Mi regreso a Cuba va a significar una emancipación

ENTREVISTAS

“Mi regreso a Cuba va a significar una emancipación para el país y para su gente”

Jorge Enrique Lage

Marzo 4, 2019

A los intercambios en la esfera pública también se les llama ahora “conversación”. La que sigue forma parte de una conversación mayor —casi una conspiración— que empezó en La Habana hace casi veinte años y ha recorrido varias ciudades de Estados Unidos. 

Pero así como el marxismo —el de Groucho— aconseja que no milites en un partido que sea capaz de aceptarte a ti como miembro, no nos interesan los lectores que puedan encontrar algo interesante en aquello que se dicen o dejan de decirse dos escritores ya desleídos, mentalmente arruinados. Por eso la presente entrevista parte de un motivo concreto: nuestro amigo y colaborador Orlando Luis Pardo Lazo acaba de publicar, en Editorial Hypermedia, un título de resonancias martianas, Espantado de todo me refugio en Trump. Aprovecho también para ofrecerle alguna palabra introductoria —se la debíamos— sobre “Uber Cuba”, la serie de “autoficción” —nunca mejor etiqueta— que desde hace algún tiempo acoge Hypermedia Magazine y que, como todo lo demás, es OLPL en estado puro. Estado disociativo, o muerte.

Tu columna en Hypermedia Magazine ya supera las cuarenta entregas. ¿Cuántas tendrá?

La cifra mágica está anunciada desde la primera entrada de “Uber Cuba”, en agosto de 2018: serán 1959 episodios. Ni uno más, ni uno menos. 

Háblanos sobre lo que te has propuesto con esa serie de textos breves. ¿Se convertirán en otro de tus libros?

Sí, será solo cuestión de publicar todas las entregas en un libro titulado Mausoleo de la Novela de la Eterna, donde el personaje de La Eterna es, por supuesto, la Revolución Cubana, esa Elena de Elenas tan elegante como elocuente. Y, por supuesto, tan delincuente como delicuescente. 

Sé que me tardaré acaso un post-quinquenio gris en lograrlo, pero de que las 1959 van, van. Semejante mamotreto, a la manera de un Macedonio remanente del marxismo insular, ha de constituir nuestro humilde “hogar de la no existencia”, como “un soñar sin límite y solo soñar”, de manera que ningún cubano en ninguna parte pueda jamás “tener idea de lo que sea un no-soñar”. 

Es decir, estaremos por fin, después de tanta literatura literaria, ante una historia onírica de nuestra Edad de Horror. Siempre supe que tendría que hacerla yo, siempre supe que tendría que ser yo. Enhorabuena.

¿Y por qué “Uber Cuba”? ¿Qué representan para ti los Uber? 

Los taxis Uber son puro Ur-castrismo encapsulado: una microheterotopía magnífica, donde encarna hasta la excelencia el fracaso de la Utopía a nivel local y global. 

Sin embargo, cada taxi Uber es a la vez el triunfo definitivo de la retórica socialista. Dentro de cada uno de esos carritos se cocina el colapso del capitalismo del siglo XXI, una muerte a cuatro manos propinada en parte por la justicia social y en parte por un lenguaje de géneros neutrales, neutralizados por la idiotez ideológica de izquierda. Todos los choferes de Uber son más o menos especialistas espontáneos en Foucault, a la par que proselitistas voluntarios de Fidel Castro

En tanto exiliado cubano sin licencia de conducción, debo de haberme montado por lo menos en diez millones de taxis Uber desde que me fui de Cuba, el martes 5 de marzo de 2013. Este libro será entonces, sin duda, mi autobiografía definitiva: la autorizada por el autor. Es decir, mi testamento (sabiendo que, en cualquier caso, será solo un libro tan poco nuevo como la voz más elemental de los colegios: un mundo de cosas que ustedes, los cubanos, jamás creerían).

Luego de varios libros de relatos (casi todos publicados en Cuba), armaste un volumen de no-ficción con el título Del clarín escuchad el silencio (Hypermedia, 2016). ¿Qué relación hay entre ese libro y el que publica ahora Hypermedia: Espantado de todo me refugio en Trump?

Son la primera y la segunda parte de un mismo libro. De hecho, ambos comparten la misma portada, pero con los colores invertidos (en la medida en que el blanco y el negro sean una inversión mutua del espectro).

Del clarín escuchad el silencio son mis crónicas de despedida de Cuba, con toda su carga de criminalidad a nombre del Estado, pero también con todo mi incomparable coraje en medio de la pendejez de unos escritores cubanos que no aspiran más que a un viajecito a alguna feria internacional. Mientras que Espantado de todo me refugio en Trump es mi diario de bienvenida al sistema tardocapitalista norteamericano, donde hoy por hoy ya es irreversible el triunfo tétrico de la corrección política en tanto aberración mental, el odio adolescentario a la democracia, y un complejo de culpa del coño de su madre a todo lo que representa la economía de mercado. 

Por Del clarín escuchad el silencio me expatriaron de por vida de Cuba hacia los Estados Unidos de América. Por Espantado de todo me refugio en Trump espero me deporten de vuelta a Cuba desde los United Socialisms of America.

Además, este libro es una casa de citas incitante: me da mucho placer la cantidad de contrabando textual con que sale publicado. Ver juntas las caras de Ana Dopico y Aron Modig, de Zoé Valdés y Edmundo García, entre otros, en una larga lista de OLPL que remezcla gente del Planeta Cuba que ahora oficialmente me odia (después de la consabida tentación carnal conmigo, claro).

Además de refugio, ¿qué es Donald Trump para ti? ¿En quién te vas a refugiar cuando él no esté?

Trump es un hombre de la Providencia. Un norteamericano rico, como tantos norteamericanos. Un hombre blanco, heterosexual y mujerizador, como tantos norteamericanos. Decente, divertido, pragmático, vitalista y un tin pujón, como tantos norteamericanos. Primero Demócrata, luego Independiente, y a la postre Republicano, como tantos norteamericanos. Por supuesto, para nada racista (racista es la izquierda cazadora de racismos). 

En el pueblo hay muchos Trumps. Y este tipo en específico llegó para escupir en la cara de la corrección política castrista Made in USA: un fenómeno fundamentalista que abiertamente defiende a una policía del pensamiento y que solapadamente aspira a la abolición de la Constitución de los Estados Unidos de América. 

Trump me salvó la vida, cuando parecía que el Apóstol que hay en mí iba a morir. Hay Trump para rato, por lo menos hasta el lunes 20 de enero de 2025.

¿Hubiera sido tan diferente para ti vivir bajo el régimen demócrata de la Clinton?

A Hillary Clinton la vi hablar un día de 2015 en la FIU. Lucía desquiciada: sabía que estaba contra las cuerdas, al límite mismo de la cordura. Imagínate lo que es ser una mujer que desde 1999 nunca más ha podido practicar en privado una felación. La espermatopenia mata. Y la Clinton estaba ya haciendo los consabidos contactos con La Habana para comenzar a eliminar físicamente en USA a los enemigos a muerte del castrismo. En mi caso particular, no me hubiera dado tiempo ni a terminar esta entrevista. 

Es de suponer que la Cámara de Comercio iba a estar involucrada hasta los tuétanos en esta matanza tipo mafia. Y espero que también estuvieran implicados algunos intelectuales de la talla de Jon Lee Anderson, Noam Chomsky y Oliver Stone (los que hicieron del exilio cubano una tara de Caracortadas, a la par que canonizaban el biopic ubersemiótico de Ernestito Guevara de la Serna, aka El Che).

Entiendo que la corrección política puede ser castrante pero, ¿por qué dices que es castrista? Hay “policía del pensamiento” y hay fuerzas que sí son verdaderamente policiales… ¿Tú percibes zonas de continuidad, o de contigüidad, entre la actual democracia liberal estadounidense y la dictadura cubana?

Muchacho, hay más que continuidad al respecto: los liberales y los castristas son ya indistinguibles entre sí. Cada académico se comporta como si tuviera grados de teniente-coronel de un Ministerio del Interior Made In Cuba. Las denuncias anónimas hacen ola (a mí en la Universidad me acusaron de misógino a la vez que de acosador de mujeres, sin transparencia y sin contradicción). Orwell era un bebé. Ya no hace falta ninguna policía del pensamiento: ahora el pensamiento mismo es el policía.

