a mí los grumos más recónditos de mi biología. Los más animales. Mientras la noche se nos hacía muy corta desde su pent-house de élite en Washington, D.C.
         Yo estaba, por supuesto, muy mal de mi cabecita. Orate de remate. Entre la depresión y el delirio. Como todo hombre después de cumplir cualquier edad. Pero orate de remate y todo, igual me consolaba un poco dormirme entre sus senos de cirujana profesional. Hasta que su móvil de emergencia sonaba y Tayki tenía que vestirse a la carrera, sin tiempo para ponerse la ropa interior, y salía volando hacia uno de esos hospitales de la capital de la Unión, donde el próximo paciente imperial ya la esperaba, anestesiado, para que Tayki le abriera los huesos del cráneo con una delicadeza bestial. Con aquellos dedos tan perfectos que ella tenía, y con los cuales ejecutaba todo tipo de maniobras dentro de los órganos más delicados de la humanidad. Tayki siempre extirpando lo que sobraba. Tayki posponiendo la muerte por el puro placer de contradecir por un rato a Dios. Tayki, deidad de una modernidad sin exilios.
         Me gustaba hacérselo tan pronto como regresaba de sus larguísimas intervenciones quirúrgicas. Entonces ella siempre olía a fluido interior ajeno, a linfa sin límites. Penetrar a Tayki adquiría de pronto cierto viso siniestro de profanación, de adulterio invertido, de trauma en tierra arrasada. Yo entraba en ella como mismo Tayki entraba a las entrañas de un desconocido acostado bajo las luminarias de una corporación clínica. Un desconocido, unos desconocidos. Eso seguíamos siendo Tayki y yo, extraños excitados en la capital de unos Estados Unidos ahora con la plusvalía de la novísima embajada cubana.

*

         Como desconocido serían siempre los mares de Islandia. Y desconocida la bahía de humo de Reykjavík, el único recoveco en toda la isla que nunca había sido devorado por los campos de lava. Nos mirábamos en silencio y no nos creíamos nada. Yo le cogía la mano, fría incluso en verano, sin sangre, y nos íbamos en un Flybus hasta Selfoss. Allí nos arrodillábamos ante la tumba de Bobby Fischer. Para nosotros, él era como un oráculo. Edda jugaba pésimamente mal. De hecho, el ajedrez la aburría desde su infancia, con su padre primero Gran Maestro y después suicida.
         Pero el mito de aquel muerto rabioso la fascinaba, Bobby the best. Y le daba también mucha lástima. De manera que, en pleno cementerio de miniatura, Edda y yo nos poníamos a rezar, mitad patéticos y mitad parodia, sintiendo de paso un cosquilleo entre nuestras piernas, por el puro deseo de desnudarnos delante de los huesos de aquel cadáver campeón desde 1972 hasta la eternidad.
         Edda mucho más que yo, por supuesto, que siempre estaba un poco abatido. Cuando ella incorporaba, terminado nuestro ritual, siempre me parecía notar que la hierba bajo el peso de su entrepierna había quedado mojada. Edda llovía. Edda lava. El apellido de Edda debía de ser Eldfjall.
         A veces llevábamos al cementerio de Selfoss la guitarra que había sido de su papá, hippie además de Gran Maestro de ajedrez y suicida de icebergs en Akureyri. Y entonces nos pasábamos la tarde cantando canciones en islandés, excepto aquella balada country en norteamericano:

When New York City summer sweats        

And the boys are rolling their cigarettes        

The girls are singing into their phones         

But Bobby Fischer is all alone.

         En cualquier caso, entre el nórdico y el anglosajón, era muy sensual comunicarse en un lenguaje ignoto con Edda, amantes al azar en aquellos parajes tan remotos de Cuba. El español era para mí en Islandia una lengua muerta. Como Bobby Fischer enterrado medio metro bajo nuestras pieles y pies.

Is he in London or is he in Spain?        

As he cut off his hair        

He changed his last name.        

Is he under that rock or behind that tree?         

Oh Bobby Bobby, where can you be?

