O. Henry, H.P.

O. Henry, H.P.
Orlando Luis Pardo Lazo

O. Henry, hijo de puta. Ah, hacía tanto rato que quería escribir una primera línea así: O. Henry, hijo de puta.

De niño en Cuba (valga la redundancia), mi padre me enseñó la lengua prohibida de Nueva York usando sus cuentos, los relatos irrepetibles de O. Henry. Que por supuesto, como todos los norteamericanos famosos de todas las épocas, no se llamaba O. Henry sino, en este caso, William Sydney Porter. Para colmo, de adulto (“de adulto” es un decir porque yo nunca crecí: Peter Pardo), después descubrí que aquella edición de los cuentos de O. Henry eran en realidad una versión simplificada para inmigrantes a USA. Como si los inmigrantes estuvieran impedidos de aprender el inglés original, ese idioma extinto, pues hoy en los Estados Unidos el inglés se usa exclusivamente como una segunda lengua. Se usa por inercia, por compasión, com pidiendo perdón, como despedida de duelo.

One dollar and eighty-seven cents. That was all. And sixty cents of it was in pennies. Pennies saved one and two at a time by bulldozing the grocer and the vegetable man and the butcher until one´s cheek burned with the silent imputation of parsimony that such close dealing implied. Three times Della counted it. One dollar and eighty-seven cents. And the next day would be Christmas.

Dinero, siempre el dinero en la voz de mi padre, como correspondía entonces a las historias que yo imaginaba que me iban a ocurrir cuando yo creciera y me descubriese por fin solo y libre en el mundo. Solo y libre en una ciudad con dinero en dólares. Dinero inútil para salvar a ese ejército de mujeres muy jóvenes pero muy enfermas, pero aún más hermosas por ese brillo literario que trae la cercanía de la muerte. Dinero en los bolsillos de mi sobretodo, iluminado por la nieve y las navidades. El dinero como un delicado detalle que me recordaba en futuro mi pánico de vivir de verdad junto a todos esos tesoros secuestrados por el totalitarismo cubano de los setenta. 

El dinero que no tenía mi papá, lo tenían en su voz los personajes para la posteridad de O. Henry, H.P., que marcaste para toda mi vida mi infancia pasada por tus short-stories en inglés de escuelita primaria elementary.
She had seen the money on the table. I sold the watch to get the money to buy your combs. He counted out the money. They were mighty happy as long as their money lasted. “Oh, you needn´t think I ain´t got the money.” “She hasn´t much money to speak of, has she?” On the day of his disappearance, he drew quite a large sum of money from his bank. When he was found the money was not on his person.

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que en la Cuba en familia de 1979, por ejemplo, el hijo de puta de O. Henry era indistinguible de Dios. Edificios, pasillos, aceras, escaleras de incendio, puertas, barandas, balcones, ventanas de vidrio, azoteas. Todo era arquitectura amorosa en sus cuentos de personas que en la Cuba del corazón de 1979 estarían ya muertas o serían por lo menos centenarias. La literatura de O. Henry sigue siendo para mí la mejor filosofía sobre el paso del tiempo y de cómo la vida humana hace un esfuerzo heroico para resistirlo, pero no lo resiste al final y queda entonces apenada por tan formidable fracaso, humanizada únicamente por tan fulminante falla.

That´s almost as good a chance as we have in New York when we ride on the street-cars or walk past a new building. The young man followed her up the stairs: a faint light from no particular source mitigated the shadows of the halls. There was a pier-glass between the windows of the room. People surged along the sidewalk, crowding, questioning, filling the air with rumours and inconsequent surmises.

Debo confesar que mientras más yo fantaseaba en mi cuarto, según mi padre me programaba el inglés en mi alma subcubana de nueve o diez años, menos me creía que alguna vez yo también caminaría por los párrafos peatonales de Manhattan, esa ciudad cuyas llaves le pertenecen al que pueda soportarlas: de Manhattan sólo se puede ser huésped o víctima. The keys of Manhattan belong to him who is able to bear them. You must be either the city´s guest or its victim.

Murió el H.P. de O. Henry, como buen inmigrante sureño a Nueva York, con el hígado hecho tierra de tanto beber alcoholes que lo ayudaron a no matarse, y con el corazón ensanchado por los inviernos de pésima calefacción. Era el verano de 1910, poco después de que el cometa Halley barriera al planeta Tierra con su cola de hielo sucio, sucedáneo de los contenes y cunetas de la Nueva York de mis abuelos paternos todavía vírgenes. Eran asturianos esos dos primos Pardo que huyeron de Cudillero, Asturias, para poder hacer el amor a escondidas como personajes de William Sydney Porter. Pero el invierno y el inglés los deportaron a su verdadera patria, La Habana, su Habana, nuestra Habana: la ciudad más española de la Madre España.

Luego en 1986 nadie en la Isla de la Revolución lo vio de nuevo, al cabrón cometa. Yo estaba allí, con mis primeros amores eternos de adolescencia. Sin abuelos, sin abulia. Listo para existir hasta el fin de los tiempos. Éramos niños grandes y nos desesperábamos. Ya teníamos cuerpo y enamorarse era tener suficiente confianza como para tocárnoslos. Íbamos de noche a las Playas del Este de La Habana, sobre todo a Bacuranao, escapados de nuestros resignados padres roncantes. Con quince o dieciséis años, nosotros sí sabíamos lo que nos estábamos perdiendo. Pero ya pasó. Ninguno de mi generación vio nada, ni en el cielo con diamantes ni en ninguna otra cajita mágica hecha de promesas y palabras. Te quiero mi amor, no me dejes solo. Ciegos en los ochenta, cínicos en los noventa, clínicos en los dos mil. Te quiero, mi amor, mira que yo lloro. Y ahora sólo nos resta esperar hasta el verano del 2061 para volverlo a no ver, trapeando con su inconcebible cola a nuestras cabezas con canas. Con suerte, a nuestros cadáveres. Ain´t the stars lovely and bright to-night?

Sospecho que el cometa Halley, como O. Henry, es tronco de hijo de puta también.

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