Cada liberal debe viajar a la Isla de la Utopía al menos una vez por año (esta fe es más fundamentalista que el islamismo radical), y los ensayos donde teorizan el triunfo de Marx sobre el Mall los escriben mirando hacia la meca habanera de la Plaza de la Revolución. Por supuesto, la Revolución Cubana no se puede criticar ni un tantito así, sea en The New York Times o en el Missouri Eastern Correctional Center, una prisión del estado donde estoy impartiendo un taller de escritura. 

Por cierto, los presos tienen mucho más talento que mis colegas del doctorado. 

Sobre ese doctorado que estás por terminar, Literatura Comparada en la Washington University de Saint Louis… ¿Sientes que la experiencia en la academia norteamericana te ha modificado en alguna medida como lector y como escritor? 

Lo único que siento es asco, asco profundo. 

La academia siente asco de la literatura y, como tal, aspira a la aniquilación absoluta de la literatura. De la academia hay que huir, como de la cubanía. 

Sin embargo, aún quedan en el búnker de la biblioteca universitaria un buen número de libros contracubanos entre los cuales camino de madrugada, a la luz del alma, oyendo el ruido de esa lengua leporina que fue mi infancia y la ilusión de una adultez no adulterada. Allí yacen nuestras grandes letras muertas empolilladas: autores que solo son sacados de sus estantes cuando alguna tesista latinoamericana quiere acusarlos de misoginia

Por pura piedad de compatriota, en más de una ocasión se me ha ocurrido darle candela a todo ese archivo humillado por el multiculturalismo y los estudios poscoloniales. Si he de hacerlo, he de hacerlo ya. Oxígeno contra celulosa. Quemar, también, aquí pronto dejará de ser un placer.

¿Impartes clases fuera de la prisión? ¿Cómo es tenerte de profesor? 

Impartí clases en la Universidad de Brown (Providence, Rhode Island) en la primavera de 2015, donde empecé enseñando Escritura Creativa y terminé difundiendo las tesis textroristas de Kenneth Goldsmith sobre Escritura Increativa y sobre el Plagio como último resquicio para practicar la originalidad (por cierto, a ese tal Kenny G. lo pueden localizar en Cuba, pues cada año va a hacer catarsis pretecnológica en la Fábrica de Arte Cubano de X Alfonso). 

Los estudiantes de Brown me amaron: no podían concebir tanta libertad luminosa en un aula (jaula) norteamericana. 

Ahora enseño Clásicos de la Literatura Española en la Universidad de Washington (Saint Louis, Missouri). Les leo en voz alta cómo el Mio Cid sale al exilio “por los ojos llorando”, y la voz se me raja de pena, no por mi propio exilio, sino por recordar a aquellas magnificentes maestras de literatura en la secundaria Félix Varela y en el preuniversitario Cepero Bonilla: mujeres rebosantes de belleza y eternidad, atrapadas en unos cuerpos todavía inaccesibles de mediados de los ochenta en Lawton y en La Víbora. Por ellas fue que me hice el mejor escritor vivo de Cuba. Porque ellas son las que saben querer, aunque ya están todas muertas y enterradas en medio de la desidia digital de la neocubanidad. 

Mis alumnos de hoy quisieran amarme también, pero Barack Obama les impuso tiránicamente una oficina paralegal llamada Title IX, la cual prohíbe y penaliza cualquier interacción emotiva entre los seres humanos, dentro o fuera del aula (como sabes, esta es una de las premisas del socialismo: la sospecha mutua y las denuncias al por mayor ante Papá Estado). 

A los cubanos nos salió muy malo y mierdero el mulatico en la Casa Blanca. Solo en el Agente Naranja nos queda ahora alguito de esperanza.

¿De qué va tu tesis de doctorado? 

Estoy estudiando las escrituras de los llamados “peregrinos políticos” o “viajeros a la Utopía”: es decir, los compañeros capitalistas que se fascinaron con la Revolución Cubana y la pusieron como el ejemplo ideal de lo que deberían ser los Estados Unidos de América, por ejemplo. 

A la Cuba de Castro vino todo el mundo, desde intelectuales y terroristas hasta putas ideológicas en busca del falo perdido. Yo los detecto en las bases de datos, los leo a destiempo (cuando ya a nadie le importa ni siquiera la Revolución Cubana), me enamoro de toda aquella estupidez, los perdono en nombre de Miguel Díaz-Canel, y de paso me hago de un título universitario en la patria de Donald Trump, que es el nuevo Lincoln del siglo XXI: el presidente que nos liberó de la esclavitud cultural a la que siempre aspira la izquierda norteamericana.

Danos un ride por Saint-Orlando-Louis: las autovías que cruzan el Midwest pero también tu cabeza. Tú eres el conductor. ¿A quién o a quiénes te gustaría montar en tu carro? ¿Qué sitios recomendarías?

Muy bien. Un paseo en taxi Uber por Saint Louis, con Orlando Louis como guía neoconservador y supremacista blanco, según me han acusado mis coleguitas de habla hispana… (PhD significa HdP: son los mismos que te decía, los que viajan a La Habana para aplaudir al apartheid de blancos de un régimen que no me permite a mí el regreso; comparado con Díaz-CanelPinochet sería poco menos que un santo patrón: dejó regresar a los terroristas y les permitió formar partidos políticos). Para un paseo así, tendríamos que montar en el carro ante todo a Rex Sinquefield, el millonario trumpista que compró el archivo del campeón mundial Bobby Fischer y creó aquí el club de ajedrez más grande del mundo, casi en la esquina de mi casa. Y también habría que montar, como copiloto, a Lázaro Bruzón, el Gran Maestro tunero (vecino de Eliecer Ávila) que vino a Webster University para quedarse y de paso soltar sus jugarretas cívicas en Facebook, de donde todo el mundo lo cita como si de un autor de culto se tratara: un contracapablanca. 

Y el viaje tendría que ser, por supuesto, hasta el pueblo de nombre Cuba que hay en Missouri, una aldea abandonada en la Ruta 66 histórica, fundada en 1857 por esclavistas sureños que querían hacer la guerra contra España en nuestra islita, para evitar a tiempo, con la independencia de Cuba, la abolición de la esclavitud.

Por último, montaría en el carro a Leonardo Padura y a Chucho Valdés, dos connotados cubanos que pasaron por aquí y a ambos los miré con ojos de perro sin patria, pero con amo. Y también a la poeta cubana de extramuros Alessandra Molina, que vive en el pueblo de al lado refugiada en Oppiano Licario y espantada de mí.

Y Leinier Domínguez, ¿no estuvo también por la esquina de tu casa? ¿Qué se cuenta del ídolo de Güines?

Pues sí. Aquí en Saint Louis vi jugar al primero de nuestros Grandes Maestros, con la banderita cubana al borde de su tablero, a pesar de que la federación cubana de ajedrez lo trató como a un apestado, como si ya fuera un gusano incapaz de desarrollar, si no una apertura agresiva, al menos una defensa cubana decente (tendría que ser algo con el caballo rey, supongo). 

Vi jugar a Leinier y tuve que retirarme de inmediato del Chess Club de Central West End. Te juro que no podía parar de llorar de la emoción. Llorar a Cuba viva. Llorar a trebejos, a escaques, a peón por peón al paso. Llorar de fidelidad, de enroque largo, doble, al descubierto. Llorar de columna H abierta al hastío de la historia, llorar de columna C quijotescamente cerrada a cal y canto. Llorar de oposición perdida. Llorar de tablas de ahogado. Llorar de ELO, llorar de Oliverio Girondo, llorar de Saint-Orlando- Louis… 

Con el tiempo y un ganchito, cuando pasa por fin sobre nuestra biografía sentimental aquella agónica águila sobre el mar, en todos los escritores cubanos se manifiesta el conmovedor síndrome de Bonifacio Byrne: ese es nuestro Alzheimer apátrida, el sitio en que el castrismo tan bien está.

Ahora que hablamos de esto: en tu blog, en tus artículos, en tus videos, has dopado con todo tipo de metáforas la experiencia de vivir en el exilio; pero en mi opinión una figura fundamental, tal vez la más concreta, la menos retórica, de tu condición de “cubano sin Cuba” —para usar una frase tuya— ha sido precisamente el tablero de las 64 casillas. Me gustaría que comentases un poco sobre este tema. Parafraseando aquel discurso de Bolaño: ya no El Exilio y la Literatura sino El Exilio y el Ajedrez.

También Capablanca fue un exiliado. De hecho, bien hubiera podido ser el primer campeón mundial de ajedrez norteamericano, pero decidió cubrir de gloria eterna a nuestra pequeña islita, país donde sigue siendo un jugador bastante desconocido (más allá de su rimbombante apellido) y donde ni siquiera le alcanzó el tiempo para morirse. 