         Un día Edda me dijo en islandés:
         ―Islandia es un país falso. Quiero irme a Cuba contigo. Quiero conocer la vida de verdad.
         Pensé que no la había entendido bien. Después pensé que ya no había nada más que entender, ni bien ni mal.
         ―Eso me encantaría ―le dije―. Espérame un momentico aquí.
         Fui hasta el supermercado Bónus que quedada en la esquina. Me compré una malta, el único alimento que mi garganta reconocía en esa altísima latitud llamada Reykjavík. Me la bebí de un solo palo. Sin respirar, sin respiración. Parado junto a la cajera del Bónus, que me miraba con cara de llamar a la policía. Gluglugluglú.
         Enseguida me sentí más calmado. Como en casa por última vez. La patria comienza por el esófago. Como las maltas y los milagros de la multiplicación. Como un país falso y otra vida en la verdad. Saqué mi móvil de Vodafone, cajita mágica de las desapariciones vikingas, y disqué el número de la compañía de taxis. Edda, como el cielo, bien podía esperar. Espérame a ras de los mares de Islandia, amor. Flotando entre los cetáceos o asfixiada de humo helado en la bahía de Reykjavík. Espérame entre la colección de cráneos trepanados por Tayki mi amor a pacientes con una cifra desconocida de seguro social.

