Hay isla y cayería web para todos

Postrevolucionarios: Orlando Luis Pardo

«Hay isla y cayería web para todos»

Cincuenta años después, ¿qué piensa la generación de la que depende el futuro de Cuba?

Redacción CE, Madrid | 26/12/2008

Orlando Luis Pardo Lazo nació en Ciudad de La Habana, el 10 de diciembre de 1971. Desde 1994 es licenciado en Bioquímica. Trabajó cinco años en la División de Vacunas Humanas del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología. Desde 1999 no ejerce la especialidad. Es fotógrafo y editor autodidacta. Ha colaborado con revistas como ExtramurosAlma MaterTablasCacharro(s)EsquifeThe Revolution Evening PostLa Gaceta de CubaUniónEncuentro de la Cultura CubanaMatanzasLa JiribillaVitralCauce… Profesión actual: escritor y still-man de cine y televisión. Ha publicado los libros de narrativa Collage Karaoke (Letras Cubanas, 2001), Empezar de cero (Extramuros, 2001), Ipatrías (Unicornio, 2005) y Mi nombre es William Saroyan (Abril, 2006). El libro de cuentos Boring Home, comprometido con Letras Cubanas para 2008, fue retirado del plan editorial sin notificación.

En estos días, la prensa mundial repasa los 50 años de la llegada al poder de Fidel Castro. ¿Cómo ves la revolución? ¿Te interesa, desempeña un papel en tu vida?

La veo muy de cerca. Una visión o versión desde dentro, en realidad. No sé si la revolución me verá igual a mí: sospecho que pueda estarme desenfocando un poco, en irrealidad. La veo tanto, que puedo darme el lujo postrevolucionario de distanciarme para narrar, pues me interesa leer la historia desde el prisma primermundista de la ficción, aunque sea con una lengua subdesarrollada que provoque fricción.

Así, en tanto voz escéptica a priori, nunca me he sentido decepcionado de la revolución. El cansancio simbólico y el vacío inercial de los discursos ad usum están constitucionalmente en mí, pero no logran matricularme en la escuelita del resentimiento. Miro atrás y veo a mis padres a inicios de los setenta, jugando a la novela futurista, y preguntándose si a finales de los años cero su único hijo los mirará sin odio y sin anteojeras. Hoy por hoy, ya no me queda nada que perdonarles: pueblo mío, tan joven, no sabes ni recordar. Descansen ahora en paz, queridos padres: Rest In Peace. Deseoso no es el que huye, sino el huérfano (metáfora sintomática de la adultez). En lo personal, lo que más me interesa es poder jugar yo un papel en mi vida.

¿Cómo percibes tu futuro?

Fútil, para empezar. Pero no fatuo. Impredecible. Sin el peso muerto de los pesimismos. Sin ilusiones obsoletas. Mi opción sería un optimismo sin óptica al estilo de Fotuto, por más que los amigos me advierten que me falta instinto de zapador para sobrevivir en nuestro campito minado necional (tal vez sea cierto, porque nunca pasé el Servicio Militar). Mi futuro es un estado de ubicubidad. No le deseo a Cuba las taras tétricas ni teóricas de Latinoamérica o Pyongyang. Hasta físicamente somos más hermosos que buena parte del mundo (los fascistófobos harán zafra acusatoria con esta frase), y semejante belleza es un don de vida que se respira aquí y ahora, incluso tras 50 años de revolución. Tengo 37 años, por lo que hace bastante que mi futuro se expande exclusivamente en el día de hoy. Sobrevivo en la paleohistoria de este planeta y ustedes ya no son mis contemporáneos. Pero igual deséeme suerte, por favor (es un cliché tan político como polite).

El sacrificio de las generaciones anteriores (tus padres), ¿valió la pena? ¿Y la educación, la salud ‘gratuitas’…?