No conocemos a nuestro Capablanca. Habría que revisar sus partidas a inicios del siglo XX, sus partidas de simultáneas en el Moscú de las purgas estalinistas (mientras se acostaba con rusas sobrevivientes a la matanza blanca), y las que jugó anónimamente en los clubes de Manhattan cuando la cabeza, literalmente, le estalló. Capablanca es el ajedrecista cubano desconocido, como el ajedrez mismo es un misterio inaccesible para nuestra mentalidad provinciana. 

Cada referencia literaria al ajedrez, empezando por las pajarerías palabreras de Paradiso, resulta de una ridiculez insostenible. Damos pena propia. En mi caso, como en el de Lezama Lima, el ajedrez no es más que la sombra insepulta de mi padre, quien me enseñó de niño a jugarlo en un portal de Lawton, rodeado de vecinos amables y analfabetos. Juego ajedrez en el exilio para que mi padre no muera, para que su muerte nunca llegue del todo a ocurrir.

En el club de ajedrez de Saint Louis me enfrento cada semana a afronorteamericanos encallecidos por la gentrificación, a niñitas asiáticas con instinto de Kill Bill, a indios de la India con halitosis de especias y espiritualidad Taj Majal, y a norteamericanitos transparentes, de buen corazón, que llevan décadas con el mismo coeficiente ELO de nivel kindergarten. Y desde la pared del club, un retrato de Capablanca me mira, sonrojado. Yo le pido puntualmente perdón cada vez que muevo una pieza, y él me comprende: sabe que, más allá de Leinier Domínguez y Lázaro Bruzón, quien le habla es el último de los ajedrecistas cubanos. 

Asistimos al fin de la literatura cubana y al inicio del nuevo ajedrez que vendrá: una lengua intraducible, irreconciliable e inconsolable. Tierna y terminal.

Has sido un invitado frecuente de varios programas de radio y televisión de Miami, como escritor y como activista político. Para ti, ¿qué ha sido lo mejor y lo peor de esos medios?

Lo mejor: cuando en el verano del 2015 acusé en público al cardenal católico cubano Jaime Ortega y Alamino de ser el Ministro de Religión del Castrismo. Mi voz retumbó en el estudio de Oscar Haza como si fuera el último aldabonazo de un neoloquito Chibás. 

Lo peor: ver noche tras noche a Jaime Bayly entristecer como un Toqui solitario en cámara, con Silvia o sin Silvia, pero rodeado siempre de los mismos negrones luminotécnicos que yo vi en el ICRT y en el ICAIC, en La Habana, burlándose homofóbicamente de los varones desnudos de Tomás Piard. 

Lo peor de lo peor: cuando Pedro Sevcec (los uruguayos son cobardes, son como benedettis de la política), por encargo de los agentes del G2 productores de su programa, me acusó (en ausencia) de tumbar las Torres Gemelas el 9/11, ¡y todo por haber yo defendido a las estatuas de los confederados! 

Lo mejor de lo mejor, francamente, fue declararme “fascista” en 2018, durante una transmisión en vivo de Radio y TV Martí, cuando noté que los invitados venezolanos defendían que las democracias fueran tolerantes con el socialismo, pero intolerantes con el fascismo. 

Pobre fascismo, Jorgito, pobre fascismo: Ezra Pound debe de estar revolcándose en su tumba con Leni Riefenstahl, ¡y todo porque se perdió una guerra en contra del socialismo! En el siglo XXI, nos hace falta un fascismo de rostro humano.

¿A qué se parecería ese fascismo del siglo XXI? 

Ese fascismo se parecería a la felicidad, por supuesto, que es fascismo por antonomasia. Se parecería a la Cuba de La historia me absolverá, por ejemplo, que fue un momento maravilloso, incluida su conexión cómplice entre el Moncada, Mañach, y la Constitución de 1940: ese documento despótico que borró toda posibilidad de existencia para una derecha decente en Cuba. 

Recuerda que “fascismo” simplemente significa “unidad”. Fascismo es fundamentalmente Fidelidad. Recuerda que el fascismo, en sus orígenes, fue apenas un movimiento de salvación nacional, populista, orgullosamente anticapitalista, socialista y estatal. El lado correcto de la historia. Recuerda que los líderes fascistas fueron aclamados por todas las democracias del mundo, incluido Gandhi y sus cartas de casi amor a Hitler. 

Y recuerda que el fascismo también fue el gran aliado del comunismo soviético, con el cual llegaron incluso al más importante pacto militar de la historia de la humanidad. En Estados Unidos, la izquierda académica y mediática atacó al gobierno de Washington tan pronto como este se decidió por fin a atacar al fascismo en la II Guerra Mundial. Contra los Estados Unidos, todo. 

El fascismo, en su momento, era la causa progresista de la izquierda intelectual infiltrada en las democracias occidentales: el fascismo fue su Vietnam de aquella época. Es una lástima que el fascismo les haya durado tan poco: tal vez por eso ahora todo el tiempo repiten la palabra “fascismo”, “fascismo”, como locos. Pero la verdad es que el fascismo fue entonces la esperanza de los proletarios libres del mundo, antes de que se tornara un fenómeno genocida, traicionado por los propios fascistas en el poder. 

Todos los liberales del mundo hablan hoy de que el comunismo no es criminal, de que el socialismo se merece una segunda oportunidad con rostro humano en el siglo XXI, ¿no? La izquierda repite como un mantra que si el comunismo salió malo, la culpa fue de los comunistas concretos, no del sistema comunista como tal, el cual pertenece por entero al futuro, pues un mundo mejor es posible. Creo que tampoco deberíamos tener prejuicios discriminatorios en contra del fascismo, como si fuera una cosa mala en sí misma. Si el fascismo salió malo, la culpa entonces debe haber sido de los fascistas concretos, no del sistema fascista como tal, el cual también debiera de pertenecer por entero al futuro, como otra alternativa para una mejor justicia social de la que hoy nos ofrecen los capitalistas sin corazón. 

Un fascismo del siglo XXI, en puridad, debiera ser tan legítimo como el socialismo del siglo XXI. De hecho, estamos hablando esencialmente de un solo fenómeno: el odio intelectual a la democracia representativa y el desprecio liberal a todas las libertades individuales, consideradas como una decadencia burguesa. 

Es una hipocresía hijadeputa estigmatizar tanto al fascismo, mientras al mismo tiempo se aplaude al comunismo.

Pero, ¿no es el ideal de la democracia tal como la conocemos —en rigor, yo no la conozco— lo que pondría siempre ese “rostro humano”? Entonces se podría ser fascista y demócrata a la vez…

No, Lage. El único rostro humano, para los anticapitalistas antinorteamericanos, es el rostro de Fidel Castro.

¿Y para ti? 

Es un problema de perspectivas perversas: dentro de la democracia, se cree que el rostro humano consiste en atacar a la democracia y aplaudir a las dictacracias de los shithole countries. En este sentido, Cuba necesita un rostro inhumano. Y mucha, mucha injusticia social. O, como diría Orwell: echar ácido en la cara de los niños.

¿Con qué objetivo? 

Con el objetivo de I wanna break free, de romper lo ridículo de las retóricas socialistas (y toda retórica es siempre de izquierdas: hablar en sí mismo es un acto de izquierdas, igual que leer). Fuera del socialismo no hay nada: el paraíso mismo es una socialistada del coño de su madre a perpetuidad. 

Con el objetivo de emanciparnos exquisitamente la mente y dejar de comportarnos cómplicemente como esclavos edípicos del Estado. 

Con el objetivo de contar con una Primera Enmienda de tres pares de cojones en la Constitución canija de Cuba, un alarido atroz de amo de nosotros mismos: tener derecho a pensar y decir lo que nos venga en ganas pensar y decir. 

Con el objetivo de que los cubanos no volvamos a ser nunca más comemierdas kitsch del Bien y la Risa de los Ángeles, sino soldados ríspidos de lo Real, que es caos demoníaco y horrenda orfandad humana, demasiado humana.

No sé si te sigo. Tú hacías una analogía entre socialismo y fascismo, con respectivos rostros humanos, para abogar por el segundo. Lo que yo quería saber es si tu apreciación de la democracia, como conjunto de valores, se ha devaluado desde que vives en el exilio (en ese mismo choque con lo Real). ¿El fascismo humanizado —en USA, en Cuba, o como régimen abstracto, a mí me da igual— representaría una alternativa a la democracia o sería más bien su radicalización?

