El hematólogo

NARRATIVA

El hematólogo

‘El fusilamiento era así la parte benévola. Lo peor venía un poco antes. Minutos antes. Ahora.’

ORLANDO LUIS PARDO LAZO Providence 18 Abr 2015

El fusilamiento era la parte benévola. Lo peor venía un poco antes. Minutos antes.

Que por fin lo mataran a uno era casi un acto de bondad. Un alivio para el condenado, muerto desde mucho antes. Antes del juicio sumarísimo incluso. Muerto en el momento mismo de atreverse a cometer uno u otro tipo de esos delitos considerados como “contrarrevolución”.

El fusilamiento era, pues, el premio. La salida del laberinto. La última caricia que batía al preso a la hora gritar sus vivas al hijo de dios ante los fusiles. La pérdida de esa carga pesada llamada esperanza. La esperanza de que al final no te maten. El fusilamiento era, pues, lo más parecido a la felicidad. El fin de la vida en manos de los verdugos.

Desde inicios de 1959, la esperanza era la más estéril enfermedad del pueblo cubano, dentro o fuera de los fosos de fusilamiento del Castillo de La Cabaña. Para eso estaba allí un héroe continental, un superhombre  a cargo de las descargas. Un argentino asmático, aún anónimo, que firmaba las sentencias de muerte en masa, atareado entre sus tantas tareas urgentes en el volcán de la Revolución. Por eso él nunca tenía tiempo para leer caso a caso los dictámenes de pena capital. Matar era entonces una cuestión de mero trámite entre los revolucionarios y la eternidad. Todavía lo es.

¿Qué más daban nombres y cargos? ¿Y evidencias y apelaciones y demás pataleos de los familiares? No era el momento de formalidades ni de miramientos para con un burujón de burgueses desplazados por la historia. Era el momento de combatir un terror con otro terror terminal, sin detenerse a pensar quién había empezado con esa ronda macabra. Se trataba de fraguar un pueblo a partir de otro pueblo, aunque ambos parecieran ser el pueblo cubano. Pero no. Porque uno de esos dos pueblos ya no era cubano, sino cadáver.

Ese héroe, que pronto sería nacionalizado como “cubano de nacimiento”, se llamaba Ernesto Guevara. Y desde la prensa hasta los presos le decíamos como su firma monosilábica: Che.

El Che. Palabra de fiera hermosura, como aquellas facciones que brillaban a la luz de las descargas de fusilería y las sirenas de las ambulancias y el pudor de la luna.

No se trata de otro detalle de ambientación, no. Nadie habla ahora de eso. No lo recuerdan o han querido olvidarlo, para sobremorir a su propia memoria. Pero entonces no había nada más importante para mí. La luna.

En efecto, en setecientas cuarenta y tres noches en La Cabaña jamás vi fusilar a nadie sin luna. Desde mis barrotes, nunca vi pasar al Che si no estaba iluminado por la frialdad fría de sus rayos, la fría frialdad de la luna foránea sobre un cementerio con formita de Cuba. Una aparición ese hombre. Un lobo estepario, imponente. Inderrotable. También huidizo, femenil. Porque dicen que como guerrero era muy cobarde, que se desmayaba al ver la sangre y que precisamente esa humillación era lo que lo llevaba  derramar más y más sangre para superar sus pánicos y, perdón, sus pendejismos.

Las noches sin luna eran garantía de que el suplicio se extendería hasta que la Tierra volviera a girar. Las noches sin luna eran amanecibles y entonces los condenados a muertes podíamos durante algunas horas soñar.

Desde mi calabozo era imposible ver la ejecución. Sí se veía el desfile de condenados, reclutas y camilleros. Los que iban a morir, avanzaban como mejor podían. No era raro oír el llanto de un bebé. Casi nunca era el llanto de los acobardados, sino como un lamento de recién nacido. De algún modo, una maldición a la muerte. Es posible que hasta el más devoto de esos hombres entendiera en ese instante que morían traicionados por el hijo de dios.

Al rato, la descarga. Los remates del tiro de gracia. Como la voz de un demonio en off en mi celda. Entonces veía muy al rato a la caravana regresar. Con sábanas blancas. De un blanco siniestro, pulcro, que no indicaba para nada la presencia de un cuerpo reventado a balas debajo. Sábanas sin sangre. Gélidas.

