Wunderkammer

Orlando Luis Pardo Lazo

Wunderkammer

English/Español

 Translated by Omar Granados

University of Wisconsin La Crosse

When my father died, after a humiliating and imperious agony, which oscillated constantly between sentimentalism and fear, Ipatria and I could finally enter his room.  For half a century my father had so graciously prevented us from doing so.

Of course, in there we found no treasure, which would have secretly been our dream. We only saw newspaper. Boxes. Crates. Kilograms. Containers. My father, also in secret, had dedicated himself to piling and compiling them for the last five decades of Revolution. Headlines from Cuban press cut from their niches of original text. That had been his hobby, as we were rediscovering it now: his own way of hibernating when he was dying of boredom at home, dying yet surviving, lost in a family not as domestic as domesticated in his eyes.

Of course, all this we had suspected long before his illness because of the increasingly intense traffic in both directions: Dad imported publications into his room while he exported out the remainder of such silly scrapbooking.  During his final days, this clandestine work couldn’t have been more obvious. Poor Dad and his useless newspaper snippity-snip.

Ipatria and I decided to burn them.  Those headlines from press pages were to be consumed one by one on the roof of our building.  Those scraps no longer had, for our generation, even a historical value.  Those discontinuous lines were the illiterate prehistory of the world.  The homeland’s pathetic debris.  Taedium vitae concentrate, a bad mimesis: a not as comical as pitiful parody, whose best destiny would be its conversion into ash, stench and steam.

Every once in a while we would read a strip aloud before throwing it into the small bonfire. Burning is, indeed, a pleasure.  We did it like one who insists on discovering a jewel made of diamonds, or at least asbestos crystal:  any phrase that would resist our impulse of improvised pyromaniacs to throw it to the flames.  Tolle, lege.  But there was nothing.  In the midst of that paper haystack it was impossible to save anything, not even by reading it.  In fact, the clippings were nothing more than typical topics of the worst journalistic style, such as:

—Havana is the Largest Gallery—Ipatria.

—Delay could be Beneficial—me.

—Construction and Willpower Now Look Alike—Ipatria.

—Fuel for Moving Toward the Future—me.

—Havana Speaks German—Ipatria.

—Domestic Terrestrial Flight—me.

—Audiovisual Program for Sign Language—Ipatria.

—Stars Will Come Out in Daylight—me.

—Three F’s Harvest Potatoes —Ipatria.

—The Perfect Island for Art—me.

—An Entirely Pedagogical Country—Ipatria.

—Learning with Coins—me.

—No Other Country has Left a Greater Mark—Ipatria.

—Rowers with Good Plans—me.

—Should Cuba Bomb the United States?—Ipatria.

—Cuba to Present Resolution for Determining Death—me.

—The Open Veins of Eduardo Galeano—Ipatria.

—Little Miniature Cows to be Inseminated—me.

—Lying Storytellers are Good People—Ipatria.

—So where are the Cubans?—me.

—A City for the Blind—Ipatria.

—Havana Told Through its Photos—me.

—Largest Pride of Lions in Captivity in the World in Cuba—Ipatria.

—Less Rain in Cuba than 46 Years Ago—me.

—The Difficult Art of Convincing—Ipatria.

—Baseball Player, Scientist and Troubadour Had Something in Common—me.

—Sociologist, Karate Practitioner and Champion—Ipatria.

—Post-Castro Cuba?—me.

—Positive Curve of the Cuba Cup—Ipatria.

—Record for Absurdity Defeated—me.

—Monument for Pinar del Rio Skyscrapers—Ipatria.

—Cuba Standing Firm and in Full Uniform—me.

—Theater for All of Time—Ipatria.

—The Lead Role for the Protagonists—me.

—Time for a Recess—Ipatria.

And so on, among other media trivialities of the sort.  All due to weary boredom.  

Each easily transformable into carbon dioxide and steam: transparent, dismal, more weightless than implausible headlines, not as funny as fizzy, like the same nonsense of that gallery curated by my father for fifty years of written Revolution. In any case, Ipatria and I didn’t know how to find even half of a treasured jewel in his medieval chamber of wonders: Wunderkammer—or whatever the name may be of the paternal act of passively narrating by means of accumulation.

Perhaps also, now, by means of cremation.

Cuando mi padre murió, después de una imperiosa agonía que se humilló todo el tiempo entre el sentimentalismo y el miedo, Ipatria y yo pudimos entrar por fin a su habitación. Hacía medio siglo que mi padre gentilmente nos lo impedía.