La democracia necesita urgentemente de una narrativa legitimadora. Pero eso es lo único que ningún intelectual parece dispuesto a darle. La degradan a propósito, mientras alaban al Castro exterior que todo norteamericano tiene al otro extremo de su pasaporte. 

No hay alternativa a la democracia: es el único sistema humano de la humanidad (y el único sin rostro). Y eso es una conquista de Occidente. 

Tengo miedo por los Estados Unidos de América, el único país libre que queda en el mundo. Tengo miedo de que todos estén enfermos y extenuados. Tengo miedo de que Cuba gane. 

Parezco un Virgilio Piñera del siglo XXI, pero igual eso es todo lo que quería decir al respecto. Como Fidel en la Biblioteca Nacional, yo tampoco soy un enemigo de la libertad.

¿Por qué te borraste de Facebook y Twitter? ¿Leíste el manifiesto de Jaron Lanier Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato

No deja de maravillarme cómo desde la Cuba de Castro tú sigues siendo el Primer Lector de la Nación, mientras que yo, con todos los recursos a mi alcance y con el tiempo tedioso del exilio por delante, sigo siendo aquel mismo analfabeto de Lawton: un troglodita. 

No he leído a Jaron Lanier, por supuesto, pero ya mandé a pedir su libro en mi universidad filocastrista. Ahora puedo escanearlo en pdf y mandártelo para Cuba vía email. Pero leerlo, no sé. No creo que lo haga. He perdido la fe en los norteamericanos pasados de peso (la mayoría son paradójicamente abúlicos y/o bulímicos). En cambio, escribí yo mismo mi propio manifiesto en mi blog Lunes de Post-Revolución

En esa columna, “¿Por qué me fui de Facebook y Twitter?”, me parece que de algún modo menciono que, tras diez años en las redes sociales (socialistas) a diario, ya iba siendo la hora de escuchar menos al otro y de ser yo (todavía más) un individuo único, irrepetible. Tenía que salirme de una vez de todos los debates y de todos los consensos. Tenía que ser, con esa fuerza más, absolutamente individualista: imponer yo los tópicos y las narrativas (también los estilos). No quejarme nunca, nunca pedir perdón. Meter el gaznatón en la otra mejilla y ni siquiera lavarme las manos. Quitarle la voz a los que de todas formas nunca iban a tener voz. 

Las redes sociales de pronto se me revelaron como lo que siempre han sido: un gran Comité de Defensa de la Revolución. Una institución inevitable e intransigente. Para colmo, gratis, gratuita, centralizada pero a la vez igualitaria, despótica y a la par pacata, con una lógica edípica-paternalista de sospecha y delación permanente. Pasto para oportunistas pendejos. Mediocridad marxista a mansalva.

Después de mí, el cubano que siga en las redes sociales, sépalo o no lo sepa, le está haciendo el trabajo sucio a la Seguridad del Estado cubana.

¿La Seguridad del Estado es eterna, como los CDR?

La Seguridad del Estado está muerta y enterrada dentro del significante vacío del cambolo que guarda las cenizas fake del Comandante en Jefe. Lo trágico es que sus funcionarios de verde olivo aún no lo saben. O lo saben pero no lo dicen, por modestia, por no hablar de sí mismos (pese a que ignoran que alguna vez fueron los hombres color del silencio). 

Mi padre llamaba a esto ser un “alma en pena”. Y me daba pavor oírlo, contándome aquellos cuentos de aparecidos, como si fueran la nana más natural del mundo para dormir a los bebés del Quinquenio Gris. 

Las listas con los nombres de las víctimas para encausar al gobierno cubano en una corte penal internacional no serán listas de desaparecidos, sino de aparecidos. Espectros nada más, entre tu vida y mi vida. Residuos, restos, sobras nada más. Entre mi desamor y tu desamor.

En Hypermedia TV has colaborado con comentarios de libros. ¿Has pensado en hacerte booktuber? Yo creo que pudieras llegar a convertirte en poco tiempo en el booktuber cubano #1.

El secreto de un buen booktuber es no leerse los libros que va a comentar en video. Hay que ser festinado, distorsionar la materia primaria. Y eso he intentado hacer hasta ahora. Pasarle por arribita al libro: masticar su flujo discursivo sin paladearlo mucho, ya es bastante con regurgitarlo. Leer lo que nos salta a la vista, lo que nos asalta. E irrumpir como un okupa descarado en el contexto del libro original. 

Por último, por supuesto, hay que visibilizar con violencia esos tweets que, como supercuerdas mínimas, componen la estructura secreta de todo relato. Comentar libros en video es la mejor manera de decir: es decir, de contradecirlos.

En la contraportada de Espantado de todo me refugio en Trump irrumpes también, como okupa apócrifo, en una cuenta de Twitter; haces que un tal @realDonaldTrump te promocione escribiendo: “This isnʼt some game. This book will rock a lot of people”. ¿Todavía se puede sacudir así a la gente, cautivarla o “noquearla”, con el juego de la literatura? ¿En qué clase de lectores estás pensando?

Por desgracia, no. Ya no se puede estremecer a nadie con nada. Vivimos en un mundo donde las redes sociales nos han robado, en efecto, el alma, y hacen imposible todo contacto humano que no sea considerado como un acto de violencia y violación (en ambos casos, denunciables en público de inmediato por Achy Obejas, por ejemplo, tal como le pasó a su traducido Junot Díaz, por ejemplo, por más que se disfrazó de gay y antitrumpista).

Regreso a Cuba. Entrevista a Orlando Luis Pardo Lazo

Así que Espantado de todo me refugio en Trump, además de ser una obra maestra, es un tesoro enterrado en el modo subjuntivo de la literatura cubana: es lo que pudimos ser y nunca seremos. Radical, vomitivo, inocente, tierno. Es el diario que debí de haber escrito tan pronto como aprendí a leer en la escuelita primaria Nguyen Van Troi, supongo que en alguno de esos viernes de fin de curso de 1976 o 1977.

Me gusta lo del modo subjuntivo… ¿Cuál viene siendo entonces el modo indicativo de la literatura cubana actual, y qué opinión tienes de ella?

El modo indicativo de la literatura nacional es la Revolución Cubana. No hay literatura cubana después de la Revolución. Yo pondría a Fidel Castro en el centro de nuestro canon y de todos los diccionarios de literatura. Esto lo digo sin ironías. Es un detalle que se le escapó por completo a Harold Bloom, cuyo canon, por cierto, carece de ironía. 

Yo soy el último de los escritores que extraña no solo al realismo socialista malo, sino también al realismo socialista bueno. Todo lo escrito por un cubano de entonces me parece rodeado de un aura única. Debió haber sido formidable estar vivo en los años setenta en Cuba. El llamado Quinquenio Gris fue una época más bien luminosa: el gris debió de haber sido como el nuevo arcoíris. En esto nos falló la carabina de Ambrosio Fornet. Había tantos escritores vivos de tantas generaciones vivas… 

Ah, mi amigo, que tú escapes de aquel grandioso país donde Daína Chaviano pudo haberse acostado con Onelio Jorge Cardoso: ¡ese sí que hubiera sido el parto entre un gato de piel shakesperiana y estrellada con una marta de ojos fosforescentes! 

Solo por eso valió la pena que existiera la Revolución Cubana: por la belleza engendrada a pesar de la propia Revolución Cubana

Hasta aquí ya has mencionado como diez veces a Fidel Castro; parece una pulsión o un Síndrome de Tourette. Vicio o círculo vicioso: casi todo lo haces girar en torno en él. ¿Encontrarás una salida? Dado que ese nombre le importa cada vez menos —por no decir que ya no les importa en lo absoluto— a tus compatriotas de cualquier parte del mundo, ¿no temes, en algún punto, quedarte sin interlocutores y no estar diciendo nada? 

No temo, sino que aspiro, en algún punto, a quedarme sin interlocutores y no estar diciendo nada. 

Viví la parte más feliz de mi vida bajo la égida eternizante de Fidel Castro. De manera que sus dos muertes, en 2006 y 2016, las asumí como una traición personal de su parte, una grosería doble que vació de sentido a mi biografía. No voy a renunciar así como así a ese aleph maléfico. 

Defenderé a mi Fidel Castro al precio que sea necesario. Fuera de Fidel, nada. Hay que devenir Castro, hay que darle seguimiento y continuidad a su monstruosa mediocridad como ser humano. Hasta conseguir que me haga su maldad feliz.

¿Dirías que en el diario, en la serialidad blog, en la crónica, has dado con tu escritura ideal? ¿No te interesan otros formatos? ¿Qué hay de la narrativa de ficción?

