Días de Noviembre

Eslinda de Noviembre

Orlando Luis Pardo Lazo

Hay un mes en el mundo en que siempre veo una película cubana. No hay muchas películas cubanas que se puedan ver. Son tres o cuatro, diez a lo máximo. Y la veo en formato paleolítico, en VHS, el único que aún conserva los grises intermedios del film, sin esos artefactos en alto-contraste de la copia digital. El celuloide original creo que se pudrió, como medio archivo cinematográfico cubano: como medio archivo de cualquier cosa dentro de la islita del salitre, la sandunga y una soberana indolencia (amnesia para evitar toda reminiscencia que comprometa a la nueva retórica de la post-revolución).

Es una peliculita cubana de los años setenta, por supuesto y, como tal, es una peliculita cubana censurada energúmenamente acaso sólo unas horas antes de su estreno. De hecho, el propio director la negó hasta sus últimas entrevistas, de manera que el ICAIC nunca tendrá que pedir públicamente perdón, pues en principio se trata de un caso estético —y no político— de duda autorial.

El mes del mundo al que me refiero es obviamente noviembre (tampoco hay muchos meses para elegir, pues el insoportable sopor de Cuba hace que ningún film sea contemplable la mayor parte del año). Y la película es, por supuesto, una de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, siendo el más sensible y sutil, el de más potencial humano y menos ímpetu panfletario —un tic institucional que casi hizo tonto a Titón, hasta que reaccionó en pleno umbral de la muerte—, pero un director abortado tan pronto como el Síndrome de las Megaproducciones históricas sedujo a Solás y lo sentenció. Mala compañía para el cine es la novelística cubana.

Y el título de la peliculita huérfana es Un día de noviembre, cuya suavidad al nombrar tuvo que esperar décadas de línea dura desde que el filme estuvo editado acaso otro día de noviembre, pero de mil novecientos setenta y dos.

Cuba, país sin estaciones, igual abrevia sus días en el actual mes once —antes noveno— del almanaque. El sol se pinta amable como nunca en el Caribe y el gris comienza a colorear los tintes chillones y chatos de nuestra realidad. La Isla luce un poquitín más nórdica, menos despótica y más primer parlamento del planeta plantado sobre una falla volcánica: Cubislandia, Habaneikjavík.

A pesar de sus proyecciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un día de noviembre todavía espera por su premier oficial. Pero su no-estreno es su estatus ideal como arte intolerable, porque la protege del vulgo que vaga por nuestras salas de cine con ínfulas de Ciudadano Onán (con sus pingas de lumpen-proletariado experto en exprimirse el séptimo semen).

Lucía, un nombre que arrastramos desde el síndrome de la vagina dentada de Lezama Lima (acaso porque toda aliteración es libidinosa), rebota en este filme de Solás mucho mejor que en sus tres Lucías de unos años atrás, a mediados de los sensacionales sesenta. Pero esta Lucía es la muchacha más linda del mundo —como le hubiera gustado decir a Reinaldo Arenas—, con musarañas de liberación de género en la cabeza, pero con casi nada que hacer o decir dentro del argumento. Y eso es lo mejor, porque los personajes del cine cubano siempre pecan de incontinencia castrista en sus parlamentos.

Lucía, imitando a la actriz Eslinda Núñez que la encarna, sólo sabe reírse en Un día de noviembre. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad, es el epítome y la apoteosis de la Hembra Nueva que ni siquiera llegó a considerar el machista-maoísta de Ernesto Guevara (el Ché). Lucía es linda. Y Eslinda flota, efímera, fuma, fútil, fornica, fauna, en una escena de sexo sin órganos sexuales que es fabulosa precisamente por haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál de nuestros Manostijeras censuratográficos.

Para colmo, el actor protagónico tampoco actúa ni protagoniza nada ese día de noviembre de mil novecientos setenta y tanto dolor. De hecho, era un amateur: un hombre bello y sin éxito del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás —todos sus ojos íntimos—, aunque después se arrepintiera con un mea culpa cobarde por los pasillos del ICAIC y el ICRT y acaso el MINCULT y el MININT y demás siglas sigilosas.