*

         Las tardes de Washington, D.C. me encantaban. Desde Columbia Heights muchas veces me escapaba horas y horas hasta el Smithsonian National Zoo, caminando. No era lejos. Toda vez fuera de Cuba, ya nada quedaba lejos de nada. Pero, a la vez, Cuba es una fuente funesta de cercanía. Es imposible alejarse de lo cubano. Solamente por eso me odio. Y la odio. Las odio.
         Una vez Tayki tuvo que volar hasta Tokio, para dar unas clases sobre cómo abrir y cerrar las cabezas de sus compatriotas. Estaríamos una semana entera sin vernos. Era un verano abusivo, que en D.C. es como decir agónico. Mil veces peor que en Cuba. Cada día los días se iban haciendo más y más largos bajo el sol insolidario del capitalismo, demasiados largos para mantener la cordura. Y cada día yo extrañaba y extrañaba más, no a Cuba sino a la ausencia de Cuba. Es decir, extrañaba no poder ser extranjero.
         Y así fue que se me ocurrió. Una idea disparatada. Como todas, cuando son ideas y no una mera imitación de otra idea, que a su vez seguro es sólo imitación de otra idea que imita a otra idea, y así y así en una cadena de idioteces que lo mismo puede llegar hasta el infinito que hasta el pecado original. El hombre se resiste heroicamente a habitar en la verdad. Solamente por eso los amo. Me amo.
         Decidí hacerlo sin pensarlo una segunda vez. Se me ocurrió quedarme en el zoológico toda la noche. The United Zoos of America. Me pareció una idea linda, provocadora. Me pareció un gesto liberador, esa palabra. Pasar toda la noche oyendo los bramidos y aleteos de una fauna cautiva, cautivante. Pasar toda la noche impregnándome de la tristeza enjaulada de los osos, elefantes y lobos. Sin público. Los animales y yo. A solas en la capital de un país enemigo desde mi infancia de Isla. A solas con ese enemigo a muerte de mí mismo en que me estaba convirtiendo ese verano yo.
         A la mañana siguiente, el zoológico amaneció rodeado de policías. Pensé que se había escapado un asesino en serie. Pensé que yo había matado en serie a un número de mujeres y ni siquiera lo recordaba. Muertes amnésicas. Decidí entregarme. Pedir perdón. Aceptar la silla eléctrica en paz, con tal de no tener que seguir haciendo el amor con víctimas.
         Pero no había sido yo esta vez. No, todavía. Fue Oli, el bobcat del zoológico. Se había escapado esa misma madrugada, pero en sentido contrario al mío. Oli había había decidido no pasar más noches tras las rejas allí. Seguro tenía las mismas ganas de desaparecer que yo. Y la misma impotencia de no poder hacerlo, en un mundo donde imperan las políticas y la policía.
         A esa hora, ya la traían de vuelta los uniformados. Redes, flashes, altoparlantes. La habían capturado poco antes del amanecer, por la zona de las embajadas, los oí comentar en tono festivo. Tuve entonces la certeza de que el embajador de Cuba era el miserable que había hecho la delación, un mulato con bigote amargo y músculos de matón. Ahora toda aquella parafernalia de veterinarios y prensa libre elucubraban las primeras teorías sobre cómo Oli logró fugarse. Oli, la bobtaiky. Oli, la boblágrima.
         Nadie reparó en mí. Me había convertido en un cubano invisible. Como todos. Decidí regresar a New York, directamente en un Megabus, sin pasar ni a recoger mis cosas por el pent-house de Tayki. Desde Washington Heights, Nueva York me reclamaba en mayúsculas por SMS, Whassap, Hangouts y el resto de las aplicaciones. A lágrima viva. A golpes de efectos y amenazas suicidas más o menos sobreactuadas al borde del Hudson, Hudson, burning bright in the rivers of the night…
         El ómnibus se rompió a la altura de Philadelphia. No hay ciudad más triste en toda la Unión. Cada calle define a un ghetto. Cada ghetto es como un crucigrama sin solución, un diccionario de una y sólo una entrada. Neolengua del apartheid, como en Cuba y el argot grosero de los Castros. Monolingüismo es mongolismo. Por eso los cubanos somos un pueblo atrasado.
         Megabus se puso nerviosa con las protestas de los pasajeros. Algunos llamaron a sus abogados. Yo no tenía a quien llamar. Yo no quería llamar más a nadie. Y terminamos todos, por esa noche, hospedados en un hotel bastante lujoso. Era muy tarde, y el siguiente ómnibus no vendría hasta el amanecer. Reparé en los posters que colgaban por todo el lobby del hotel. En un par de días se inauguraba allí mismo el Campeonato Mundial Abierto de Ajedrez. Por trescientos dólares todavía era posible registrarse.
         Decidí quedarme. Rebusqué en mi cartera. Imperio del cash. Las tarjetas para mí no eran ni remotamente una opción. No tenía ni papeles en los USA, sólo mi pasaporte cubano: un documento obsoleto, pero amenazante. Entre mujer y mujer, yo soñaba siempre la pesadilla post-coito de una deportación. En la Isla me estaban esperando para ayudarme gentilmente a despertar. Pero indocumentado y todo, yo seguía conferenciando, y cobrando honorarios y donaciones de una punta a otra de los 51 estados, Cuba incluida. Pagué los 300 para jugar. Además, tenía que hacerme miembro por un año de la Asociación Norteamericana de Ajedrez. Pagué 100 más. Me quedé sólo con el menudo del día a día. Tampoco necesitaba mucho más. Ya aparecería alguna nueva mujer con su monedero amable para mi noche a noche.
         Estaba eufórico. Me descubrí sonriendo por primera vez desde que salí de la Isla. Había caído otra vez en la trampa de los mediocres. Creerme un genio. Reír. Reír solo, ante la indolencia o la lástima del chofer y el resto de los pasajeros del Megabus, cuando les anuncié: “sigan ustedes, sean libres si pueden, yo ya lo soy”. Como libres somos los locos, los tristes, los desaparecidos sin esperanza de una reaparición. Mucho menos una repatriación.
         Lloviznaba en todos los ghettos. Centro Habana se hacía un charco intransitable enseguida. Las mansiones de arquitectura prerrevolucionaria se derrumbaban al estilo de un dominó despótico, fichas de la fidelidad fósil, cayendo sin causa bajo el peso del moho y un materialismo sin ilusión. Nos hundíamos. Nos hundimos.
         Donde quiera que queden cubanos, allí estarán el luto y el carnaval. La lujuria y la carne, la locura y la complicidad. Zoe, mi desamor. Me había dejado un papelito pegado con imán en el chasis oxidado de su refrigerador. Gramática magnética.
         ―Te lo dije ―empezaba su nota, con aquella letrica de preuniversitaria cubana, incapaz de la menor imaginación a la hora de despedirse.
         ―¿Me dijiste qué? ―pensé― ¿Qué me vas y qué no me vas a decir?
         Tampoco seguí leyendo. No necesitaba oír su retahíla de metáforas malas. No era en absoluto por miedo a dejarla irse. En todo caso, sería por el miedo de lo prosaico que resulta toda repetición. Tan sin estilo, tan totalitarismo de efemérides y aniversarios. Tan poesía cubana. Tanta y tanta irrenunciable comemierdad.
         Eché su papelito en la taza del baño, con imán y todo. Oriné. Descargué varias veces. Escatología del agua como bautismo de muerte. Muérete, amor. Preferí desechar su letra y desleír su lengua salada muchas épocas atrás, cuando Zoe y yo aún estábamos vivos. Tanteando con la mía sus dientecitos de higiene precaria. Antes de que se graduara de traductora estatal y sus refrigeradores coleccionaran entonces de la retórica rota de otros cuerpos extraños entre Bruselas y Nueva York, entre Estrasburgo y Ginebra, entre París y La Habana por mil y unésima vez. Por mil y mujerésima vez.
         Dobló por la Avenida Louise y yo le doblé detrás, casi pisando la dignidad de dios de sus trapos persas. Pretendí naturalidad. Del acoso a lo acostumbrado. No la estaba siguiendo. Me estaba siguiendo a mí. Quería saber hasta dónde puede uno llegar con la cabeza vacía y el cuerpo dando bandazos de tram en tram.
         Pero esa noche de viernes todo parecía transcurrir con inusitada normalidad. 
         El universo había encontrado su eje de equilibrio inestable. Estábamos los que estábamos en el mundo y nadie más. Bruselas recuperaba su halo de ciudad embrujada. La gente de Europa lucía libre. Aunque todos y cada uno de los europeos odiaran que yo los imaginase en libertad. Igual la luz era espléndida. La noche, magnífica. Valía la pena salir a ser cazado o, llegado el caso, a cazar.
         No estábamos locos, para nada. Ni tristes, como hubiera creído yo. Ni tan solos, como hubiera querido yo. Podíamos por fin ahora continuar. Nos iba haciendo falta otra guerra, por supuesto, pero las grandes guerras necesitan muchas escenas mínimas de paz, antes de que el mundo se dé cuenta de que otra guerra nos está haciendo falta.

