Uber Cuba 0034

UBERCUBA

Uber Cuba 0034

Orlando Luis Pardo Lazo

Enero 21, 2019

Manejaba y tomaba pastillas. Tomaba pastillas y manejaba.

Me dijo que sufría de depresión. Me dijo que padecía del síndrome de falta de atención y del síndrome de obsesión compulsiva. Me dijo que era neurótica. Me dijo que tenía también stress postraumático. Me dijo que era bipolar. Que en inglés clínico se traduce como borderline.

Todo esto en inglés. Una pelirroja. Al volante. En la frontera del deber: es decir, entre los treinta y treinta tantos años. Lindísima. Riquísima. Estaba como un tren. Su locura y su incontinencia verbal sólo conseguían hacerla más sexy, más objeto vaginal no identificable, más anónima y a la mano. Más vulnerable. Dijo el cuervo: “siempre más”.

Me dijo que se llamaba Emmanuelle y que había nacido en 1974. En la aplicación de Uber, su nombre aparecía como Crystal Sylvia. En ambos casos, me parecieron seudónimos. Y no parecía tener 45 años, para nada. Por eso mismo, su edad es probablemente lo único real en esta historia.

Emmanuelle Crystal Sylvia se asombró de que yo fuera cubano y estuviera deportado en Saint Louis. Pero no me habló bien de la Revolución, por suerte. De hecho, ignoraba que en Cuba hubiera ocurrido una Revolución. Y el nombre de Fidel Castro no le decía nada. Si acaso, un cantante flamenco español.

¿No es maravilloso? Para escapar de la locura histórica cubana hay que ser depresiva con falta de atención y exceso de obsesión compulsiva, además de bipolar neurótica postraumática en la frontera del deber. Y encima manejar un Rolls Royce coincidentemente de 1974, con el App de Uber instalado entre Clayton y el Central West End de Saint Louis.

Al dejarme en mi destino, me preguntó si podía acostarse conmigo esa noche. This is America, recordé, como diría el Childish Gambino en una canción criminal. Esto es América y olé. De pinga, queridas amiguitas, mamacitas y hasta abuelitas (que de todas y todos los colores las hay en el Tinder del Señor).

Era tarde como carajo. Las tres, o tres y tanto de la madrugada. Yo venía de emborracharme un poquito tras una lectura de poesía en el Venice Café, y de fornicar a medias a otra norteamericana, no menos clínica que la chofer psico-farmacológica de mi Uber. A esa hora, hacía un frío de tres pares de timbales en todo Missouri y en los estados aledaños de la gran unión confederada. La sensación térmica era de -19 grados Celsius a esa hora, según Google God. Y escuetamente le dije que sí:

Sure, sube.

No sería la primera vez que me acostara con dos mujeres en el mismo día. En este caso, en la misma noche. A veces, en la misma hora. Y hasta en la misma cama, con suerte, en contadas ocasiones de las que no viene al caso ahora alardear (siempre en Cuba, país de encontronazos cameros).

Y subimos, seguro.

Vivo en un tercer piso. Tan pronto como abrí la puerta de mi estudio alquilado a The Byron Company, Emmanuelle Crystal Sylvia corrió hasta la cama y se metió bajo mis colchas (una de ellas, eléctrica: de las baraticas, comprada en Walmart a sugerencia de otra mujer).

Me dijo, en francés:

Merci, mon chou.

Fui hasta el baño, a orinar y a enjuagarme con agua fría la pinga. No era necesario. Refulgía, resplandeciente. Higiénica. Pero eso me la pone aún más dura y bien refractaria a eyacular hasta la escena extrema final, anticlimática casi, cuando ya ellas están a punto de desmayo de tanto estallar y restallar solas. They come alone, como decía el temita ochentoso de Sting o Cher: but sooner or later, we all come alone.

Cerré la pila del lavamanos. Me miré en el espejo del botiquín, esa palabra inexistente en América. Ah, las “boticas” y los “botiquines” cubanos: pura herencia hispana de nuestra Cuba desaparecida por un acto de magia marxista, más toneladas de pésima propaganda primermundista.

Me vi. Era yo. Orlando Luis Pardo Lazo, el último de los grandes escritores cubanos. A estas alturas de la historieta, todavía sin una gran obra de la cual alardear. Por eso mismo era único. Me dije:

―A singar.

Y si no puedes escribir ni una sola palabra, Orlando Luis Pardo Lazo, por lo menos puedes singar mejor que los Pedro Juan Gutiérrez y los Leonardo Padura. Acaso ese sea tu destino literario terrenal. Devenir una Wendy Guerra, una Ena Lucía Portela, una Zoé Valdés (sólo las mujeres escritoras cubanas saben singar, los hombres son una debacle en la cama, empezando por Carlos Manuel Álvarez y todo el que crea ser “una nueva voz”).

Voz, la mía.

Tener voz es tener los cojones de quedarse callado.

Apagué la luz del baño y volví a la salita, para ripiarle las vísceras mi ex chofer de Uber taxi.

Sin luz, se hizo de noche otra vez, dentro de la noche incivil de los cubanos apátridas. Como tú y como yo. Al parecer, Emmanuelle Crystal Sylvia había apagado la luz mientras me esperaba desnuda, encamada. Y, al parecer, yo me había demorado más de la cuenta venerando mi cimitarra fálica en el baño (curvatura a la izquierda, ángulo agudo de menos quince grados).

Sin necesidad de dar ni tres tristes trancos, estuve enseguida junto a la cama. Mi estudio es chirriquitico. A mi hembra sacrificial la iluminaba, de espaldas, el neón parpadeante de los negros del edificio de al lado. Me encanta ese familión, con su bullicio de blues a perpetuidad.

Mi hembra hambrienta tenía el pelo rojo, en contraluz. Back-light, para iluminarla toda por dentro por detrás. De noche, todas las pelirrojas son putas. Tuve ganas de echársela ahí mismo en pleno pelo. De embadurnarle el cráneo de porno-pastillera al volante por la Interstate 64, de pronto ahora caída en mi cama como un Objeto Venéreo No Identificado.

Entonces algo me llamó la atención. Su inmovilidad, no sé. Su respiración honda, agónica, como de cadáver antes del alba. Entonces me arrodillé a su lado. Sin hacer ruido, como cuidándola de no sé qué. Como si fuera una muñeca de trapo rota, a punto de vomitar sus órganos en lugar de sus orgasmos.

Emmanuelle Crystal Sylvia tenía los ojos cerrados. Estaba, supongo, en otro mundo, en otro país, en otro estudio cualquiera de alquiler. Dormía. Dormida. Se durmió. Y tal vez soñaba con una realidad irreal donde, en su aplicación de Uber, por ejemplo, Emmanuelle o Crystal Sylvia o ambas o ninguna pudieran de una vez, todas juntas, o una por una, delicadamente despertar y no darse de cara contra la desesperación, el desasosiego, la desesperanza.

Nunca he amado tanto a una mujer. Nunca he amado tanto a otro ser humano.

Sentí infinita piedad, infinita bondad, infinita humanidad.

Le dije, en silencio:

De rien, ma petite princesse.

Que en cubano del corazón se traduce como:

―De nada, mi amor.

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