Manifiesto para una generación ajena

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Manifiesto para una generación ajena

Orlando Luis Pardo Lazo

Noviembre 30, 2020

En la esquina roja, Fernando Rojas.

Envejecido, envilecido. Encorvado bajo el peso muerto de una estirpe de abuelos doctores, padres rectores y hermanos exiliados que, por puro nepotismo necrológico, él autoriza a entrar y salir de manera casi clandestina a la Isla. Con dientes de abajo caídos o a punto de caérsele, y con los dedos descascarados por la voracidad del vitiligo. O acaso sea por su beligerancia al teclear en Twitter contra todos los cubanos que no quieran ser como el Che.

Pero, por encima de lo anterior, se trata de un Fernando Rojas todavía a cuestas con el cargo de Ministro de Cultura que el castrismo nunca le concedió.

Es decir, estamos ante un funcionario de rodillas. A rastras. Un segundón que, en consecuencia, siempre se ve forzado a fingir que está en la primera línea de enfrentamiento. Un leninista que hace siglos dejó de leer a Lenin.

En la esquina azul, un futuro no fósil, libre de Fideles y de fidelidad.

Multitud de jóvenes urbanos que se aglomeran gracias a la Internet espiada por el Estado cubano. Cuerpos bellos, mitad cínicos y mitad inocentes. Recién caídos como por casualidad en el siglo XXI posnacional.

Gente que, en la mayoría de los casos, no leyó en carne propia las siglas desaparecidas de la URSS y el CAME y demás acrónimos anacrónicos.

Todos, por supuesto, con obras a punto de ser canonizadas por el mercado internacional además de por la crítica local, como corresponde a esa edad errática donde hasta respirar aire es una obra de alto arte.

De pronto, al menos durante una madrugada de las maravillas, esa juventud se moviliza por cientos hacia una mansión decomisada a alguna familia cubana fantasma, olvidada en cualquier otra época.

De pronto, y desde el mediodía insular de un viernes de noviembre, esa marea de vida se reúne allí de manera espontánea, para echar abajo las rejas represivas y ocupar pacíficamente el Ministerio de Cultura de la dictadura más larga de la historia de las Américas.

Salí de Cuba siete años exactos antes de esta noche única. Y, ayer, por primera vez en más de una década en Facebook, me sorprendí llorando frente a la pantalla de mi laptop.

Comencé a temblar como un niño.

Pucheros políticos.

Hice mil discursos dentro de mi cabeza, caminando de una punta a la otra punta de esta casa incómoda que alquilo, a falta de un hogar habanero, en el corazón infartado de los Estados Unidos.

Gracias a esta manada vital de cubanos con Cuba, yo por fin estaba de vuelta en mi ciudad perdida para siempre y, por eso mismo, imperdible. Y yo volvía a ser con ellos igual de joven y feliz y dispuesto, con mi verbo volátil, a derrocar la tiranía de los mediocres y los malvados, de la mentira y la muerte disimuladas bajo la retórica igualitaria de una Revolución.

Los amé.

Me amé a mí mismo mientras los amaba.

Me han resucitado, en texto y alma.

Les escribí a muchos por el Messenger de Facebook, sin conocerlos. También, sin necesidad ninguna de presentación. Porque ya nos conocíamos, como se reconoce sin dificultad la irrupción intempestiva del amor.

Éramos lo mismo, sentíamos la misma emoción. El lenguaje no alcanza, es algo que hay que experimentarlo. Ejecutarlo. Y eso hice, como mejor pude. Poniéndoles recargas telefónicas a todo el que me respondía desde la manifestación, desde esa toma de tramoya de una Bastilla donde los prisioneros son tanto ellos como nosotros. Los idos y los quedados: léase, los locos por volver a entrar y los locos por salir para no volver.

El Ministerio de Cultura tuvo que esperar muchas horas hasta que los agentes del Ministerio del Interior les dieron el plan operativo para abortar la protesta pacífica.

Se inventaron una reunión larguísima, tardía, ultrasecreta e innecesaria, que no respondió a nadie ni a nada.

Obligaron a la masa libre a nombrar a una treintena de representantes, que para nada fueron los más representativos de lo que en realidad estaba pasando: un despertar, una ruptura de la continuidad, tanto del castrismo como de su oposición.