DAYS OF HERS

Orlando Luis Pardo Lazo

The day was magnificent. The light, splendid to go out for hunting or to be hunt. The people of Europe, free. Even though all and each one of the Europeans hated such a rapture of freedom imposed upon them by me.

They were crazy, like me. They were sad, like I. They were all alone, like me. We couldn’t go on like this. We deserved some kind of war. Another war. This time face to face, without any sort of diplomacy or delay.

But Brussels was decorated with burkas and an army of camouflage trucks. Elite troops. Looked like the Whites of victory. Looked like the Whites of peace. Like the swan song of a white, whitened democracy. Bleached.

It started to drizzle. Time went slowly for me. Cuba didn’t exist at that moment, and I was full of fear in my heart. Or I didn’t exist, and Cuba was full of fear without the least trace of a heart.

The drops were thick outside. The clouds, very low. The air smelled of ozone, electrocuted oxygen. A charged atmosphere. Meanwhile, I was changing women like I changed trams. From woman to woman and from tram to tram. In both cases, with an empty head. So much variety was emptying the whole of me.

The world was a couple of legs way wide open. The world was a willful well from tram to tram. I yawned. I felt like feeling like crying. I guess it was Friday, because it’s Friday every day lately.

When I couldn’t take anymore of my dizziness, I went into the Victória Taverne. A Portuguese pizzeria, at the Bailli bus stop. An intermingling of radical smells. Syllables and sauces. Bad music and tables with one-euro tablecloths. I was a happy boy. I was dying and still wasn’t tired of being happy.

I chose the most remote spot. Just went and sat. The taverne was almost empty. It was almost evening now. It was one of those timeless hours of the world. I squeezed half my body through the window and started piously counting covered women, walking both ways hand in hand with god himself, in a dance of decency along the narrow Rue Lesbroussart.

I felt like a prophet. I felt I was living in biblical times. I understood that we Cubans would never return in the rest of our lives. Fleeing is an act of faith. Faith is but a fossil. Cubansummatum est. Cuba O’Akhbar. Europe, Europe, why hath thou forsaken me? And I laughed.

I laughed alone. Like truly insane people laugh, like truly sad people laugh, like only true prophets do.

