Uber Cuba 0030

UBERCUBA

Uber Cuba 0030

Orlando Luis Pardo Lazo

Diciembre 2, 2018

Nos pasábamos días y días, y hasta semanas, los dos fajados con una línea cualquiera de alguna canción en inglés. Éramos adolescentes cubanos de los ochenta, oyendo FM de La Florida y grabando lo que podíamos en casetes de cinta, Orwos y TDKs regrabados hasta el infinito, mientras nos hacíamos adultos solitarios en un barrio de las afueras de La Habana llamado Lawton.

Todos se iban, menos Fidel Castro.

Éramos El Chino Alexis y yo. Éramos cubanos analfabetos de mundo, y el inglés significaba por entonces la dignidad del afuera, de la belleza, de lo bueno, de la libertad. El inglés en aquella Cuba a punto de la debacle era para nosotros la otra Cuba, la contra Cuba, la no Cuba.

No tengo mucho más que decir.

Llamé al taxi Uber, con siglos de antelación, como de costumbre cuando cada vez que voy a volar. Hábitos de habanero provinciano.

El taxi Uber me recogió en El Palacio de los Jugos de la 87 SW Avenida de Westchester, rumbo al Aeropuerto Internacional José Martí de Miami. Estaba super adelantado y, sin embargo, ya iba con siglos de retraso.

Esa mañanita yo debía de volver, hosco y fosco, a mi rincón de alquiler en el Central West End de Saint Louis, Missouri, donde en una universidad privada, de las más caras de los Estados Unidos, los castristas de ocasión me machacan los cojones mucho más que la policía política de La Habana.

O tal vez sí tengo mucho más que decir, pero no tiene ningún sentido que te lo diga ahora a ti. No lo tomes como una agresión personal. Sabes bien que nadie quiere a los cubanos como los quiero yo. Es que tú tampoco entenderías ya nada. Mejor vuelve a lo tuyo y déjame a mí seguir con lo mío: se llama cubanidad.

El taxi Uber lo manejaba El Chino Alexis.

No había envejecido, como le corresponde a su raza ancestral. No nos pusimos contentos de vernos. No nos pusimos nada.

Nunca habíamos pasado días y días, y hasta semanas, los dos fajados con una línea cualquiera de alguna canción en inglés. Nunca fuimos adolescentes cubanos de los ochenta, oyendo FM de La Florida y grabando lo que podíamos en casetes de cinta, Orwos y TDKs regrabados hasta el infinito, mientras nos hacíamos adultos solitarios en un barrio de las afueras de La Habana llamado Lawton.

Nunca nadie se fue, tampoco Fidel Castro.

Nunca habíamos sido El Chino Alexis y Orlando Luis Pardo Lazo de cara a la eternidad cubana. Menos aún fuimos analfabetos de mundo, en un país-prisión donde sólo en el inglés encarnaba por entonces la dignidad del afuera, de la belleza, de lo bueno, de la libertad. Nunca hubo para nosotros la otra Cuba, la contra Cuba, la no Cuba. No pudimos ser nunca ni contemporáneos.

El Chino Alexis y yo, sólo eso. En un Uber del exilio cubano con destino a ninguna parte.

Uber Cuba 0029

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Uber Cuba 0029

Orlando Luis Pardo Lazo

Noviembre 28, 2018

Personajes planos, parrafitos raquíticos, anécdotas huecas. Acción desmotivada, diálogos sin función. Cero descripciones o atmósferas. Esta mierda no parece ni literatura cubana. Es decir, no parece ni literatura. Y así es imposible impresionar con estas cagarrutias de Uber a un Duanel Díaz, por ejemplo, o a un Rafael Rojas (en cualquier orden de relevancia, por favor: no se mátense).

Es la hora de parar esta sección sin sentido. A la patada. Me está arruinando mi carrera literaria, que ya era antes de empezar una ruina, pero perdonable por la bobería de los arrestos en Cuba y la contrarrevolución digital.

Es la hora de desinstalar la aplicación de Uber de mi móvil viejito. De hecho, lo conservo desde que salí de Cuba el martes 5 de marzo del 2013, como un regalo del presidente Obama que me llegó a través de los millonarios pro-Castro de la mafia amorosa de Miami.

Miren, cubanos que me escuchan, si ya cerré mi Facebook y mi Twitter, también me puedo ir al carajo de aquí. Esto se está acabando, compañeros y compañeras. A la hora de recoger los bates. El exilio, exhausta. Cuba te reclama el culo y las calles cochinas de La Habana comienzan a quedarme cada día un poco más cerca del corazón. Por si acaso yo regreso.

Prepárense, taxistas de la Seguridad del Estado.

Uber Cuba 0028

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Uber Cuba 0028

Orlando Luis Pardo Lazo

Noviembre 22, 2018

Se llamaba Miranda. O al menos eso decía ella en su perfil en Tinder: “Miranda S. Dzhugashvili”.