Desde que empecé a escribir, sentí que solo el columnismo, y en especial el quintacolumnismo, eran nuestra última válvula de presión para descompresionar del totalitarismo insular, con todos sus arcaicos orígenes y sus despóticas teleologías. 

La crónica, tal como yo la ejecuto, es una escritura instantánea, sin patéticas revisiones ni elitistas ediciones. Al pecho, a pelo. Sin tachaditos experimentales ni atormentamientos de autor: es el fluir fácil del quod scripsi, scripsi

Una escritura que se escribe por mera curiosidad de ver cómo luce escrito esto o aquello, y que por eso mismo se atreve a dinamitar todos los tótems y tabúes por pura apatía, por indolencia, por inhumanidad. 

Una escritura donde la ficción no necesita de los artificios de la ficción: cero personajes, cero contexto, cero arco dramático, cero corriente subterránea de sentido, cero revelación, cero etcétera. Narratividad a pulso, descoyuntada. Freección. 

Esta es una libertad que yo y todos los cubanos desconocíamos, pero que solo yo de entre todos los cubanos he llevado al extremo de su excepcionalidad ejemplar. Ahí están todas mis columnas, en mi blog Lunes de Post-Revolución, todavía sin leer por ninguno de los cubanos, como una nave lanzada a ese espacio sideral que se llama el futuro, a donde ninguno de los cubanos pertenecemos.

Sin embargo, Espantado de todo me refugio en Trump viene con el rótulo de “novela” en la portada. ¿Por qué? 

Es una errata estrafalaria de la Editorial Hypermedia. Mis abogados pro-bono ya están demandando en corte por ese crimen de lesa literaturidad. Por supuesto, lo estoy haciendo en el 9no Circuito Federal de Apelaciones. Solo Donald J. Trump entiende por qué.

En las páginas finales del libro, incluyes un texto titulado “Primer capítulo de la novela inédita Espantado de todo me refugio en ti (Hypermedia, 2020)”. ¿Es un adelanto real? Ahí sí parece haber personajes, artificio, etc. ¿Tiene el espantado Orlando Luis Pardo Lazo una “novela” en proceso de escritura?

Ningún adelanto es real: toda potencialidad es real, pero su ejecución es imposible. 

Ese capítulo ni siquiera está incluido en el índice de mi libro: es solo una lectura fantasma. Una lonja de literatura: una lisonja. Y pertenece al género dramático del espejismo: único movimiento literario al que con gusto pertenecería. 

Pero si me dices “novela”, yo te digo “la tuya”: de mí los críticos nunca tendrán el patetismo de una novela. Por favor, repara y respeta mi sobresaturación de “dos puntos”: en inglés a este signo ortográfico le dicen “colon”. Así que no descolonices mi escritura: antes bien, los cubanos necesitamos de urgencia una recolonización sintacticívica.

Hablando de recolonización: ¿te ves regresando del exilio algún día?

Como la pastora y el deshollinador de los muñequitos rusos, toda vez que nos hemos asomado a una esquina del mundo ancho y ajeno, ya hay cero alegría para nosotros, los sobremurientes. 

No pertenecemos a ninguna parte. Ni a la Cuba desconocida de un siglo en el que ninguno de nosotros quiso habitar, pues representaba justo lo que representa hoy: un futuro fósil; ni a la Cuba irreconocible de un exilio sin exiliados donde los cubanos se miran entre sí como máscaras huecas, fantasmas fallidos, animales que adolecen de amabilis amnesia

No puedo regresar a Cuba mientras quede vivo en la Isla un solo asalariado del Ministerio del Interior, porque, te lo puedo garantizar, mi cabeza tiene puesto precio por la sauriocracia de los militares cubanos: ellos saben que Orlando Luis Pardo Lazo es el bebé cargado de visiones que un Día de los Inocentes de 1971 se escapó de milagro al hacha en jefe de Herodes. 

Solo les digo una cosa: volveré. Y mi regreso a Cuba va a significar una emancipación para el país y su gente: un reavivamiento, una apoteosis, otra era. Así me fue vaticinado, tras recibir mi bautizo de fe, por tres negros brujos que vivían al fondo de mi casita de maderas machihembradas, en el cuchillo de Fonts y Beales. Cubansummatum est!

Suena supermesiánico. Háblame entonces del país, o de la ciudad, que esperas encontrar en tu regreso.

Es una visión mucho más que mesiánica: es apocalíptica, de libro final; el colofón del Moncada y el Maine juntos. 

Cuando se hayan quemado todas las naves, cuando los insignes disidentes hayan ardido en la antorcha cívica del totalitarismo y los tenientes-coroneles de la Seguridad del Estado se terminen de exterminar entre sí a golpes de buchitos de café con polonio, cuando el paisaje de la Isla sea el de una plantación depauperada entre el genocidio y el color del verano, entonces, solo entonces, a las ocho menos un minuto de la tarde, me será posible anunciar en Cuba una Restauración. 

Lo haré desde la autoridad que confiere el Premio Nobel de Literatura 2059 y con la caballerosidad recombinada de un José Martí jugando ajedrez con Valeriano Weyler en el castillo lezamiano de la Cabaña, ante la mirada cuatroañera de un vecinito de ambos, que resultará ser el benjamín de la familia cubanoamericana de los Capablanca y Graupera.

Sinceramente, Orlando, ¿qué opinión tienes tú de Hypermedia Magazine?

Eso tendrías que preguntárselo a su administrador Ladislao Aguado, el hombre más buscado de la whatsapposfera cubana. Fíjate que me han dicho que emplea varios cientos de teléfonos para despistar a los putativos colaboradores de la revista, los que no paran de mandarle notificaciones desde los cuatro puntos cardinales del camping cultural cubano, que son tres: La Habana y Miami.

Ya lo he hecho: esa persona niega toda vinculación no solo con esta web, sino con la editorial que te publica; por eso te pregunto a ti. ¿Sirve para algo Hypermedia Magazine? ¿Se está moviendo algo distinto por aquí?

Ya que insistes, te lo digo sin peros en la lengua: Hypermediaes el último coletazo de la ballena insular, el telón de la teleología. 

Una vez muertas todas y cada una de las revistas literarias cubanas, lo que queda es una especie de eco cuasi cultural, un equito o cuacuacuá remanente de la explosión del 2006 o 2016, cuando despedimos al cuerpo que, te repito, estaba en el centro (yo diría en el corazón mismo) de nuestro canon: Fidel Castro

Hypermedia es la mortaja de una escritura nacional acéfala, descastrificada, un lenguaje lobotomizado a falta de Revolución, que ahora se revuelve como un pollo sin cabeza en la lidia idiopática de los que alguna vez fueron tenidos por Amires VallesNéstores Díaz de VillegasDuaneles DíazRafaeles Rojas, e incluso Rufos Caballeros y Albertos Garrandeses.

¿Algo más que desees añadir, de pura exuberancia, antes de terminar?

Cubanos, os he amado. ¡Estad alertas!

Se te ve en la carita

CRÍTICA

Se te ve en la carita…

Orlando Luis Pardo Lazo

Septiembre 6, 2017

Olvídate del alemán Heinz von Lichberg y su cuento pre-pornográfico Lolita de 1916.

Olvídate de si el ruso Vladimir Nabokov lo plagió o no lo plagió en su novela post-pornográfica Lolita de 1955.

Olvídate de las Lolitas de colores, porque el origen de todas las Lolitas literarias está en Cuba: la Lolita mitad puta y mitad pacata escrita por Juan Alcalde y publicada en Puerto Príncipe en 1902.

Es la “graciosa”, “picarilla” al punto de “loquilla”, “simpática”, “muy requetebuena y cariñosa”, “joya más preciada”, “enamorada niña” y “bellísima hija” adolescentaria de un hacendado rico en la Isla. Es la “niñita ángel”, una “distinguida señorita” y “mimada criatura” de “hechicero rostro” (huerfanita de madre, para mayor candor y como caracterización canónica de cualquier Lolita que se respete).

¿Qué más podría pedir nuestra tradición nacional que esta Lolita primorosa y primordial con todas las de la ley: flirteando por cortesía con su correspondiente señor Don Pomposo de cuarenta y tantos (que en este caso es el “taciturno banquero” solterón Don Jerónimo, que la persigue con sus “codiciosas miradas”), y a la par muy ávida ella de que su amorío decimonónico (con chaperona negra incluida) culmine en santísima boda con el jovencito Carlos, de más o menos su edad?

