Lillian Roth: pequeña y perdida

CRÍTICA

Lillian Roth en Cuba: pequeña y perdida

Orlando Luis Pardo Lazo

Enero 18, 2019

En su libro de memorias Beyond My Worth, publicado en Nueva York en 1958, la gran actriz y cantante norteamericana Lillian Roth dedica todo un capítulo a su visita a una Habana que estuvo a punto de ser, según ella, “casi una tragedia”.

A Lilly no le gustaba salir de los Estados Unidos. Al contrario de los norteamericanos de ahora, siempre sintió que le quedaba muchísimo por ver y por hacer en su propio país. A lo largo de su carrera, había rechazado no pocas ofertas para presentarse en Europa. Además, bajo ningún concepto aceptaba separarse de sus perritos. Pero de pronto Lilly se vio viajando hasta la islita loca del Caribe, con la no menos loca sensación de que su estreno en el extranjero como cantante de cabaréspodría ser también una despedida.

Era a finales de 1956. Hacía apenas un par de semanas que el coronel Antonio Blanco Rico había sido asesinado en el cabaré Montmartre del Vedado por un comando terrorista del Movimiento 26 de Julio: Pedro Carbó Serviá (asesinado por la policía batistiana en abril de 1957) y Rolando Cubela (preso político del castrismo y desde 1979 un exiliado). Los dueños del Montmartre le pidieron a la estrella de Hollywood que no fuera a la Isla, pero ella insistió: “¿Hay otra revolución? ¿O es la misma revolución en contra de Batista?”.

En cualquier caso, Lillian Roth estaba convencida de que ella sí iba a “empezar una revolución por cuenta propia”, gracias al vestido rojo de profundo corpiño que pensaba estrenar en las noches de Cuba. Finalmente, por motivos de seguridad, en el contrato decidieron posponer la actuación de Lilly para marzo de 1957, como si ese mes no fuera a terminar siendo el peor de toda la violencia que el castrismo y los castristas le impusieron a la sociedad cubana.

Lillian Roth aterrizó en Cuba desde Miami el 5 de marzo de 1957 (un martes, como martes fue el 5 de marzo de 2013 cuando yo aterricé en Miami desde La Habana). Vivió el glamour de la gran megápolis, pero también vio en sus recorridos por el campo la miseria que mataba por igual a animales y a humanos. En su libro, el segundo que escribió después de I’ll Cry Tomorrow, lo resume con estas palabras: “Cuba parecía una paradoja de lujo y pobreza”.

Pero La Habana, ah La Habana, era una fiesta de colores y músicas. Y ahí mismo Lilly descubrió que Cuba “parece estar siempre de vacaciones”. Incluso cuando al bullicio se le sumó el rafagazo de una ametralladora: “la vida no valía mucho, así que la muerte no interrumpiría a los que la vivían”.

La promoción de su estreno en el Montmartre fue una debacle. No la anunciaron en los periódicos, a pesar de que su recibimiento en el aeropuerto sí fue a todo meter. Por supuesto, la gente apostaba a gritos sus buenos pesos jugando al bingo en el cabaré, pero al parecer muy pocos reparaban en ella: “me sentí chiquitica y perdida”. 

Y, cuando la inmortal Lillian Roth salió finalmente a escena esa primera noche, los cubanos siguieron comiendo y bebiendo y riendo y hablando y probablemente tocándole el culo a las camareras (y mirándole las portañuelas a los meseros). La revolución que Lilly esperaba causar se revirtió en su contra como una revolución de la grosería (no sería muy diferente el primero de enero de 1959: la chusma le ganó la pelea de la decencia a la alta cubanía). Y para colmo entonces, a la mitad del acto, “como doscientas gentes de pronto se levantaron y se fueron del salón”.

Cuando Lilly logró llegar todo temblorosa a su camerino, que era más bien un tenderete sin ninguna privacidad, pensó que aquella “humillación en Cuba” sería lo que ella iba a recordar por el resto de su vida: “I wished I was dead”, escribió en su libro. Y ese, en lugar de “The Two Faces of Cuba”, debió ser el título de su capítulo cubano. Porque Cuba, en pleno carnaval de cadáveres, la acribilló con su cochinada de cabarés sin cachet.