Por supuesto, allí dentro no encontramos tesoro alguno, como secretamente hubiera sido nuestra ilusión. Tan sólo vimos papel periódico. Cajas. Cajones. Kilogramos. Contenedores. Mi padre, también en secreto, en las últimas cinco décadas de Revolución se dedicó a compilarlos, a recopilarlos. Titulares de la prensa plana cubana, recortados de su nicho de texto original. Ése había sido su hobby, redescubríamos ahora: su manera de hibernar cuando se aburría de muerte en casa, sobremuriente extraviado en una familia no tan doméstica como domesticada a los ojos de él.

Por supuesto, todo esto lo sospechábamos desde mucho antes de su enfermedad, por el cada vez más intenso tráfico en uno y otro sentido: papá importaba publicaciones hacia su habitación, mientras hacia afuera exportaba los residuos de tanta tonta recortería. En los últimos tiempos, no podía ser más evidente su clandestinaje. Pobre papá y su pica-pica de papeles por gusto.

Ipatria y yo decidimos quemarlos. A los titulares de la prensa plana, combustionarlos uno a uno en la azotea del edificio. Aquellos ripios ya no tenían, para nuestra generación, ni siquiera un valor documental. Aquellas líneas discontinuas eran la prehistoria analfabeta del mundo. Detritos patéticos de la patria. Tedium vitae reconcentrado, mímesis mala: una parodia no tan simpática como patética, cuyo mejor destino sería su conversión en ceniza, peste y vapor de agua.

De vez en cuando leíamos alguna tira en voz alta, antes de echarla a la pequeña fogata. Quemar es, en verdad, un placer. Lo hacíamos como quien se empeña en descubrir una joya de diamante o al menos de amianto: alguna frase que se resistiera a nuestra pulsión de pasarla por el fuego, pirómanos improvisados. Tolle, lege. Pero nada. Dentro de aquella hojarasca era imposible salvar nada mediante el método de la lectura. De hecho, los recortes no eran más que tópicos típicos al peor estilo periodístico de:

—La Habana es la mayor galería —Ipatria.

—Atraso pudiera beneficiar —yo.

—Construcción y voluntad ahora se parecen —Ipatria.

—Combustible para avanzar hacia el futuro —yo.

—La Habana habla alemán —Ipatria.

—Vuelo terrestre nacional —yo.

—Crean un programa audiovisual de lenguaje de señas —Ipatria.

—Estrellas saldrán por el día —yo.

—Tres F cosechan papa —Ipatria.

—Isla perfecta para el arte —yo.

—Un país enteramente pedagógico —Ipatria.

—Aprender con monedas —yo.

—No existe un país que haya dejado una huella tan grande —Ipatria.

—Remeros con buenos planes —yo.

—¿Debe Cuba bombardear a Estados Unidos? —Ipatria.

—Presentará Cuba Resolución para determinación de la muerte —yo.

—Las venas abiertas de Eduardo Galeano —Ipatria.

—Inseminarán vaquitas en miniatura —yo.

—Los cuenteros mentirosos son gente de bien —Ipatria.

—¿Y los cubanos dónde están? —yo.

—Una ciudad para ciegos —Ipatria.

—La Habana contada por sus fotos —yo.

—En Cuba la mayor manada de leones en cautiverio del mundo —Ipatria.

—Llueve menos en Cuba que 46 años atrás —yo.

—El difícil arte de convencer —Ipatria.

—Un pelotero, una científica y un trovador tuvieron algo en común —yo.

—Socióloga, karateca y campeona —Ipatria.

—¿Cuba Postcastro? —yo.

—Inclinación positiva de la Copa Cuba —Ipatria.

—El récord de lo absurdo está vencido —yo.

—Un monumento para el rascacielos pinareño —Ipatria.

—Cuba, firme y de completo uniforme —yo.

—Teatro para todos los tiempos —Ipatria.

—El protagonismo para los protagonistas —yo.

—Tiempo de receso —Ipatria.

Y así, entre otras menudencias mediáticas por el estilo. Por el hastío. Todas tranquilamente trocables en dióxido de carbono y vapor de agua: titulares transparentes, tétricos, ingrávidos más que inverosímiles, no tan graciosos como gaseosos, como el sinsentido mismo de aquella galería curada por mi padre durante cincuenta años de Revolución por escrito.