El triángulo de las tentaciones. La pastoral patria en su punto de caramelo virginal, con citas clandestinas al amanecer en un “bohío de la sabana”, que culmina con la partida a destiempo (¡poco después del Pacto de Zanjón!) de Carlos hacia la manigua redentora.

Carlos, “el madrugador mancebo” bajo el tronco de una ceiba alzada “majestuosamente”. Carlos, perseguido no por los soldados iberos, sino por tres hileras de puntos suspensivos tras el apretón con que “los dos amantes, tan conmovido el uno como el otro, se estrecharon fuertemente entre sus brazos”.

En fin, es la inversión de clase, raza y género de la consabida Cecilia Valdés. Y es lo que Lezama Lima y sus límites origenistas nunca alcanzarían a leer. Simplemente, Lolita.

Ah, más el cameo de unas décimas con pie forzado del camagüeyano Francisco Agüero y Agüero (1832-1886, un poeta perdido cuya memoria no alcanza ni para una entrada en la Wikipedia):

En fin, mujer adorada,
Si escuchas mi humilde ruego,
Del corazón que te entrego
No tienes que temer nada.
A ti será consagrada
Mi constante y tierna fe;
Mil sacrificios haré
Tan solo por merecerte,
Que no en vano al conocerte
A tus palabras me postré.

(Alguien tendrá que explicar algún día si acaso no fue el octosílabo cubano, ese sonsonete de seguidillas que logró llegar hasta el programa Palmas y Cañas ya en plena TV Revolucionaria, lo que retardó tanto la abolición de la esclavitud en Cuba, así como nuestra Independencia de España a fines del XIX).

Todo esto mientras Don Jerónimo, apostado en sus aposentos, cae en trance delator de celos por su Lolita (que es también ahora nuestra Lolita, nuestro espejismo de impaciencia), y gimotea para sí mismo con la “faz lívida” (tal como hablan todo el tiempo a solas los personajes de la literatura cubana, desde los poetas románticos hasta Mario Conde): “¿Por qué no puede librarme de Carlos una bala enemiga?”

Y, como si de una techne de best seller se tratara, Carlos no tarda en caer con el cuerpo “materialmente acribillado”, aunque por un milagro de amor sobrevive solo para que Lolita lo cure, junto a un sargentico herido de la infantería enemiga. Y no digo española porque por entonces todos lo eran, españoles de pura zeta: desde el profeta Varela hasta el apóstol Martí, el primero reencarnado en el segundo a inicios de 1853 (como Dalai-Lamas de nuestro evangelio literario local).

En definitiva, los 35 capitulillos de nuestro folletín lolitesco, concluyen con Jerónimo chantajeando económicamente al padre de Lolita a cambio de su mano (la de Lolita, no la del padre), cuando el solterón de Sagua la Grande confiesa que “necesito los consuelos de Lolita”, pues “su sola presencia es mi único lenitivo”.

Y esta es una verdad universal que cada literatura nacional por fuerza necesita: su propia Lolita. Todo por Lolita. Cañoneando a Lolita. Y Lolita se desmaya al escuchar esta conversación desde la “habitación contigua” al despacho de su pobre padre. Un padre de oro. Un padre ya entrado en edad. Uno de esos padres prototípicos de La Edad de Oro.

No es necesario contar el final. Todos sabemos que un golpe del destino hará desistir al súbito Jerónimo de sus perversos planes (reapareció su ex esposa asesinada en falso por él), justo cuando ya casi Lolita se estaba haciendo la ilusión de sacrificar himen e hijos por su tan probo papá.

Por lo demás, la boda de Lolita y Carlos ocurre puntualmente en el capítulo final, con “vivas a Lolita y al Ángel de la Caridad”, bajo la misma ceiba donde la guerra necesaria poco antes los separó.

Pero de lo ocurrido esa noche entre el mambí convaleciente y su recién “gentil desposada”, el tal autor Juan Alcalde no nos dejó dicho nada.

Ni falta que nos hace tampoco. Mejor así.

Porque nuestra Lolita de la Colonia será todavía Lolita incluso después de la Revolución Cubana, cuando ya a los epígonos Heinz von Lichberg y Vladimir Nabokov no los lea casi nadie, con sus dos Lolitas tan mundanas que ambas prefirieron morirse dentro de sus respectivas páginas.

Así, la de los extranjeros resulta inmoral. Pero la cubana, al contrario, es una Lolita inmortal.

Dos patrias tiene Padura, Cuba y la novela

ESCRITORES

Dos patrias tiene Padura, Cuba y la novela

Orlando Luis Pardo Lazo

Diciembre 6, 2017

“Pobre Leonardo Padura”, pienso mientras leo La novela de mi vida (Tusquets, 2015), acaso una de sus mejores obras de ficción.

Pobre, sí. Porque el autor cubano más reconocido en el mundo parece ignorar que en Cuba ya va siendo imposible novelar la vida o vivir la novela.

El dilema de vida versus literatura es de largo arraigo en la tradición de la isla. El editorial que inauguraba el primer número de la revista Orígenes, en 1944, se refería a la tensión entre “vivir la literatura” y “literaturizar la vida”, descartando semejante dualismo por “superficial”, propio de “etapas de decadencia”, y por “apartarse de lo primigenio” que “no tolera dualismo o primacía”.

Para los origenistas, en su búsqueda de las “esenciales cosas”, cuando “la vida tiene primacía sobre la cultura”, es que se tiene de esta última solo “un concepto decorativo”. Y cuando “la cultura actúa desvinculada de sus raíces”, termina siendo una “pobre cosa torcida y maloliente”.

Para Orígenes, que surgió en un período de pleno apogeo de la democracia en la historia de Cuba, “siendo ambas, vida y cultura, una sola y misma cosa, no hay por qué separarlas y hablar de ridículas primacías”. Aquella era, por supuesto, una sociedad abierta, donde los ciudadanos merecían “un respeto en directa relación con una libertad que estamos dispuestos a defender y a justificar la salud de sus frutos”.

Pero a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, época donde Padura emerge como intelectual y narrador, el panorama civil de Cuba es drásticamente distinto. De ahí que, desde esta perspectiva, Leonardo Padura sea, más que realista, un autor anacrónico. Y no tanto por su obra como por las esperanzas de su recepción, pues “anacrónico” podría llamarse hoy al público que lo lee, incluido yo, aferrado a una ilusión memorialística que se ha quedado sin puentes con la realidad real.

Consumimos obras de Padura porque todavía tenemos fe en un sentido textual que explique nuestra existencia individual y nuestra experiencia histórica.

Leemos a Padura porque, en tanto pueblo, seguimos negándonos a asumir el vacío de significados con que, década tras década, nos ha ido difuminando la Revolución, para colmo sin contar con nosotros.

Es posible también que la masiva pegada de la poética de Padura, más allá de su calidad como autor, descanse en una suerte de nostalgia por recuperar una biografía coherente: algo cada vez más utópico en una Isla de la Utopía entendida como socialismo igualitario radical.

En 2017, un año después de la muerte de Fidel Castro y meses antes del esperado retiro presidencial de Raúl Castro, ya ha sido resuelto el dilema de los origenistas de 1944, pero de manera doblemente negativa: imposible novelar la vida, imposible vivir la novela.

En lugar de vivir la literatura o literaturizar la vida, el cubano tiene que vivir al día su día a día mientras lee a Padura como válvula de escape para recordar lo que ya no es.

Lo que ya no somos: un pueblo con una narrativa común, con una ilusión de destino colectivo.

Aquella teleología fundacional de Orígenes ―con cierto toque de fundamentalismo insular― ha devenido en tedio. El totalitarismo le fue degradando su imaginación, su poesía y hasta su política.

De ahí el Síndrome de Leonardo Padura.

O, si de La novela de mi vida se trata, del Síndrome de Fernando Terry.

Como el protagonista exiliado que retorna, al estilo de los elefantes moribundos, a una Cuba que, por ley, no le permite a él ―ni a ningún cubano residente en el exterior― disfrutar del derecho de habitar en su propio país.

La sintomatología es muy simple: leer a Padura como arqueología, para acceder y luego archivar el mapa de un pasado mitad épico y mitad edípico donde novela y vida eran parte integral del Estado Revolucionario y, a su vez, constituían un escudo contra el capitalismo, cuya multiplicidad esquizoide entrañaba un peligro para la paranoica cultura cubana.

De tanto subsistir sin alternativas como una audiencia cautiva, los cubanos terminaron siendo una audiencia despótica, cuyos modos de lectura quedaron anclados irreversiblemente a una época ya pasada de época: la Era Padurozoica.