The drizzle outside was now thinner. Imaginary downpours. The cars shone smaller than usual in Europe and ran perfectly in parallel on the tracks of tram number 81. It’s easy to miss the United States watching these mini-cars. It would be so easy for anyone to jump in front of the next tram here. And even easier to be drooling about emptying yourself inside the next woman that shows up in your way.

The fruits were greener than ever outside the next store. Joly-Frais, it read in huge white characters on the red canvas. Night was drawing nigh, at full speed. The carnival of the neon lights was about to start.

An ambulance went by. A couple of westerners went by, and I felt infinite pity for each one of them, one at a time. Behind came a teenager who looked Persian instead of Arab, perhaps a student, perhaps with a job. In any case, floating inside her sepia uniform. Skirt to the knees, a long-sleeved blouse. Free. True. Present. Scarcely covered with her scarf.

The most beautiful face I had seen in Belgium. The most human face in the whole kingdom. I fell in love. I said nothing to anyone. I got up.

I had ordered some inexpensive pasta a la Bolognese. I didn’t want to wait for it at this point. So I dropped a 10-euro bill at the woman behind the counter and left. After her.

She turned onto Louise Avenue and I turned too, one more time after her. I acted natural. The truth is I was already stalking her. I didn’t care. Because I did care. I wanted to know where these Jewish teenagers end up on Fridays. If they had a home or a hospice somewhere in Europe. If they hurry up or slow down during their ways back where to I don’t know. If they prefer the commercial streets or just dare to cross the lonesome parks and plazas of this city. If they look over their shoulders sometimes. If they see me seeing them. If she looks over her shoulders again. If she sees me seeing her again. She, me. In this, our relationship by chance.

In the middle of one of those unpronounceable streets she finally stopped. She rushed into the tram booth. I did, too. We were wet from the drizzle. Both of us. She didn’t dry herself. Me neither. She took something out of her backpack that must have been a magnetic card. Or a long-distance detonator. Or a spray against stalkers. I kept my distance. But I didn’t take my eyes off her, off you. It was my due right to stare at you, at her. It was the only thing I had left by then, back then.

When she got onto tram number 94, I didn’t dare continue with this. I was too much in need of speaking to her. I was too much in need of her embrace. I was too much in need that she and only she would love me too.

I checked the time on my Icelandic cell phone. It still had the time set in Vodafone Reykjavík. I decided to go. I wouldn’t lose anything by going. And there I went.

*

It was, literally, a bunkhouse. One of those mansions that the Revolution split apart into a thousand and one homes. The mangers of the proletariat. Splinters of a family grandeur come to naught. Come to more, to many. To the many subfamilies cloistered into each unit with no bathrooms in it. The ancient bourgeoisie paid back more than well within these barbaric brothels which lacked even sex. Neither rented nor free. Neither private nor collective. That’s what the domestic space is for. Frigidity in the time of eternity.

I couldn’t breathe. Too many steps. Too many shortcuts. Too late to breathe normally here.

Not knowing how come, I ended up on the rooftop, between satellite dishes and birds named with r’s with an accent. It smelled of nests, feathers, bird shit. Life at its peak above Paris. The view was magnificent. The moon, splendid. The clouds over Europe, very low. Reddish. Hemoglobin is the true engine of history.

I thought about Zoe. I thought about myself. In our Cuban childhood. In a public municipal classroom. The flame trees, also red, all over our neighborhood. The roof of her building, full of dovecotes.

“Take off your shoes,” she told me.

“Are you crazy?”

“Yes.”

“Take off your shoes,” she repeated.

“You’re crazy,” I said.

We sat down at the edge of the eaves. Under our feet, Havana looked like a postcard. Perfect. Posthumous. Crumbling away here and there.

I took them off. My shoes and my socks. Love of my life.

“Give them to me,” she said.

I gave them to her. Love of my Zoe.

She didn’t say anything more. Since she was a girl, she always preferred to act. Facts. The threat of action. Zoe of my life.

She opened her backpack and started to take out a number of weird stones. Round, with deeps pores, like tunnels. She told me she had stolen them from I don’t know what National Park, at a cape of Pinar del Río or nearby. Volcanic rocks. As if in Cuba there had been a volcano, ever. Eldfjall, my love. That’s the word in Icelandic to say the same thing, volcano. Eld, fire. Fjall, mountain. Our poor language doesn’t allow us to go beyond that.