En cualquier caso, Ipatria y yo no supimos hallar ni media joya atesorada en su medieval cámara de las maravillas: Wunderkammer. O cualquiera sea el nombre del acto paterno de narrar pasivamente por acumulación.

Acaso también ahora por cremación.

El hematólogo

NARRATIVA

El hematólogo

‘El fusilamiento era así la parte benévola. Lo peor venía un poco antes. Minutos antes. Ahora.’

ORLANDO LUIS PARDO LAZO Providence 18 Abr 2015

El fusilamiento era la parte benévola. Lo peor venía un poco antes. Minutos antes.

Que por fin lo mataran a uno era casi un acto de bondad. Un alivio para el condenado, muerto desde mucho antes. Antes del juicio sumarísimo incluso. Muerto en el momento mismo de atreverse a cometer uno u otro tipo de esos delitos considerados como “contrarrevolución”.

El fusilamiento era, pues, el premio. La salida del laberinto. La última caricia que batía al preso a la hora gritar sus vivas al hijo de dios ante los fusiles. La pérdida de esa carga pesada llamada esperanza. La esperanza de que al final no te maten. El fusilamiento era, pues, lo más parecido a la felicidad. El fin de la vida en manos de los verdugos.

Desde inicios de 1959, la esperanza era la más estéril enfermedad del pueblo cubano, dentro o fuera de los fosos de fusilamiento del Castillo de La Cabaña. Para eso estaba allí un héroe continental, un superhombre  a cargo de las descargas. Un argentino asmático, aún anónimo, que firmaba las sentencias de muerte en masa, atareado entre sus tantas tareas urgentes en el volcán de la Revolución. Por eso él nunca tenía tiempo para leer caso a caso los dictámenes de pena capital. Matar era entonces una cuestión de mero trámite entre los revolucionarios y la eternidad. Todavía lo es.

¿Qué más daban nombres y cargos? ¿Y evidencias y apelaciones y demás pataleos de los familiares? No era el momento de formalidades ni de miramientos para con un burujón de burgueses desplazados por la historia. Era el momento de combatir un terror con otro terror terminal, sin detenerse a pensar quién había empezado con esa ronda macabra. Se trataba de fraguar un pueblo a partir de otro pueblo, aunque ambos parecieran ser el pueblo cubano. Pero no. Porque uno de esos dos pueblos ya no era cubano, sino cadáver.

Ese héroe, que pronto sería nacionalizado como “cubano de nacimiento”, se llamaba Ernesto Guevara. Y desde la prensa hasta los presos le decíamos como su firma monosilábica: Che.

El Che. Palabra de fiera hermosura, como aquellas facciones que brillaban a la luz de las descargas de fusilería y las sirenas de las ambulancias y el pudor de la luna.

No se trata de otro detalle de ambientación, no. Nadie habla ahora de eso. No lo recuerdan o han querido olvidarlo, para sobremorir a su propia memoria. Pero entonces no había nada más importante para mí. La luna.

En efecto, en setecientas cuarenta y tres noches en La Cabaña jamás vi fusilar a nadie sin luna. Desde mis barrotes, nunca vi pasar al Che si no estaba iluminado por la frialdad fría de sus rayos, la fría frialdad de la luna foránea sobre un cementerio con formita de Cuba. Una aparición ese hombre. Un lobo estepario, imponente. Inderrotable. También huidizo, femenil. Porque dicen que como guerrero era muy cobarde, que se desmayaba al ver la sangre y que precisamente esa humillación era lo que lo llevaba  derramar más y más sangre para superar sus pánicos y, perdón, sus pendejismos.

Las noches sin luna eran garantía de que el suplicio se extendería hasta que la Tierra volviera a girar. Las noches sin luna eran amanecibles y entonces los condenados a muertes podíamos durante algunas horas soñar.

Desde mi calabozo era imposible ver la ejecución. Sí se veía el desfile de condenados, reclutas y camilleros. Los que iban a morir, avanzaban como mejor podían. No era raro oír el llanto de un bebé. Casi nunca era el llanto de los acobardados, sino como un lamento de recién nacido. De algún modo, una maldición a la muerte. Es posible que hasta el más devoto de esos hombres entendiera en ese instante que morían traicionados por el hijo de dios.

Al rato, la descarga. Los remates del tiro de gracia. Como la voz de un demonio en off en mi celda. Entonces veía muy al rato a la caravana regresar. Con sábanas blancas. De un blanco siniestro, pulcro, que no indicaba para nada la presencia de un cuerpo reventado a balas debajo. Sábanas sin sangre. Gélidas.