Pero, por supuesto, al día siguiente, leyendo los titulares de la prensa cubana (por entonces mucho mejor que la del resto del continente), Lilly se sorprendió de que todos los críticos la alababan de manera exagerada. Solo después, hablando con un antiguo dueño del Montmartre recién extorsionado tal vez por la mafia, la estrella se enteró de que así son los cubanos: hablar por encima de su espectáculo era un síntoma de excitación, no de desprecio, y los que se fueron eran parte de un paquete turístico de horario apretado que, así y todo, insistieron en asistir al menos a la mitad del show, con tal de no perderse a la inimitable Lillian Roth en La Habana.

La segunda noche fue ya el acabose. Lilly entendía mejor la chabacanería cubana y los cubanos entendían mejor su intraducible acento mientras la diva intentaba soltar un chiste en español. En definitiva, la querían. La queríamos. Te queremos, Lillian Roth. Li-li-ta, light of my life, fire of my loins. Pero nos habías intimidado hasta los tuétanos, tati linda, con tu presencia de mujer libre en escena.

De manera que a la noche siguiente fueron subiendo por turnos jóvenes y viejos al escenario, enseñándole a la gran Lilly cómo bailar y gozar al compás cojo de un riquísimo chachachá local. Y Lilly se emocionó al punto de las lágrimas, y su sonrisa de niña traviesa (que ni siquiera la muerte, en mayo de 1980, en pleno éxodo del Mariel, se la desdibujó de su carita adorable) iluminó como un sol nocturno todo el Montmartre, a pesar de las muertes que la Revolución cocinaba en secreto en contra de los cubanos: “Regardless of the internal strife in Cuba, the people remained warm and friendly, and I was sorry to leave them after my engagement was over.

Los luminotécnicos la metieron bajo un reflector verde, entre las mesas, para que se despidiera del público. Y ella con el corazón feliz, feliz, como una perdiz: “You see, Cubans love green, and I love Cubans… In the days that followed, I became the object of a great outpouring of affection by the Cuban people”. No solo repletaron el Montmartre cada noche, sino que durante toda mi estancia me enviaron regalos, postales, rosarios y flores, y cada vez que me asomaba al lobby de mi hotel o salía a la calle, perfectos desconocidos se me abalanzaban para soltarme una explosión de idioma español, antes de sonreír y desaparecer de nuevo. “I didn’t know what they said, not the exact words, but our hearts talked. We didn’t have to know the same language to tell we liked each otherPodemos comunicarnos, podemos dar amor y respeto y recibirlo de vuelta multiplicado, incluso cuando carecemos de una sola palabra en común: “People are the same the world over, regardless of color, culture, or politics, and they will respond to each other if given the chance.

Al salir del hotel rumbo al aeropuerto, otra vez la atacó la muerte cubana con su carga inútil de cuerpos incapaces de amar y de ser amados. Lillian Roth vio a un estudiante universitario asesinado en la calle, tras una protesta antigubernamental, todavía rodeado por los sicarios de Batista, analfabetos muy valientes para torturar inocentes con impunidad, pero idiotas incapaces o incluso cómplices cobardes que propiciaron que Cuba cayera para siempre en las garras del totalitarismo mundial.

Una madre cubana rompió el círculo de la sanguinaria policía de la dictadura anterior y se abrazó llorando a su hijito del alma, los dos bañados en público por la misma sangre. Lillian Roth la vio y lo vio. Los cubanos a su alrededor, no tanto. Los cubanos a tu alrededor no sabíamos mirar, mi amor: “En la distancia, se alejaban evitando mirar”. 

Como después evitaron mirar los crímenes del castrismo. Como hoy evitamos mirar los crímenes que se cometerán con la anuencia de la ausencia de Castros.

Y no solo nos vio a los cubanos, la muñequita Lilly nacida en Boston en 1910 (el año del cometa Halley), sino que nos narró con el mismo coraje con que pudo derrotar a su alcoholismo y a la mediocridad de sus cinco o seis maridos.

¿Cómo pudo alguien dejar de amar a este ángel? 

Más allá de tu valor, beyond your worth, querida Lillian Roth, los cubanos del futuro sin futuro que es hoy, te damos las gracias. Criaturas de diciembre tú y yo (nuestros cumpleaños son en diciembre 10 y en diciembre 13, antirrespectivamente), en lo personal te pido perdón por haber llegado tan tarde a los Estados Unidos. Tenía que haber ido mucho antes, acaso cuando la estampida del Mariel en la Primavera Cubana de 1980. Aunque solo fuera para darle un beso infantil a esos labios tan tuyos, para entonces ya en silencioso estéreo y filmados a todo dolor en tus funerales. 