She filled them with stones. My socks and shoes.

“See?” she said.

“See what?” I asked.

“You do have weight, love.”

“So?”

“Without weight you can’t fly,” she said.

“Without flying, Havana will kill you one of these nights,” she said.

“Without being alive, then how could I ever forget you,” she said.

We kissed. I didn’t die. After a little time we forgot each other. Both of us.

The salty tongues. Her teeth of first-world cleanliness. Her professional polyglot glottis, so accustomed to translating from Brussels to New York, from Strasburg to Geneva, from Luxembourg to Havana.

Our throats together. Breath of parmesan cheese and spicy meat with sauce a la Bolognese. Carbohydrates dripping saliva all over us. I wanted to put her on her back and get inside. Hard. Without asking. Deeply. To break through her like an animal. To grab all of her. To make her mine to the fullest. To open her from behind, as if she were a man.

And to break into tears once deep down there inside, as if I were a woman. Those from before. When women used to cry and stuff like that.

Perhaps it’s the rivers, not she. Because rivers, ever since I was in Cuba, always make me cry. And the majesty of the Hudson River, winding like a silent malediction below the George Washington Bridge, was not going to be the exception.

Or perhaps it was she, not the rivers.

*

Because her name in native North American means Lágrima, she told me.

Of course, neither she nor I believe in the existence of any native language, much less North American.

But we did believe in dictionaries. And in puzzles. And in last-minute meetings in airports. And in New York. How can you not believe in the Big Apple, always half-awake and always half-falling asleep? Worn out.

Like we also naturally believed in Bobby Fisher. Like Bobby Fischer himself naturally believed in good moves, not in Soviet psychology or anything like that. Black bishop on d6 takes white pawn on h2, for example. A move of unexpected diagonals, repeated two times by him in two different games. Demonstrating once and for all who was who in the kingdom of chess, from that summer of 1972 until the first Monday or Tuesday of eternity.

She always led with Pawn 4 King.  A macho opening. The Spanish way. Then later, the Scottish way. And I invariably responded with my old Pawn 4 Bishop Queen. Once Sicilian, whatever you do and wherever you may roam, you always end up defending yourself the Sicilian way.

Chess was our trap. A net that reunited us every time I passed through New York. I went punctually into talking politics. Denigrating the people of my country. Vomiting my vengeance against the Cuban tyranny that didn’t let me return to the infinite and infamous island where I was born.

She didn’t want me to return. Lágrima didn’t want me to be put in jail or beaten up, like so many, or to be killed or or driven crazy, so she would have to come here all alone, before the altar of the George Washington Bridge, to cry her native North American tears before, any next night in the world, she would then just commit suicide, out of love for me.

Nor did I want her to die. No one made love like Lágrima. Lágrima was, of course, very sick in the head. Crazy, toys in the attic. Like all women after the age of 30. But crazy and all, she loved me like no one else in bed. Or standing up. Or upside down. Until her guts were twisted in her little Washington Heights apartment.

*

Every time I could escape to the city, I took the yellow Metro to the Columbia Heights stop, the one with the enormous escalators, and I then walked until I ran into the Cuban Embassy itself, on 16th St., N.W. She lived just behind it. From her balcony you could hear the whispers coming from the Lithuanian and Cuban embassies. And Tayki and I understand absolutely nothing in any of them.

She had perfect fingers for certain kinds of maneuvers. Removing tumors, for example. The brain exposed to the sterile steel of her scalpel and staff. The cotton colored with red blood. The scent from a memory about to become a cadaver. And Tayki’s hands, as precise as those of a robot. Just like she removed from me the most obscure lumps of my biology. And now I was the one whose guts were writhing in her Washington, D.C., penthouse.

I was, of course, very sick in the head. A real lunatic. Between depression and delirium. Like all men who have turned 40. But crazy and all, I made love to her like no one else on her bed. Or standing up. Or upside-down.

Until her emergency phone rang and she had to get dressed on the run, almost without putting on her underwear, to fly off to one of several hospitals, where some other patient in the capital of the Empire already waited, anesthetized, so Tayki could open up his skull with a brutal delicacy. With those so-perfect fingers that she had, in order to execute all types of maneuvers inside the most delicate organs, sometimes in a body and sometimes in a human cadaver. Always removing what was superfluous, postponing death for the pure pleasure of contradicting God for a little while. Operating on the margin of emotions.

