¡Tócale el culo, Sam!

¡Tócale el culo, Sam!
Orlando Luis Pardo Lazo

TUESDAY, DECEMBER 29, 2009

En pleno domingo de la Virgen del Camino, un tipo casi viejo se le encima y le mete la mano bajo la saya. La ofende sin previo aviso, escupiéndola con su aliento etílico de energúmeno nacional. Tras la maniobra de prestidigitador, la llama puta o algo muy parecido, le grita que no se haga la santa porque el toca-toca seguro que le gustó, y todavía le enseña los puños por si ella pretendía revelarse contra la agresión. Pero ella sólo comienza a llorar (de ira e impotencia, me dijo después, de ganas de matarlo o hacerse matar), mientras él ríe sin dientes, imponente e imbécil: un cubano clásico de esa barriada cársica en San Miguel del Padrón.

La gente de la cola de la ruta A-3 no se metió en absoluto. A nadie se le ocurrió montar un acto de repudio ante el abuso. Todo el mundo piensa que “entre marido y mujer nadie se debe meter” (excepto el Estado, que se supone sea omnisciente). Pero ella no era nada de él: nunca había visto a ese comemierda con carne de cárcel. Ella es M y la conozco hace 20 años exactos, desde un 1989 que se asumía como el primero de los últimos años de la ilusión. Me alegro de no haber estado cerca cuando te ocurrió esa vileza, le digo cuando termina de contármelo con el aliento entrecortado: te juro que yo también podría haber matado o hacerme matar por el violador. Porque justo eso es lo que son: violadores del ínfimo espacio que nos resta en tanto ciudadanía.

En los cochinos cafetines en CUC de noche, en las guaguas coaguladas, en las lunetas lácteas de las salas a oscuras, en los conciertos cómplices de no sé qué, con un desparpajo ruin y ruino, veo a los cubanos sobarse la huevera clueca y meterse con cualquier cubana con la misma calaña de un criminal. Les dicen de todo, hasta del mal que se van a venir. El piropo (que para mi idiosincrasia ya era una imbécil invasividad) ha devenido ahora puro pingón al pecho, procacidad pendejuda de pervertidos sin patria pero todavía con amo (sin amor).

Y, además, las tocan. Por el hombro, en un codo, con un tironcito de pelo (es cómico, no hay que dar el berro por tal bobería: no te me hagas la fisna, mira que tú nacites en un solar), por la espalda, en la barbilla, en la carita linda esa mami (anticipo de la crica rica esa mami), en el culo culpable de ser culo de M, por ejemplo: donde quiera ellos las tocan por cortesía, por caballerosidad penetaria, para que quede bien claro quién está aquí en control (como en las galeras).

Que se escandalicen conmigo los estetas estériles, igual ya estoy acostumbrado a su pánico pacato de profesional. Que no lean mis arrebatos. Yo sólo describo, con las palabras perfectas, los síntomas animales con que hasta muchos policías pululan alrededor de los perniles de las putas. Y las putas son todas ustedes, por supuesto. Todas nosotras. ¿Puta quién; y todavía me lo preguntas? La puta soy yo…

También está la modalidad tecnológica. Llaman y llaman y llaman al mismo número para soltarle sus masturbancias de mentecato a una voz femenina, sobre todo de madrugada, para que no quede duda de la alevosa libidia. Hasta que un mal día la jeba destinataria se aterra y cambia de número telefónico, sin siquiera intentar una denuncia que sólo le complicaría las cosas un poco más (como en un queso proceso kafkiano, nadie quiere ver la cara descarnada de la justicia).

Del acoso laboral, mejor ni tocar este tema tabú: son sólo gajes del oficio (o del orificio), situaciones que se solucionan dentro de los propios singuicatos.

Del descaro al coger botellas o “auto-stop” (traducción técnica: que te la paren en tu propio auto), tampoco vale la pena abundar. Las hembras mismas se buscan lo que no está pá ellas, por manilargas bajo la luz roja de los semáforos semeníferos de nuestra calentica ciudad. Allá los maridos que las dejan ejercer semejante práctica peatonal.

Al respecto pienso en las iglesias, en los casitos que se les han dado dentro de los templos (menuda palabra a esta hora). Pienso en que toda cofradía cubana debe estar signada por esta desesperación de partir al otro, de rozarlo con un dedo o un genital, de verternos afuera en fluidos que borren nuestra falta de libertad incluso biológica.

Y siento conmiseración y encojonamiento ante este estado de infantilismo medieval, donde ningún deseo es digno lo suficiente para nombrarse en voz alta, sin pedir permiso, sin escandalizarse, porque ningún deseo es capaz de respetar los deseos del otro (porque, de hecho, el Otro en Cuba no existe: por eso todavía viviremos otro medio siglo y milenio de insulso socialipsismo insular).

Lo siento por M y por el resto de las muchachas contemporáneas que me han contado escenitas excepcionales por el estilo. Me disculpo a nombre de la Cuba sana, la Cuba que sí ha experimentado la fuerza liberadora del placer, la Cuba que juega incluso a la violencia más vanguardista cuando de erotismo se trata, porque nunca se ha dejado castrar acumulando frustraciones familiares entre sus hormonas y gónadas.

La guerra civil no será política, sino priápica. Las tonfas que cuelgan de las cinturas de la autoridad son una excelente metáfora para comenzar, incluso comenzar a terminar.

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