Y, de no ser mucho pedirte desde esta otra muerte que es el exilio de mentiritas, intentemos los dos renacer juntos para la próxima película, Lillian Roth, cuando nos sorprenda en vida o en muerte el primer invierno sin dictadores en La Habana.

Lillian del alma

Orlando Luis Pardo Lazo


“I died an important screen death”, dijo Lillian Roth en una entrevista de prensa publicada en Boston, creo, a mediados de 1930, poco después del gran colapso económico de los Estados Unidos (provocado en gran parte por los agentes de influencia infiltrados desde Moscú) y poco antes del estreno de la estrafalaria Madam Satan, esa película desproporcionada al punto de la delicadeza, hoy olvidada por la crítica cinematográfica de izquierda, una obra maestra fracasada de Cecil B. DeMille que debió de haber sido filmada por el director cubano Tomás Piard, quien en 2018 continúa produciendo audiovisuales en la Isla para la mediocre, mezquina, miserable televisión estatal.

Tenía 19 años, Lillian Roth, cuando dijo esa frase salida de quién sabe dónde: “Yo morí una muerte importante en pantalla”. Tenía, Lillian Roth, toda la vida por delante, como se dice en las calles de Cuba cuando alguien es joven y se ha muerto como sin querer. O cuando alguien es joven y sin querer ya sabe que muy pronto se va a morir.

Pero Lillian Roth, no. La muchacha maravillosa sobrevivió a otro medio siglo de mierda. Sobrevivió a décadas de alcoholismo y maridos mediocres, mezquinos, miserables. Uno de ellos, al divorciarse, le robó todo, todo lo que ella se había ganado con sus canciones, sus bailes, su sonrisa de niñita traviesa y ávida de jugar en cámara con los señores Don Pomposos, sus piernas largas, muy largas, larguisísimas, de correr delante de la tragedia del gran siglo XX norteamericano, ese tiempo humano triturador de seres humanos.

Vivió Lillian Roth hasta mayo de 1980, justo cuando en Cuba ocurría la barahúnda castrista del éxodo del Mariel. Su muerte me dolió más que todas las víctimas juntas de la Revolución Cubana. Porque yo la quería, a Lillian Roth. Y yo quería que Lillian Roth no hubiera envejecido jamás. Ella tampoco lo quiso, pero no pudo evitarlo. Así y todo, nunca fue vieja a sus 69 años. Iluminaba como un sol a los pobres mortales opacos a su alrededor. Por eso no dejó nunca de sonreír, tan pronto como se encendía un reflector y los micrófonos se rendían humillados ante su voz.

Hoy, 13 de diciembre, es su cumpleaños. Lillian Roth era Sagitario, como yo. Pero no de viernes, sino de martes. Tenía que ser una guerrera, por supuesto. La belleza y la verdad son así, cosas de combate. Dígase “hembra” y ya se habrá dicho todo sobre esa condición de garra, con la beligerancia imprescindible en este mundo cuando se aspira a construir un hogar, un respiradero para uso de dos, un refugio de luz, un nido donde a la muerte le sea un poco más difícil habitar.

Filmando Madam Satan me enamoré de Lillian Roth hasta el fin de los tiempos. En esa otra vida yo era camarógrafo de la Metro-Goldwyn-Mayer. Trabajábamos a ritmo de esclavos bajo la batuta genial y kitsch de Cecil B. DeMille, el Tomás Piard de Hollywood. DeMille tenía muy malas pulgas. Era un hombre bueno, pero cuando se trata de un millón de dólares en juego, ningún hombre consigue del todo ser bueno en realidad.

DeMille no quería usar dobles para los actores. Y Lillian Roth estaba aterrada. Tenía que tirarse en paracaídas a través de una claraboya de cristal, para caer sonriendo y como avergonzada en un baño turco de hombres cubiertos apenas por toallas.

Justo antes de rodar la escena, ya con las cámaras emplazadas para el gran salto desde una grúa de estudio, Lillian Roth se le acercó a DeMille, unos metros detrás de mí. La estrella le dijo al gurú que ella le tenía miedo al cristal, que le tenía miedo a las alturas, que le tenía miedo a sus 19 años y a tener toda la vida por delante. Todavía.

