La revolución doble

Opinión

La revolución doble

A falta de entusiasmo contemporáneo, la prensa oficial refleja las conmociones de otra época.

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 11/02/2009

El periódico Granma recién funciona como una máquina de tiempo especular. Espectral. En pleno 2009 se renuevan los hilos e hitos de su telaraña anacrónica. Se citan aniversarios cerrados. Efemérides más o menos funestas o festivas. Momentos antológicos y ontológicos de la Revolución. Bisutería emotiva para mayores de 50 años. Y se inaugura una sección sencillamente sensacional: “Fidel en 1959”.

Madrugada a madrugada (de tirada en tirada). Día a día (de titular en titular). A cuentagotas, a cuentasílabas. Centésima a centésima, justo en el primer medio centenario del nuevo tiempo humano que nunca fue. La historia es cíclica o por lo menos mimética. La locura locuaz de Nietzsche triunfó. Marx pecó paradójicamente de comediante. Al final, la historia se repite siempre como tragedia.

Trago amargo reiterativo. Buchito bélico y bucólico por partida doble. Un espejo que se respete no permite la menor aberración cromática en el tiempo reflejo de la patria. La inmutabilidad es ley óptica (óptima). Así, lo que fue dicho precozmente por Fidel en 1959, por ejemplo, es reafirmado precariamente por Fidel en 2009, por ejemplo, y será ratificado puntualmente por él cada medio siglo, por ejemplo, más allá del primer medio milenio de su (nuestra) Revolución. El mismo texto con infinitas reescrituras idénticas. Palimpsesto patrio en papel carbón. Incesto paternalista de lecturas cubanas.

Proverbiales discursos, palabras improvisadas, chácharas para nada programáticas, chistes de sobremesa, planes (y personas) por ejecutar: todo se enfatiza y reenfoca en esta sección o casa de los espejos: la reflexión entendida en su más fiel sentido mecánico, físico. La apostilla ligera de entonces gana ahora un peso descomunal, atiborrante. Lo que en 1959 fue apenas arenga oral pesa en 2009 más que una oración de mármol. La frase feliz deviene sentencia lapidaria, eterna. Lo infinitesimal cobra de súbito un carisma de infinitud. Lo real queda abolido bajo el reino repetitivo de lo retórico.

El periódico Granma manipula este espejismo mágico con maestría de microscopista decimonónico. Se apuntalan los apuntes del pasado como si de una lupa piromaniaca se tratara (siempre hay naves por quemar en nuestra bahía). Se legitiman jerarquías y sucesiones. Se reviven los axiomas de aquel hombre en la cresta de aquel año axial: Fidel en 1959.

A falta de entusiasmo contemporáneo, la prensa plana refleja (casi en 3-D) las conmociones de otra época que nunca del todo pasó. Holograma histriónico. Parque temático revolujurásico. Paraíso perpetuo, para envidia termodinámica de los nuevos Milton y Newton de nuestra disidencia y exilio. Re-revolución mediática. 1959, Fidel, 2009. Una epifanía que suena a epitafio: Rev In Peace.

Leemos no sin emoción estos edictos editoriales. Alardes de la memoria hiperrealista estatal. Crónicas isotópicas de la utopía aparentemente tupida, pero no. En términos de Utopía, siempre queda un resquicio abierto para More. Y los lectores cubanos metemos la cabeza por esa rendija. Nos colamos, sin necesidad de hacer cola, con tal de no quedarnos fuera de la función. Show must go retro.

El periódico Granma se articula entonces como un artefacto teletransportador. Por veinte centavos en moneda nacional, cualquiera puede acceder al milagro. Hay una foto fija en la referida sección. En ella, el índice derecho de Fidel ante los micrófonos sigue siendo la única señal de tráfico atendible. Entendible. Toda revolución, en tanto ficción simbólica de masas, puede ser reconstruida a partir de su propia imagen especular. Incluso espectral. Tal vez sea ahora el tiempo de los dobles y ya no el de los protagonistas.

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