I liked to give it to her as soon as she came back from her very long surgical interventions. Then she always smelled of an alien interior fluid. To penetrate her then it soon acquired a certain sinister vice of profanation, of inverted adultery, of trauma. To penetrate her was to pay her with the same money with which she had just trepanned and sutured someone unknown. Like the unknowns were also we two, Tayki and I, in the capital of some United States now with the surplus of a Cuban embassy.

*

Like the sea of Iceland is unknown too. As unknown is the “bay of smoke” of Reykjavík, the only corner on the whole island that has never been devoured by fields of lava.

We went by bus to Selfoss, and we kneeled before the tomb of Bobby Fischer. For us, he was like an oracle. Edda played chess really badly. In fact, the game bored her since she was a child. But the myth of that rabid dead chess champ fascinated her. And aroused her with pity, a lot. And right in the miniature cemetery at the end of our prayers, half pathetic and half parody, we both felt a tingle of pure excitation between our legs.

She much more, of course. When she moved away, our ritual over, it always seemed to me that the grass below the weight of her groin had remained wet. Edda had rained.

Sometimes Edda took her guitar to the Selfoss cemetery. And a portable radio, a model dating from, at least, that heroic year of 1972. A relic of the Cold War. Made in the USSR. And we started to sing, very softly, a country ballad, in English.

When New York City summer sweats

And the boys are rolling their cigarettes

The girls are singing into their phones

But Bobby Fischer is all alone.

It’s always more sensual to communicate with women in English. Spanish in Cuba has been a dead language too long, as dry as any second language. That’s why to communicate with women in English is always much more sensual.

Is he in London or is he in Spain?

As he cut off his hair

He changed his last name.

Is he under that rock or behind that tree?

Oh Bobby Bobby, where can you be?

But with Edda it was always more sensual to communicate by singing. Or in silence. For a long time silence has been the language of Cubans, with or without Cuba. A kind of lingua franca, complicit and cosmopolitan. The utopia of a universal jargon.

One day Edda told me, in English of course:

“Iceland is a very sick country. I want to go to Cuba with you. I want to know real freedom.”

I thought I hadn’t heard right. Later I thought that now there was nothing else to hear, for better or worse.

“I’d love to, love,” I said. “Can you wait for me here just for second, please?”

I went to the Bónus supermarket right on the corner. I bought malt, the only drink I recognized at that high latitude. I drank it down in one gulp at the checkout counter, and the cashier looked at me like she was about to call the cops. Glug glug glug.

I then felt calmer. Like I was at home. Patriotism begins in the stomach. Like true freedom. And then I called the the taxi company that works as a shuttle of FlyBus.

Edda was now part of the seas of Icelandic. And the “bay of smoke” of Reykjavík. And the skulls of unknown patients with their due social security numbers, all trepanned and sutured by Tayki.

*

I loved afternoons in Washington, D.C. Many times I would escape from Columbia Heights for hours and walk to the zoo. It wasn’t far. Once I was outside Cuba, now nothing appeared to be so far away. Cuba is an insatiable source of distance. But in Cuba we didn’t know this. We still don’t.

Once Tayki had to fly to Tokyo to give some classes about how to open and close the heads of her compatriots. We would go an entire week without seeing each other.

It was a tough summer, which in D.C. is like saying it was asphyxiating. A thousand times worse than in Cuba, which is a lot to say. And every day the days started becoming too long to stay sane. And every day I missed more and more, not Cuba, but the absence of Cuba. I mean, I missed not being able to be a foreigner. And then it just came to my mind.

A crazy idea. Like all ideas, when they’re true, not simple imitations of other ideas, which are in turn certainly imitations of other ideas that imitate ideas, and thus in a chain of nonsense that can lead either to infinity or to the original sin.

It occurred to me to spend the whole night in the zoo. It seemed beautiful. It seemed liberating, that word. The whole night hearing the roars and the fluttering of captive animals, so captivating. All night in the middle of the canned sadness of bears, elephants, wolves and some orangutan. Without the public. The animals and I. Alone in the capital of the United States.