(El punto de inflexión bien pudo ser la caída del comunismo mundial en 1989: no por casualidad la fecha en que Padura ubica sus primeras “cuatro estaciones” de Mario Conde, el detective que desentraña crímenes y corrupciones en una Habana ochentosa, a punto ya de volverse súbitamente obsoleta).

Semejante ansiedad colectiva puede definirse, también, como la búsqueda de un espacio-tiempo perdido, más espiritual que geográfico y tan romántico como revolucionario, con que tanto poetas como políticos han atizado al pueblo cubano: soñar la pertenencia a una patria, esa novela invivible sin cuya lectura es imposible vivir.

La novela de mi vida encarnó, mejor que el resto de la novelística de Padura, ese intento heroico de revelar un imaginario nacional.

Usando una triada de planos narrativos que van del hermetismo masón a la hermenéutica castrista, Padura conecta los puntos de una alegoría transhistórica de incesantes exilios. Exilios patrios que se sufren como exilios apátridas. El trauma de no tener una isla a donde volver, incluso volviendo a una isla.

En esta tensión entre lo decible y lo indecible, entre la tortura y la tramoya, entre lo ocurrido y lo oculto, entre la dramaturgia y la democracia, se juega sus cartas credenciales el embajador literario Leonardo Padura, de una punta a otra del mercado global.

Cuba vende, pero siempre que se empaque como una Cuba vendada por los estereotipos: qué es y qué no es lo cubano.

En toda literatura local que aspire a ser tenida como cubana, el tópico de la desilusión tendrá siempre patente de corso mientras no cruce la raya del resentimiento reaccionario. Porque la intelectualidad que habita dentro de la Isla sigue siendo percibida, desde los centros hegemónicos de legitimación crítica y distribución editorial, como un reservorio natural de la izquierda.

Literatura “cuestionadora”, sí. Pero tanto como “capitalista”, no.

Este arte Leonardo Padura lo domina a la perfección. Por cuenta propia, o porque se lo han hecho saber los compañeros que lo atienden por el MININT en La Habana.

La novela de mi vida fue, entonces, por fuerza mayor, un ejercicio de estilo para tantear los límites de lo permitido en las postrimerías del castrismo, así como los tabúes que la esfera pública oficial ha pretendido o conseguido tapar en Cuba.

Pensar, como he hecho yo, “pobre Leonardo Padura”, es un elogio equivalente a pensarlo como un “pobre profeta” de tintes bíblicos, cuyo mensaje corre el riesgo de caer en oídos sordos y mentalidades anacrónicas. Entre otros motivos, porque el mensajero ha llegado demasiado tarde: cuando la tierra prometida ya desapareció.

Los lectores cubanos de Padura son, entonces, resucitados ―eficaz pero efímeramente― por la novela no vivida de sus vidas innovelables. De ahí tanto lo incisivo del Efecto Padura como su inactualidad.

El novelista funciona como una especie de médium entre los muertos recobrados del pasado y los muertos irrecuperables del presente (más que coloquial o costumbrista, el realismo a lo Padura sería, a la postre, macabro). A falta de fe en algún Dios, a esta ilusión podríamos llamarla: nacionalidad.

Padura es, pues, un autor de ficciones patriogenésicas.

Su “falta de imaginación”, como él mismo se ha caracterizado, crea Cubas escuálidas a golpes de novela, esa neblina del ayer para consolar nuestro hostil hoy.

La queja conmovedora con que Padura entrecruzó los siglos XIX y XX cubanos, en La novela de mi vida, con otra trama detectivesca que ya no intentaba descubrir un crimen, sino obtener la confesión tardía de un supuesto traidor; en esa tela de araña árida los personajes sabían, socarronamente, lo que tan bien sabe el autor: el presente es un tema prohibido en Cuba, un tabú del totalitarismo, incluso cuando no se quiera pronunciar con todas sus letras la herejía de semejante hexasílabo (para eso está otra novela de hombres que amaron totalmente a sus perros).

Esa tensión voltaica de una voluntad que vibra inevitablemente entre los polos de la política, a la vez que se resiste a sucumbir a sus tentaciones, ha sido pincelada por Padura de personaje en personaje, con una prosa sin ninguna prisa a la hora de definirse: ni en la novela, ni en la vida, ni en La novela de mi vida.

Lo enunciaba el protagonista, Fernando Terry: “A mí no me importa un carajo la política. Yo escribo poesía y lo que me interesa es la gente, si sufre o si se enamora, si tiene miedo de morirse o si le gusta el mar”.

Lo intuye Enrique, interpelado por Arcadio sobre las causas por las cuales su novela no avanza: “Se traba porque quiero decir muchas cosas y unas no sé cómo decirlas y otras no sé si puedo decirlas”.

Lo advierte Conrado: “Yo no sé qué delirio tienen ustedes de andar metiéndose en la candela”.

Lo reconoce Álvaro: “Yo ya no sé si quiero escribir, ni qué coño voy a escribir”.

Lo ratifica Tomás, otro amigo del grupo Los Socarrones, reunidos en una especie de tertulia triste en clave de despedida: “Voy a olvidarme de la política, de cualquier cosa que huela a política. Porque lo que tiene jodida a la literatura cubana es el delirio de la política”.

Y lo conceptualiza cínicamente Miguel Ángel: “Yo creo que cuando hay tiempo de por medio, el escritor es más libre, no sé, tiene menos compromiso con la realidad y puede…”.

De manera que, como conclusión tentativa, para consolar o conciliar a aquellos jóvenes amigos en la tarde del 23 de octubre de 1974, uno propone escribir sólo sobre el siglo XIX, y dejar entonces que sean los cubanos que vendrán en el 2074 los que escriban sobre ellos.

Mientras que, a su vez, serían esos cubanos del 2174 los que cuestionarían entonces a los del 2074.

Y así, una y otra vez. De ciclo en siglo. Hasta el infinito o la indolencia o la infamia. Con un desfasaje cívico y moral que hace que ningún cubano pueda ser contemporáneo de otro cubano.

Son estos mismos amigos, Los Socarrones, a quienes Fernando Terry irá entrevistando uno por uno, al regresar a Cuba, en una serie de interrogatorios emotivo-policiacos. Porque Terry necesita averiguar, antes de que expire su breve tiempo de estancia en la Isla ―lo necesita para la paz de su exilio vitalicio en “la soledad de su ático madrileño”―, cuál de Los Socarrones lo delató cuando la mayoría de ellos estudiaban en la universidad. Como era predecible, todas las confesiones serán negativas.

Como ninguno de Los Socarrones traicionó a Terry en principio, igual podríamos interpretar que todos se traicionaron socarronamente entre sí. Los totalitarismos dependen de esa atomización. Y por supuesto, la paranoia de Fernando Terry para con sus amigos también podría ser entendida como una forma de auto-traición: pasar de víctima a victimario sin darse cuenta.

Sin descontar el patetismo de reconocer que “su autocompasión se había convertido en una especie de coraza” para después “culpar a alguien de sus desgracias en un alivio para sus frustraciones”.

La impotencia de los personajes de la ficción es consecuencia de un personaje real, todavía inexplorado en toda su dimensión por la literatura cubana, y al que Padura en La novela de mi vida se atrevió a entrever: el oficial de la policía política castrista, el agente secreto del G-2.

Es cierto que Padura, por el momento, no le ha concedido demasiados párrafos a este personaje, aunque sobre su rol sí recae mucho peso específico de la trama y las subtramas ―y los traumas― de La novela de mi vida. Se trataba, allí, del “compañero Ramón”, “teniente de la Seguridad del Estado que atendía la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana”, quien interrogó a Fernando Terry cuando este era un joven profesor.

Después de una escena mínima, pero con consecuencias monumentales para su existencia, Terry habría de ser perseguido desde entonces, y durante sus dos décadas de exilio, por “los espectros que más lo visitaban” lejos de Cuba.

Después de una pregunta, casi amistosa, que fuera mal respondida por él frente al aparato de la Seguridad.

Parece una broma novelística de Milan Kundera, pero es por esto que las vidas de varias generaciones de cubanos parecen estar siempre en otra parte.

Todos se van, acaso para eludir el hecho de que sus existencias dependan injustamente de un chiste novelado.

La experiencia grupal de Los Socarrones en el siglo XX de la Revolución cubana, echa sus raíces en otros planos narrativos de La novela de mi vida. Padura, tal como es su táctica habitual, triangula el tiempo más actual con tiempos anteriores. Y en este caso se trata de la saga de José María Heredia (1803-1839).