DeMille la cogió por un brazo y la arrinconó contra una pared. Pensamos que la iba a abofetear. Había allí varios paneles de vidrio de caramelo, recostados para ser usados en las sucesivas tomas de la claraboya. DeMille cogió uno de aquellos paneles de vidrio falso y se lo reventó a sí mismo sobre su calva, con violencia de director salvaje. No sufrió ni un rasguño, el muy cabrón. Lillian lo miraba con pánico. DeMille le dijo (sin necesidad de subtitulaje censor a título de la TV cubana): “If it didn´t hurt my bald head, it won´t hurt your young back end”.

(Bueno, sí, por esta vez con subtitulaje: “Si no me rajó la cabezota calva, a ti no te va ni arañar ese culito joven”.)

Su culito empinado de 19 años. Sus caderas de atleta que adoraba respirar al aire libre y no ser sumisa ante nada, ni nadie. Su cintura de meter en cintura a los hombres del mundo que cayeran muertos de amor al instante de sólo tenerla cerca, como la tenía por entonces en aquella otra vida yo.
Lillian Roth comenzó a llorar. Lloraba como una estudiante cogida en falta.

Lloraba como si nunca hubiera tenido infancia, porque los estudios de filmación se la devoraron desde un escenario escolar. Lloraba como si supiera que yo acababa de enamorarme de ella para todas las vidas, no sólo para nuestra volátil vida en la industria cinematográfica. Lloraba como si se diera cuenta de que, después de morir unos años antes que ella, yo tendría que nacer de nuevo en La Habana en diciembre de 1971, sólo para mandarme a correr como un desquiciado hacia el exilio cubano, a ver si me daba tiempo a encontrármela en su vejez de la eterna Manhattan.

No me dio tiempo, mi amor. Lo mismo que en nuestra primera vida juntos, no me dio tiempo a besarte, a hacer silencio contigo, a ponernos tristes de tan felices de ser simplemente contemporáneos.

Lillian Roth fue de vuelta al set suicida de filmación. Pasó a milímetros de mi mano. Le dije en inglés “farewell forever, love of my life”. Adiós para siempre, amor de todas mis vidas, antes y después de tu interpretación tan tierna como terrible de un milagro en mi cámara llamado Lillian Roth.

Lillian Roth se puso sus argollas de seguridad y saltó, desde la grúa amenazante como un pájaro de mal agüero, sobre todo en una película llamada Madam Satan. Calló gritando a través de la claraboya. Los vidrios de caramelo se hicieron añicos de manera espectacular. De pronto todo en ella era de vidrio y de caramelo, siempre lo había sido. Brillabas, Lillian Roth. Yo filmaba y filmaba la continuación de la escena cómica. Porque de eso se trataba tanto aspaviento, de una comedia. Como la vida misma. Y enseguida, entonces, tú sonriendo: tímida, provocadora, mujer metida hasta los tuétanos en su personaje de 20 años por cumplir ese 13 de diciembre de 1930.

La película fue un fracaso comercial. Yo sigo también fracasado aquí, entristecido por la alegría atroz de tus imágenes, tras haber visitado por gusto varias veces Hollywood y Nueva York. Total, para no encontrarte más allá de una tarja con tu nombre falso de Lillian Roth: As bad as it was it was good. Tan mal como nos salió todo, de alguna manera nos salió bien.

Porque no habrá odios ni olvido, sólo el amor de tu salto mortal a través de las astillas transparentes del caramelo, una de las cuales me vino encima y casi me deja ciego de un ojo. También, cómicamente, amor. Porque de eso se trata tanta desesperación de no haber sido nunca contemporáneos: de otra comedia, como la muerte misma, en tu cumpleaños 108 de este 13 de diciembre de 2018.

No te vayas sin decirme a dónde vas, Lillian Roth, no te quedes tan sola en tu paraíso de cristales y caramelo. Llévame contigo, amor de mi sobrevida, amor de todas mis sobrevidas. Enséñame cómo saltar sonriendo, por favor.

Corazón de caramelo

Orlando Luis Pardo Lazo

TUESDAY, DECEMBER 11, 2018

In the next scene, Lillian had to fall through a skylight made of candy glass. She was nervous and complained to the director of the film. Without saying a word, the guy walked over to a pane of candy glass leaning against a wall of the MGM studio. He lifted it over his head and slammed it down. The glass shattered, his skull didn’t. 

“If it didn’t hurt my bald head,” he said, “it won’t hurt your young back end.” 

It was 1930 or so. Lillian started to cry. 

Minutes later, when she came back in front of my camera for the shot of her fall through the skylight, I was already in love with her. 

It felt as if all in Lilly was now made of candy glass.

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