And, almost as if I were expecting it, that night was it happened. I woke up in the zoo surrounded by police. I thought it was all about a serial killer. I thought I had already killed an amnesiac amount of women. I decided to turn myself in. To beg for their pardon. To accept the electric chair in peace, so that I wouldn’t have to go to bed with the next victim.

It was Oli, the zoo’s bobcat. She had escaped that same morning, but in the direction opposite to mine. Oli had decided not to spend any more nights behind bars there. She had the same desire to disappear as I did. With the same impossibility of being able to do so.

Because, in any case, the men in uniforms had already brought her back. They had captured her a little before dawn, as I heard them talking in a joyful tone. And the whole police and press paraphernalia now would be part of an investigation about how Oli the bobcat managed to flee. Oli, the bobtaiky. Oli, the boblágrima.

In the end no one ever saw me. I had become the invisible Cuban. Like all of us. I decided to return to New York right from the there, on a Megabus, without going to get my stuff in the house. From Washington Heights someone was yelling at me by email. A living tear. For purposes of her drama and tricky suicidal threats, more or less over-reacted upon the river Hudson, Hudson, burning bright in the forests of the night…

         The bus broke down in Philadelphia. There’s not a sadder city in the whole country. Every street defines a ghetto. Every ghetto is like a crossword puzzle without its key, a dictionary of one and only one meaning.

         Megabus paid a luxury hotel for all of us. It was quite late, and the next bus wouldn’t come until the following morning. I noticed the posters that were put up everywhere. In a couple of days in that same place, the Open World Chess Championship would be inaugurated. For $300 it was still possible to register.

         I decided to stay there the week the event would last. I looked in my wallet.

Credit cards at the time weren’t even an option for me. I didn’t have any papers, but all the same I kept on lecturing and receiving “donations” from one point to the other of the Union. I paid. For playing, I also had to be a member of the National Chess Association. I paid $100 more.

         I was euphoric. I found myself smiling for the first time since I left the Island. I had fallen again into a trap. This time it would be the last one. It was inconceivable to turn back: New York, New York, why have I abandoned thee?

         And even more, I laughed, I laughed alone, in front of the confusion of the other passengers when I announced to them: so far, so good; you may continue to the Big Apple. And I laughed like only really crazy people laugh, really sad people, really lost people.

It was drizzling in all the ghettos. The Latin Quartier became an unnavigable marsh immediately. It looked like Cuba, but without the nightmares of the political police in civilian uniform. I was in one of those mansions that the Revolution split into a thousand and one residences until the end of time.

Paris can also be a funeral. Like all European cities. Wherever we may roam, there will suddenly follow mourning and carnival. Usually, mourning during the carnival or a carnival during mourning. Wherever Cuban may roam, there will suddenly follow lust and flesh, intertwined in the name of the international proletarians. We are condemned to impregnate and give birth forever. That’s why we are so prolific to proliferate.

She had left me a piece of paper held on the half-corroded chassis of her refrigerator.

“I told you so,” began her note, with her handwriting from a Cuban high-school, unable to say hello to begin with.

What did you tell me?, I thought. What were you going to and didn’t tell me at all?

I didn’t continue reading. Not at all for fear of a farewell. But for fear of the prosaic nature of all repetition. For fear of her same never-ending poetry.

It was better to not read her calligraphy again. Dissolving her always salty tongue had been more than sufficient. Probing her little teeth of Parisian hygiene with my own tongue. Treasuring for no reason her thousand and one notes, untranslatable beyond the Cuban jargon, pieces of paper left on her polyglot refrigerators between Brussels and New York, between Luxembourg and Strasbourg, between Geneva and Brussels for a thousand and one times.

I turned onto Louise Avenue and she turned too behind me. I acted natural. Now it was certain that they were tracking me. And I didn’t care. Because I did care. I wanted to know how far the not so covered agents might go after me, with her look much more Cuban than Iranian.

Everything happened normally. The rest of the people in Europe seemed so free. Even though all and each one of the Europeans would hate me for imposing upon them such a rapture of freedom. The light was splendid in any case. A magnificent day for going out for hunting or to be hunt.

Leave a Reply