En sus palabras del 28 de mayo de 2014, en Zaragoza, España, durante el acto de recepción del X Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, conferido a su novela Herejes, Padura describió a Heredia como alguien a quien “los cubanos pudiéramos llamar nuestro primer hereje”.

mencionaba entonces que Heredia, “antes de que se le acabara la vida” en el exilio mexicano, había tenido que “humillarse ante el poder político solo para volver a besar a su anciana madre” en Cuba.

En efecto, Heredia vuelve a Cuba con un permiso del gobernador Miguel Tacón, habiéndose retractado por escrito incluso de la idea independentista, y sostiene una entrevista con el jefe militar español en La Habana. Esta escena es metáfora inmejorable de la relación entre el intelectual y los poderes despóticos que han desgobernado la Isla, y resuena luego en el retorno de Fernando Terry a Cuba, quien viaja de vuelta desde España gracias a un permiso gubernamental.

Se trata de un momento climático de La novela de mi vida, una de las escenas de mayor resonancia alegórica en todas las novelas y acaso en todas las vidas de Leonardo Padura.

Se enfrentan, civilizadamente, como los caballeros de educación hispana que ambos son, el poeta Heredia y el dictador Tacón. Diríase que son la víctima y el victimario, el exiliado moribundo y el exiliador a perpetuidad, el intelectual inteligente y el caudillo brutal. Pero en literatura, especialmente en la literatura realista, nada es más equívoco que apostar por lo obvio de los binarios.

El poeta critica al dictador por demagogo, para terminar invocando demagógicamente a esa entelequia llamada pueblo. “Nada justifica pasar por encima de la voluntad del pueblo”, predica Heredia. “No sea iluso”, le baja los humos Tacón: “¿De qué pueblo me habla usted?”.

El dictador es más objetivo que cualquier discurso inspirado sobre la dignidad. Le asisten la razón pragmática, la experiencia del poder en un presente continuo, y no los fuegos de inutilería de una utopía en futuro perfecto.

Miguel Tacón parte de la idea de que, en una Isla levantisca como Cuba, el poder efectivo no ha de ser un juguete teórico o una aventura experimental en manos de la intelectualidad, siempre propensa a principios abstractos. Como los dictadores posteriores ―Gerardo Machado (1928-1933), Fulgencio Batista (1952-1958), Fidel Castro (1959-2006)―, Tacón contrapone la obra social concreta con el lastre volátil de las libertades individuales:

“¿Y no le parece que combatir el vicio, el juego, la prostitución y la corrupción es una obra notable de mi gobierno? ¿Cree usted que mejorar las calles, construir paseos, teatros, edificios públicos, una cárcel nueva donde los presos estén como personas y no como animales, es una obra despreciable? ¿Traer el progreso a esta isla donde habrá ferrocarril incluso antes que en España es un acto despótico? ¿Está usted seguro de que censurar a dos o tres inteligentes es peor que permitir la indecencia, la inmoralidad, la constante agresión que imperaba en la prensa? ¿No piensa usted, señor Heredia, que impedir el caos en que puede derivar esta isla con una revolución en la que los primeros alzados serían los negros, que acabarían con nuestras instituciones y nuestra religión, es preferible a aceptar la sedición que usted mismo promovió hace unos años?”.

Es el dictador quien debe hacer trizas los idilios del intelectual. Esta la versión decimonónica de las Palabras a los Intelectuales de Fidel Castro. Tal vez por eso el Heredia de La novela de mi vidase lo juega todo a la carta moral del miedo: “no confíe mucho en los que lo alaban y lo obedecen, y menos si tienen miedo”, le dice a Tacón, adelantándose más de un siglo a Virgilio Piñera y reminiscente de las advertencias de Heberto Padilla de Fuera del juego:

“Protégete de los vacilantes, / porque un día sabrán lo que no quieren. / Protégete de los balbucientes, / de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo, / porque descubrirán un día su voz fuerte. / Protégete de los tímidos y los apabullados, / porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres”.

Tacón, al contrario de Heredia, parte de la certeza operativa de que el progreso no se consensua: se impone. De que la pluralidad es una amenaza para los pilares de toda sociedad cerrada. Heredia, al contrario de Tacón, no puede sino articular una romántica arenga de predicador, además de criticar, como si fuera perversión exclusiva de Tacón, el mapa de lo que cada gobernante de Cuba implementaría después (los personajes no lo saben, por supuesto, pero sí lo saben Leonardo Padura y los lectores de Leonardo Padura):

“Pienso que usted cumple su misión, pero ha impuesto el terror, la censura y la delación como forma de vida en este país. Usted odia a los que hemos nacido en esta isla. Usted es enemigo de la inteligencia, impone la demagogia y, como todos los dictadores, pide a cambio que lo amen”.

Que lo amen como al Gran Hermano de 1984, de George Orwell, añadiría anacrónicamente yo.

La muerte del poeta cubano es inminente. La vida de los dictadores en Cuba, también. Se nos ha revelado aquí un conocimiento oculto. Casi con aires de masonería mística.

Maestría de narrador con grado 1959, Leonardo Padura muta en un médium que, como buen conocedor brechtiano, tiene el valor de escribir la verdad y conoce el arte de hacerla tolerable, tras la perspicacia de haberla descubierto y de elegir con inteligencia a sus destinatarios; de ahí su astucia para difundirla alegóricamente, como si la verdad fuera siempre una anacronía y nunca un Tratado Cubano del Hoy. De ahí, también, su socarronería de autor que sólo media entre Heredia y Tacón.

Con exhaustivo rigor investigativo, Padura interpreta a una especie de apuntador profesional. No nos ha dicho nada. Es la ficción parlamentaria de dos de sus personajes la que nos ha dicho todo. Puro teatro versus totalitarismo puro. Las campanas podrían y podrían no doblar, ni por nosotros ni por él. Y doblan, sin embargo, por él y por todos y por ninguno de los cubanos.

Este “no decirnos nada” de Padura es, por lo demás, una doble enunciación, cuando en el montaje paralelo del “retornante” Fernando Terry, otro cubano exiliado, de visita poco menos que turística a su propio país, constatamos que la diferencia del Poder, entre Colonia y Revolución, es apenas una cuestión semántica.

Estética de una etimología sin ética. “Lo cubano es el timo del siglo”, como diría un personaje de Miguel de Marcos, pues el poder se perpetúa con idéntico ensañamiento en contra de la disidencia: no por gusto el XIX es un anagrama del XXI.

Y como escribiera el propio Miguel de Marcos refiriéndose a la tristeza innata de la cubanía: “para extraerla de ese sudario, antes que nada, hay que proceder a una tarea de revisión: reconocer esa verdad y destruir la leyenda”.

Leonardo Padura lo ha intentado. Desde su púlpito a ratos provocador y a ratos precario.

A través de Fernando Terry, de la revisión que este hace de un borrador de novela escrito por su amigo Miguel Ángel, Padura propone sin subterfugios la clave de la lectura más creativa para La novela de mi vida:

“(…) una historia decimonónica, de gentes comunes, que se encuentran y se desencuentran movidos por los vientos de la historia, en una trama a través de la cual se podía hacer una lectura oblicua del presente cubano, al cual no había, en cambio, una sola referencia directa”.

De ahí que el novelista cubano que con más éxito ha indagado en nuestra realidad también pueda ser leído ―desleído― como un autor no contemporáneo. Sus conmovedores Heredia y Varela nunca se cruzarán ni de soslayo con la saga civil de los proyectos pro-democráticos Heredia y Varela del líder opositor cubano Oswaldo Payá, asesinado en la Isla de Tacón el 22 de julio de 2012 sin que Padura se diera por enterado en ninguna de sus crónicas semanales (puesto que pretendía escribir su próxima novela en Cuba y no en el exilio de Heredia y Varela).

La novela de mi vida sintoniza, entre cartas y complicidades, varias voces víctimas de una epidemia cubana contra los demonios del despotismo.

Como a Fernando Terry, a muchos cubanos los han botado brutalmente de Cuba, pero a la hora de la verdad ninguno sabe, bucólicamente, “cómo irse”.

La exterioridad geográfica no es más que un incentivo para interiorizar dos patrias tan imposibles como la vida y la novela de la vida del pueblo cubano. Padura capta esta tensión al punto de lo intolerable y tantea nuestros reflejos no a golpe de rabia, sino entre resentidos garfios de interrogación:

“¿Siempre habrá sido así? ¿Es posible rebelarse?”.