Catch and release

«Catch and release»: El juego de los Castro con los presos políticos

Orlando Luis Pardo Lazo

14 septiembre, 2015

presos políticos
Mientras no cambien las leyes, los presos políticos seguirán siendo moneda de intercambio del régimen cubano. (Mdzol)

Del 19 al 22 de septiembre viene un tercer Papa católico a Cuba y, como de costumbre, el régimen de los hermanos Castro cae en trance de misericordia.

Esta vez,  sus cancerberos han liberado a 3.522 presos, unos quinientos más de los concedidos en marzo de 2012 a Benedicto XVI, y unos tres mil más de los entregados gracias a Juan Pablo II tras su visita de enero de 1998. En cada caso, el mundo —admirado— ha aplaudido esos gestos del castrismo como una victoria para los derechos humanos en la isla.

Asimismo, como recompensa por su discurso del 17 de diciembre de 2014, el general Raúl Castro le regaló 53 reclusos considerados políticos al presidente Barack Obama. Algunos de ellos, como los activistas afrocubanos Sonia Garro y su esposo Ramón Alejandro Muñoz habían estado tras las rejas casi tres años, ¡sin juicio!.

O sea, secuestrados por el Estado (ambos no tan paradójica como perversamente encarcelados durante la ola represiva en paralelo a las misas de Benedicto XVI). Pero el mundo —admirado— también aplaudió ese gesto del castrismo como un gesto de buena voluntad de cara a la supuesta transición cubana y la apertura de los mercados marxistas al Tío Sam.

En Cuba la población penal ha oscilado en las últimas dos décadas entre los 50 y 60 mil reos, teniendo nuestro país la altísima proporción de más de 500 prisioneros por cada cien mil habitantes. Pero ese dato tan desastroso es lo de menos.

Se trata de indultos reales que nos toman por sorpresa: tan despóticos como aquellos pulgares hacia arriba o hacia abajo del Emperador

Lo peor es que la ley cubana sigue inquisitorialmente intacta, represiva y retrógrada, con pena de muerte, con delitos de desacato al Comandante en Jefe, con leyes mordaza que todo lo criminalizan como “propaganda enemiga”, y con cláusulas de peligrosidad predelictiva calcadas del fascismo italiano. Mientras que los órganos paramilitares de la Seguridad del Estado se aseguran de que, al margen de ese mismo Código Penal, cualquier ciudadano cubano pueda ser chantajeado con ir a la cárcel por cualquier motivo. Y esto incluye lo mismo a ministros que a mendigos. Lo mismo a exagentes que a ex-exiliados.

Por lo tanto, si en Cuba no existieran los presos políticos, habría que inventarlos a la carrera. O, de lo contrario, de pronto la dictadura se quedaría sin moneda de cambio para negociar con la Unión Europea y con los Estados Unidos y, por supuesto, con el representante de Dios en La Tierra.

Dada la duración y la crudeza de la tiranía caribeña, que fusiló a miles con carácter festivo y ha forzado a casi un quinto de nuestra población a expatriarse, hoy por hoy hasta a los presos políticos hay que inventarlos por parte del Estado totalitario. Es por esto que hay mucho de tétrico teatro en la lógica de protesta-pacífica + represión-popular en las calles cubanas. Es un ciclo que no pone en riesgo para nada el poder de los Castro. Antes bien, es una agenda que ellos mismos manipulan a su conveniencia, según les convenga comportarse como el policía bueno o el policía malo ante el contexto internacional.

Mientras no exista separación de poderes en la sociedad cubana, mientras no se tolere ni la menor libertad de expresión ni de asociación, mientras no haya una institucionalidad civil independiente de la élite corporativa-militar, mientras la Constitución no permita cuestionar al socialismo en tanto modelo “irrevocable” a perpetuidad, técnicamente da igual que se liberen 5 o 55 mil presos. En ningún caso se trata de una amnistía con base en la presión social, pues se trata siempre de una especie de indultos reales que nos toman por sorpresa: gestos tan despóticos como aquellos pulgares hacia arriba o hacia abajo en los coliseos sangrientos del Emperador.