Ojalá que sí. Se suponía que no fuera del todo un sacrificio. Ezra escribió que error is all in the not done, all in the diffidence that faltered (por suerte, no deletreó dissidence). En plena guerrita civil, por ejemplo, mi madre siempre fue una mujer feliz y no creo que haya sido una estupidez. En los años noventa, bajo apagones que casi eran un augurio del bombardeo, mi casa fue un sitio mucho más humano que la Plaza de la Revolución o la Catedral de La Habana. Esa patria doméstica, pero nunca domesticada, sí es inclaudicable.

La vida siempre vale la pena. Lástima que se nos esté devaluando al por mayor. Cuba se merece un poquito de sombra reconciliatoria para salir de tanto fundamentalismo de cara al sol. La debacle no tiene por qué ser un destino. Hay isla y cayería web para todos (incluso para el mal de todos). Podrá ser legal, pero no es legítima ninguna censura por caprichos del statu quo. Estigmatizar ciudadanos debería ser un descrédito para cualquier poder. ¿Por qué digo todo esto? Si es inevitable sacrificarse, tendría al menos el pudor de no pedir nada a cambio a mis hijos. Pero, llegado el caso, en verdad yo preferiría ser de las “generaciones posteriores”.

¿Qué te gustaría hacer ahora que no haces?

Publicar columnas en un periódico cubano del siglo XXI.

¿Qué es lo que más te gusta de tu sociedad, del lugar donde vives? ¿Y lo que menos?

Me gusta mi “excritura”. La noción de poder ejercerla aquí y ahora en esta nación, entre Ahmel Echevarría, Raúl Flores Iriarte, Jorge Enrique Lage, y otros pocos ilegibles que no menciono por molestia. Me gusta protagonizar, usar una lupa lúcida y mordaz para narrarlo todo sin pedirle permiso a nadie. En este sentido, la cólera de los presidentes de institutos, directores de revistas, y hasta viceministros culturales, es un gesto muy obsceno conmigo (por eso les devuelvo sólo mi glamour en los tiempos del “coolera”).

Me decepciona tanta “analfabetosis cubensis”, sea de élite o popular. No me gusta el clima de Cuba, excepto cuando hay ciclones o frentes fríos: tal vez porque ambos son fenómenos móviles. Me gusta la gente, que cuando logra salirse de su patetismo patrio, me deleita con diálogos delirantes y proyectos muy “frescos” en medio de la barbarie y el simulacro. Me gustan los cuerpos, que son libres más allá de todo discurso y de toda revolución.

Me gusta el diseño editorial clase Z (ver nuestro e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post): también la explosión pitagórica de la bandera cubana y la sobriedad de los dólares cuando circulaban en Cuba (los anexiofóbicos harán zafra jurídica con esta frase). Me gusta la doble y preferiblemente la “dodécuple” moneda (los “nacionalistmos” se dinamitan por ahí). Me gusta “vagamundear” por la www, pero no me gusta el email (paranoias de un paraíso mitad parapléjico y mitad parapolicial).

En general, no me gusta leer los libros publicados en Cuba, incluidos los míos. En particular, me gustan mucho estos años cero: el cambio de fecha es siempre un augurio del cambio de fachada

¿La beca o el pre en la calle?

Todo el tiempo la calle, desde la primaria hasta la universidad. El aula leída como jaula. La calle como túnel hacia el tiempo libre y la libre asociación. El caos cósmico de la calle, antes que el cansancio enclaustrado de la academia: complicidad de la c. La calle como ocio y, con suerte, como vicio (corrupción de las fórmulas anquilosadas). Tener una doble y hasta una “dodécuple” vida. Ser múltiples personajes según el contexto: existir para perder el rostro y no para disciplinarlo bajo una máscara fija. Coherencia de lo incoercible. No extrañar ningún tipo de vida en “zoociedad”. Autopracticar la lobotomía esteparia: son mis consejos sin consenso en tanto lector radical de Who’s afraid of Orlando Woolf?

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