LA PRIMERA LLUVIA DEL MUNDO

LA PRIMERA LLUVIA DEL MUNDO
Orlando Luis Pardo Lazo, SATURDAY, JANUARY 2, 2010

A las seis de la tarde ya se hace de noche. Noche cerrada, rojiza, capote de nubes que desciende por su propio peso sobre la ciudad virgen de primero de enero.

Entonces llueve. Olor a lluvia, a memoria, a eternidad. Apenas un chubasco es suficiente para enchumbar el alma, para sacar afuera lo olvidado mejor, para desenfocar a nuestra demasiada Cuba y sólo así recuperarla desde lo imaginario de cualquier amor.

Llueve a las seis de la tarde del último primero de enero cubano.

Llueve como siempre. Para siempre.

Llueve. Llueves. Llovemos.

La calle, de por sí desierta tras la resaca de la nada de fin de año, queda ahora desertada. Es hermosa, es higiénica, es humana tanta sensación de soledad.

La respiración se purifica con este olor ancestral, moléculas de lluvia que bien podrían bastar para construirlo todo de nuevo, una Cuba húmeda desde cero, una Habana única desde el año diez, una Revolución de humo de cara a nuestra historia inmediata.

Porque sale humo. No sé de dónde, pero creo ver hilos de humo borrosamente salir del asfalto. Humo hacia arriba como respuesta súbita ante la llovizna que cae. Humo en los ojos de un cubano que se azora de que aún llueva tan primerizamente en pleno 2010. Humo en la garganta de un cubano que grita silencios y no quiere seguir atorándose aquí. Humo en los corazones torturados por la belleza de lo que nos perteneció por designio diabólico o divino. Humo por lo que nunca volverá a ser nuestro toda vez que escampe enseguida.

Porque escampa enseguida, siempre es así.

La ilusión dura un instante, ni siquiera una instantánea.

Adiós, Cuba. Adiós, verdad enterrada en nuestros cuerpos. Adiós, poesía impronunciable de haber sido todos cubanos alguna recóndita vez. Adiós ahora. Adiós antes de que por estas mismas calles, que son nuestra carne efímera y elemental, corra en otra noche otra llovizna perversamente peor. Adiós.

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