Tenía 20 años, según la aplicación, y se había mudado hacía muy poco a Saint Louis, Missouri, desde Atlanta, Georgia, donde a su vez vivía con una famosa familia también de inmigrantes, pero del otro lado del Atlántico. De la otra Georgia, el país perdido entre los Montes Cárpatos o los Apeninos o los Urales o los Cáucasos o los Balcanes o cualquiera de esas sierras maestras más o menos comunistas y menos o más criminales.

En cualquier caso, después de verle su cuerpecito desnudo en el taxi, después de oler la lluvia tibia que se corría desde su entrepierna tatuada, miel de vísceras todavía sin flora ni fauna bacteriana o viral, y después de sentir la silueta ínfima de sus ovarios desde su mismo interior, yo creo que Miranda S. Dzhugashvili o como se llamase mi preciosa princesita georgiana no llegaba ni a los 16 años.

Es decir, en realidad era una menor de edad. Es decir, esta es la historia de una ilegalidad federal, cometida por mí en un taxi Uber en los Estados Unidos de América, en una fecha indeterminada. Un acto punible con silla eléctrica y deportación a Cuba, lo que, a los efectos de nosotros, los desaparecidos cubanos, viene a significar exactamente lo mismo.

Después de chatear un rato en Tinder, me dijo que quería templarme. En inglés. Tecleó la palabra F*%&, sin moralismos ni miedos: FUCK, en mayúsculas totalitarias. Dicho así como así, fuck, sin otra ternura que la fucking belleza de la fucking verdad.

Miranda tenía una amiga que de noche manejaba taxis Uber en la ciudad, me dijo. Y esa amiga, que era bi- o tri- o tetra- o penta- o poli-amorosa, pero siempre con muchachas y con nada más que con muchachas (no la culpo de su fundamentalismo femenino, porque yo también soy así), tenía la fantasía de ver a Miranda poseída por un pene de macho adulto en su propio taxi (hoy por hoy ya no es fácil encontrar machos en USA, y mucho menos encontrar un adulto de una punta a la otra punta de la gran unión americana: para no mencionar que es virtualmente imposible toparse con un adulto que se considere a su vez un macho: así que, dado mis orígenes de pueblo barbárico, yo era un candidato de excepción para ambas).

Acaso su amiga quería asquearse o excitarse en contra de su propia voluntad, que es la misma reacción neuronal. Y acaso quería babearse de rabia al ver a su Miranda venirse aullando como una desquiciada, mientras ella como chofer de Uber seguía pisando el acelerador a tope de velocidad, entre las pistas de carrera de la Inter State 66. O acaso sólo pretendía matarse y matarla y matarnos: un final digno de ser vivido por los tres. De singar como dioses locos en un cohete silente (el carro era un Tesla de último modelo, por cierto) iríamos a caer directico en los titulares de primera plana del periódico Saint Louis Post-Dispatch.

Malditas georgianas maravillosas. Las amo.

Y así mismo lo hicimos, una madrugada fría como carajo. Miranda S. Dzhugashvili con su teticas prepúberes lactando dentro de mi boca, y mi pene lactante clavándola vaginita afeitada arriba hasta su mismísima glotis, gimoteante, goteante. Mientras su anónima amiga nos fisgoneaba con odio y libidia por el espejo retrovisor, donde los objetos parecen estar mucho más cerca de lo que en realidad están. Yo, un fantasma fálico. Yo, una fantasía ajena entre una menor de edad y su chula chofer de Uber, que sería apenas un par de años mayor.

No daré más detalles. Estoy consciente de que todo lo que diga podrá ser usado en mi contra por los jueces antinorteamericanos del movimiento #MeToo, por los sabuesos paralegales de la oficina de Title IX (que debía de llamarse Title MCMLIX), y hasta por abogados pro-inmigración promiscua del 9no Circuito Judicial.

Cuando me dejaron de vuelta en casa, yo estaba flotando. Llevaba tanto tiempo viviendo sin amor en este exilio de mentiritas que, casi sin darme cuenta, de pronto ya me había enamorado.

Eso. Enamorado de la escena vivida. Enamorado de la vida como tal. Enamorado de mí mismo, como siempre ocurre cuando nos enamoramos de verdad.

Y, por supuesto, también enamorado de la tal Miranda S. Dzhugashvili, la niña que me viró las gónadas al revés en un taxi Uber a cien millas por hora, la bebé de bollo tatuado que me cocinó mi cerebrito cadáver de cubano con patria pero sin amor, y la virgen eyaculadora que me despertó mi alma dormida que ahora de nuevo ya no encuentra dónde despertar. Ah, la georgianita a la postre tan estalinista que, cuando fui a buscarla enseguida en mi aplicación de Tinder para decirle al menos “gracias” o “მადლობა” en georgiano original, la menor de edad muy maduramente ya me había borrado o tal vez incluso bloqueado (o, peor, reportado) con un solo teclazo de su teléfono.

De manera que te lo digo ahora en este Día de Acción de Gracias:

―Gracias, georgiana genital y genial.

Adiós, amor de mi desamor.