Y era lógico. El ser humano tampoco tiene tanta sangre para quitarle, sea por las buenas o por las balas. Para eso al lado del Che se movía como una sombra él. Él, ya sabes, el que usaba ese uniforme también blanco, pulcrísimo. Un médico, como el propio comandante Guevara. Al Che y a él los unía una especie de morbo profesional, un instinto biológico, una cosa repugnante y sensual.

El hombre de la bata y el guerrillero no formaban parte del todo de los títeres de aquel ritual. Ellos dos estaban por encima de sus actores. El Che y él eran mucho más que dos verdugos en contra o a favor de dios. Del Che y de él emanaba una inexplicable luminosidad, un halo fatuo en sus manos, un poder imponderable para crear o destruir lo real. Ambos eran unos inmortales, y así lo sentíamos todos en medio de nuestro miedo y nuestras ganas de nosotros ser ellos para poderlos matar. No pretendo explicarme aquí. 

Esos dos hombres tenían ya el talante de santos, así fuera de santos del mal. La muerte tiene ese don. Yo diría que durante esos paseos, hacia y desde el paredón, los dos se hacían un par de inocentes de verdad. Un par de testigos con demasiada curiosidad. Otros niños, pero sin llanto y sin culpa, a la espera de lo inevitable que solo ellos tienen el poder de hacer o no hacer pasar.

El fusilamiento era así la parte benévola. Lo peor venía un poco antes. Minutos antes. Ahora.

La ambulancia parqueaba a medio camino entre el portón por donde venían los muertos vivos y el foso del castillo que daba al mar. La luna, más o menos alta según la tanda de fusilados, los irradiaba desde un ángulo menos o más agudo sobre la ciudad. Una luz de Habana sin Habana. Allá dormían las mujeres y madres. Acá se les mataban a sus machos. Desde nuestra posición solo alcanzaba a ver su resplandor en el cielo, pero en la violencia benévola de las lunas podíamos adivinar los reflejos de La Habana.

Al llegar a la ambulancia, el conjunto hacía una pausa. Los bombillos dentro del auto parecían reflectores. Un horno, un laboratorio, un quirófano. Daba igual. Las portezuelas se abrían del todo y entonces entraba en acción la sombra de blanco que se deslizaba en los alrededores del Che.

Los prisioneros eran introducidos por turno dentro de aquella caracola blanca con la cruz roja pintada en su lata. Mal augurio ese color vital. Rojo rubí, rojo rabia. Cada uno se demoraba bastante. Los sacaban luego en posición derrengada, casi en horizontal. Muy pocos se mantenían de pie por sí mismos después de este trámite rutinario.

Los sollozos iban haciéndose finos, inaudibles. Aunque puedo jurar que las gargantas y los labios seguían gesticulando.

Al final de la operación, el silencio era absoluto. El ángel de la bata blanca ordenaba traer el hielo, humeante, tal vez hielo seco, en unas cazuelas idénticas a las de la cocina de la prisión. Allí metían los potes de metal, o de vidrio, con un cuidado conmovedor. Brillaban. El hielo chisporroteaba. Y el ángel de la bata blanca hacía entonces una especie de consagración, abriendo y cerrando aquellas tapas, y sacando o depositando algo dentro de los envases, para al final rotularlos o bendecirlos que para nosotros era igual de descorazonador.

Potes, botellas. Líquido espumoso a granel. O coagulado. El Che supervisaba a su colega durante la supervisión. Imposible no adivinar el color de aquel contenido vital. De noche todos los rojos recuerdan al rojo que nadie allí quería recordar.

Desde nuestro calabozo, el sentido de aquella última estación antes del cadalso siempre estuvo más que claro, sin necesidad de explicarlo. Nadie hacía preguntas. No queríamos averiguar ya nada, pero la luna madrugada tras madrugada nos obligaba a entender. Había meses de siete y hasta de diez lunas llenas. Y las ambulancias allí tan puntuales, sedientas de venas, haciendo ingrávidos a los muertos aún sin matar, aliviándolos al vaciarlos antes de vaciarles una ráfaga.

Se nos helaba la sangre a los que íbamos quedando. Por eso las sábanas regresaban después tan blancas. Pulcras. Los muertos de La Cabaña nos moríamos sin sangre. El fusilamiento era, más que benévolo, nuestra bendición.