Berta Soler, la líder del movimiento cívico Las Damas de Blanco en la Isla, lo ha resumido con sagaz precisión: “El Gobierno cubano es muy astuto y no será la primera vez que, antes de anunciar una excarcelación de presos como ésta, se dedica meses antes a encarcelar a gente por delitos menores, para luego soltarlos e inflar las cifras”.

Me alegro de corazón por mis compatriotas liberados. Me lamento de que millones de compatriotas aún no comprendan que ni uno solo de nosotros ha sido aún liberado. Mientras el mundo —admirado— aplaude los límites de nuestra libertad a plazos.

Castro’s Prisoner Amnesty Is Bait and Switch 

Orlando Luis Pardo Lazo

September 18, 2015

As long as Cuban laws remain unchanged, the Castro brothers will continue to use political prisoners as foreign-policy leverage.
As long as Cuban laws remain unchanged, the Castro brothers will continue to use political prisoners as foreign-policy leverage. (Mdzol)

From September 19 to 22, the Catholic Pope will visit Cuba for the third time, and as is customary, the Castro regime has had a sudden merciful change of heart.

This time, Cuban jails have released 3,522 prisoners. That’s 500 prisoners more than in March 2012, when Benedict XVI came to the island, and 3,000 more than those released thanks to John Paul II’s visit in January 1998. In each case, the whole world celebrated the gesture as if it were a human-rights victory.

Similarly, General Raúl Castro freed 53 political prisoners as a “gift” to Barack Obama for his announcement to restore diplomatic ties with Cuba on December 17, 2014. Some of them, like Afro-Cuban activist Sonia Garro and her husband Ramón Alejandro Muñoz, had been behind bars for nearly three years, without a trial.

In other words, the state kidnapped them during a perverse and hypocritical wave of repression, while, ironically, Pope Benedict XVI celebrated mass on the island. But never mind that. Everyone applauded Castros’s “gesture of good will” in light of the diplomatic transition and the opening of Cuba’s Marxist markets for Uncle Sam.

Over the past two decades, Cuban prisons have held between 50,000 and 60,000 inmates, producing an alarmingly high ratio of 500 prisoners for every 100,000 residents. However, that disheartening figure is the least of it.

The worst part is that the repressive and backward Cuban laws remain untouched and unquestioned. The death penalty, crimes of contempt against the commander in chief, censorship laws that criminalize dissent as “the enemy’s propaganda,” and punishments for “pre-crime” reminiscent of Italian fascism are all still on the books.

Meanwhile, the state’s paramilitary groups ensure — with complete disregard for the penal code — that the threat of imprisonment reaches every Cuban citizen: beggars, ministers, former agents, and exiles alike.

This means that if there were no political prisoners in Cuba, the regime would have to invent them. Otherwise, the dictatorship would have no leverage to negotiate with the European Union, the United States, and, of course, God’s representative on Earth.

This brutal, tyrannical regime has been in power for so long, happily executing thousands and forcing nearly one-fifth of its population to leave, that it now must somehow manufacture political prisoners. That’s why the regime puts on a show whenever it cracks down on a peaceful demonstration in Cuban streets.

These periodic protests and arrests pose no threat to the Castro brothers’ reign. Instead, officials turn it all into a convenient tool to manipulate the international agenda, depending on whether they want to look like the good cop or the bad cop.

As long as there is no separation of powers in Cuba, the slightest tolerance for freedom of expression or association, or a civil society independent of the corporate-military elite; as long as the Constitution does not allow for questioning why socialism should be the eternal “irrevocable” model of the country, then, it really doesn’t make a difference whether five or 50,000 prisoners are released.

We are not dealing with some sort of amnesty brought on by social pressures. It more resembles a kind of royal pardon that takes us all by surprise: a gesture as oppressive as the thumbs-up or thumbs-down of a Roman emperor in a bloody coliseum.

Berta Soler, the leader of the Ladies in White, astutely summed it up when she said: “the Cuban government is clever; it won’t be the first time … that they will spend months imprisoning people for petty crimes, only to inflate the figures of those released.”

I could not be happier for my fellow countrymen who are now out of jail. However, it makes me sad that millions of Cubans don’t yet understand that not a single one of us has been truly freed, and that the world continues to applaud the bounds of our curtailed liberty.

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