Militarizaron la zona con tropas élites y oficiales en ropa vil de civil. Les quitaron la electricidad para aterrorizarlos e infiltrarlos con múltiples provocadores profesionales.

A aquellos que se alejaban o se acercaban en solitario al grupo, los atacaron con sprays tóxicos. Y, finalmente, compraron tiempo cooptando a los más representativos de sus representantes, haciéndolos quedar casi como voceros de la oficialidad. Los veteranos de la disidencia lucieron ante las cámaras y micrófonos como aficionados del fidelismo.

Mi llanto se enfrió de ira en mis puños y mi garganta. Rabia de reventar rejas. Ganas de gritar groserías a ras de un gaznatón. Sentí en mis venas la misma violencia que me hacía parecer valiente en la Cuba del 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, y 2013. Años atroces y hoy ya tan arcaicos. Prehistoria del presente. Paleorrevolución.

Apenas unas horas después, todos los medios impresos y audiovisuales del país, propiedad privada del Partido Comunista de Cuba, repetían las mismas calumnias que supuestamente habían quedado subsanadas con la reunión de los jóvenes artistas con el anciano ministro sin ministerio.

Entonces, volví a sentir los latigazos de la esperanza. Por la reacción instantánea de la TV cubana, lejos de ser una tregua, se trataba de una guerra declarada contra la belleza y la inteligencia.

Nada asusta más a los dictadores que la alegría.

Una dictadura puede sobrevivir perfectamente a la democracia, pero no a la alegría.

La casta comunista en Cuba siempre ha sido una pupila aventajada de Pinochet: por eso les da pánico proceder a un plebiscito para que el propio pueblo elija su destino, tal como propone la iniciativa ciudadana Cuba Decide.

Por lo demás, es posible que el castrismo acaso quisiera decapitar a Fernando Rojas y lo estuviera quemando en público, como una vez le hicieron al defenestrado Ricardo Alarcón. Pero esas pugnas por el poder comunista son ahora lo de menos. Lo de más es que esos mismos jóvenes de vanguardia comenzaron a reorganizarse enseguida en sus redes sociales, esas que el gobierno está bloqueando en bloque de manera intermitente.

Ojalá que esta vez ellos no dependan tanto de sus supuestos líderes cincuentenarios, los que ya no pertenecen para nada al futuro, y lo único que saben hacer bien es dialogar edípicamente con el poder, en reiteradas ocasiones, retrasando nuestra revolución contra la Revolución, y desmovilizando de paso a los nuevos cubanos de las calles, justo en el instante en que la calle alcanzaba su ebullición mejor.

Esta generación del 2020 en Cuba no tiene nada que perder, ni siquiera sus cadenas.

Cuba está viviendo en un desierto disciplinario decrépito.

Cuba ha perdido hasta la capacidad de permitirnos pertenecer a un país.

Cuba colapsó.

Y, cuanto antes le pongamos fin al simulacro cívico de los militares, más indolora será nuestra cura en tanto comunidad, así en la Isla como en el Exilio, y más rápida será la recuperación de esta larga y penosa enfermedad que es el holocastro a cuentagotas de una generación rota tras otra.

El mundo los está mirando.

El mundo nos está mirando.

Los cubanos del 2020 tenemos el deber histórico de ser absolutamente revolucionarios. Por eso, pidamos única y exclusivamente lo que la Revolución Cubana no puede darnos, ni aunque lo pretendiera. Pidamos lo imposible, por supuesto, así sea una impostura, siempre que sea la fuente fascinante de nuestra liberación personal, mucho más importante que toda abstracta libertad.

Hemos aprendido mucho en una sola jornada espontánea. De ahí que ahora debamos aprender juntos muchísimo más. Las ocupaciones pacíficas contra el poder no funcionan por unas horas, sino por unos días. O semanas. Los debates con los poderosos no se hacen con las puertas clausuradas a cal y canto, sino en vivo en plena televisión pública nacional. Las agendas y el tiempo ahora los ponemos nosotros, no los usurpadores que llevan décadas y décadas comprando tiempo de descuento para la tiranía.

Las vidas de San Isidro importan. Pero aquí nos estamos jugando las vidas que vendrán en toda la Isla y las que quedan en todas esas otras Islas que somos los cubanos sin Cuba.

Por favor, estemos a la altura de esta era que por fin está parando de parir un corazón.

El cerebro es un órgano ostensiblemente más sexy.

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