Y era lógico. El ser humano tampoco tiene tanta sangre para quitarle, sea por las buenas o por las balas. Para eso al lado del Che se movía como una sombra él. Él, ya sabes, el que usaba ese uniforme también blanco, pulcrísimo. Un médico, como el propio comandante Guevara. Al Che y a él los unía una especie de morbo profesional, un instinto biológico, una cosa repugnante y sensual.

El hombre de la bata y el guerrillero no formaban parte del todo de los títeres de aquel ritual. Ellos dos estaban por encima de sus actores. El Che y él eran mucho más que dos verdugos en contra o a favor de dios. Del Che y de él emanaba una inexplicable luminosidad, un halo fatuo en sus manos, un poder imponderable para crear o destruir lo real. Ambos eran unos inmortales, y así lo sentíamos todos en medio de nuestro miedo y nuestras ganas de nosotros ser ellos para poderlos matar. No pretendo explicarme aquí. 

Esos dos hombres tenían ya el talante de santos, así fuera de santos del mal. La muerte tiene ese don. Yo diría que durante esos paseos, hacia y desde el paredón, los dos se hacían un par de inocentes de verdad. Un par de testigos con demasiada curiosidad. Otros niños, pero sin llanto y sin culpa, a la espera de lo inevitable que solo ellos tienen el poder de hacer o no hacer pasar.

El fusilamiento era así la parte benévola. Lo peor venía un poco antes. Minutos antes. Ahora.

La ambulancia parqueaba a medio camino entre el portón por donde venían los muertos vivos y el foso del castillo que daba al mar. La luna, más o menos alta según la tanda de fusilados, los irradiaba desde un ángulo menos o más agudo sobre la ciudad. Una luz de Habana sin Habana. Allá dormían las mujeres y madres. Acá se les mataban a sus machos. Desde nuestra posición solo alcanzaba a ver su resplandor en el cielo, pero en la violencia benévola de las lunas podíamos adivinar los reflejos de La Habana.

Al llegar a la ambulancia, el conjunto hacía una pausa. Los bombillos dentro del auto parecían reflectores. Un horno, un laboratorio, un quirófano. Daba igual. Las portezuelas se abrían del todo y entonces entraba en acción la sombra de blanco que se deslizaba en los alrededores del Che.

Los prisioneros eran introducidos por turno dentro de aquella caracola blanca con la cruz roja pintada en su lata. Mal augurio ese color vital. Rojo rubí, rojo rabia. Cada uno se demoraba bastante. Los sacaban luego en posición derrengada, casi en horizontal. Muy pocos se mantenían de pie por sí mismos después de este trámite rutinario.

Los sollozos iban haciéndose finos, inaudibles. Aunque puedo jurar que las gargantas y los labios seguían gesticulando.

Al final de la operación, el silencio era absoluto. El ángel de la bata blanca ordenaba traer el hielo, humeante, tal vez hielo seco, en unas cazuelas idénticas a las de la cocina de la prisión. Allí metían los potes de metal, o de vidrio, con un cuidado conmovedor. Brillaban. El hielo chisporroteaba. Y el ángel de la bata blanca hacía entonces una especie de consagración, abriendo y cerrando aquellas tapas, y sacando o depositando algo dentro de los envases, para al final rotularlos o bendecirlos que para nosotros era igual de descorazonador.

Potes, botellas. Líquido espumoso a granel. O coagulado. El Che supervisaba a su colega durante la supervisión. Imposible no adivinar el color de aquel contenido vital. De noche todos los rojos recuerdan al rojo que nadie allí quería recordar.

Desde nuestro calabozo, el sentido de aquella última estación antes del cadalso siempre estuvo más que claro, sin necesidad de explicarlo. Nadie hacía preguntas. No queríamos averiguar ya nada, pero la luna madrugada tras madrugada nos obligaba a entender. Había meses de siete y hasta de diez lunas llenas. Y las ambulancias allí tan puntuales, sedientas de venas, haciendo ingrávidos a los muertos aún sin matar, aliviándolos al vaciarlos antes de vaciarles una ráfaga.

Se nos helaba la sangre a los que íbamos quedando. Por eso las sábanas regresaban después tan blancas. Pulcras. Los muertos de La Cabaña nos moríamos sin sangre. El fusilamiento era, más que benévolo, nuestra bendición.

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