Para mí, este extra anónimo hace uno de los papelazos más preciosos de la Revolución en 35 milímetros. Se comporta casi como un conductor que cancanea entre actores de verdad, presentándonos a una Cuba pre-proletaria que parece este-europea, mientras él espera su fin. Porque nuestro testigo que ama a Eslinda y al mes de noviembre se muere, por supuesto —toda dramaturgia es funérea—: se hiela, no come nada (slogan de los “muñequitos rusos” que todo niño cubano conoce en la punta con pecas de nuestras naricitas rinocenórdicas).

El clima otoñal fotografiado por Solás desde 1972 no se repite así en Cuba, país estacionario. Vuelan, como bombitas de baño, los recuerdos bucólicos del clandestinaje bélico en contra de la dictadura anterior. Salpican una infancia de arenas, de bicicletas Niágara, de buses Leyland, sobre una banda sonora que mete un ruido risible, pues hay más bulla de barrio que diálogos de la diégesis. Y están los pinos, los pinos perdidos a la primera oportunidad. Alguien tendría que explicar la aversión de la Revolución comunista contra los pinos en tanto emblema de la libertad, aunque ya sabemos que ni siquiera los pinos son pinos en Cuba, sino casuísticamente casuarinas.

Y en cada esquina de La Habana otra vez los ojos de Eslinda Núñez, casi más grandes que su cara: Eslinda forever, Eslinda super-star. Virgen fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente, talle ínfimo —voluptuosidad laxa de bailarina— y un chorrazo de asfalto en caída libre desde su pelo (eros de los combustibles fósiles). Con saya, cuando la saya era toda una declaración de erotismo —en Cuba la liberación sexual no tuvo que ver con los genitales, sino con el trabajo voluntario cada domingo sin dios—, cruzando sus piernas con una personalidad imputecible —imputrescible: es lo único que el moho del celuloide no carcomió—, sentadita como Joan Manuel Serrat manda, en un banco de parque, para ofrecerle al co-protagonista la fosforera adolescente de su corazón.

Veo el mar de La Habana y veo que es el mar de Matanzas. Yo tenía un año de vida en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo con que mi cabeza hoy recopila recortes de irrealidad. Oigo los testimonios de cada secuencia del filme, y sé que soy el único que sé que esta es la gran película de la soledad socialista cubana. Y que no bastó con el entusiasmo de ponernos a construir una sociedad superior, porque la tristeza es la meta de las utopías triunfantes.

Mientras más libres, más reprimidos Eslinda y él. Mientras más jóvenes y ligeros, con ropa chea pero bailando al ding-dong de la música anglo —en esa época también prohibida—, más nos parecen dos personajes de un paleo-revolución. Nada nos consuela en noviembre. Todo es triste (como en un verso de Virgilio Piñera) y no es por el gris, sino por la grosería cubana que rodea en cada escena al amor: un amor, por supuesto, que quiere escaparse en el tiempo (decimonónico) y en el espacio (este-europeo).

Y esa tristeza se la perdió del pí al pá el script propagandístico de una Revolución que quiso ser máscara de carnaval, que aspiró a que “nacer aquí es una fiesta innombrable” (como en un verso de Lezama Lima), ignorando las líneas de amargo augurio con que el poeta remató esa misma estrofa de la cita: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”.

¿Nacer aquí no habrá sido —más realistamente— un fiasco innombrable? Un otoño en cuya oquedad caben diez millones de toneladas de azúcar, como diez millones de sacos cargados con el eco de un horror que ninguna historia interiorizó (el socialismo como superficie; el totalitarismo como tangente tropical; en el filme todos fotografiamos como Lucías locas porque deshabitamos en una larga y estrecha cámara de gas).

Noviembre tras noviembre —mi padre idolatraba a una producción de Hollywood llamada, creo, Dulce noviembre— me siento ante el video VHS y rezo para que el casete no tenga hongos o esté muy rígido de polvo, o de pudor de volverme a mostrar a Eslinda semidesnuda ante mí (a él apenas se le ven los hombros y los antebrazos: en la edición, Humberto Solás se reservó esos rushes en privado para sí). Le doy play al aparatoso aparato. Casi siempre reveo el filme ya pasada la medianoche, para que al dejar correr esas escenas de un mundo imaginario ninguna canallada de la calle contamine de contemporaneidad mi ilusión.

Cada año resuenan los mismos temas del soundtrack, pero todo desvaído, cada mes más analógico, acordes crudos y queribles, y al mismo tiempo concretos, dodeca-afónicos, caídos de un pentagrama hiperreal. La música, que es de Leo Brouwer, se parece a esas camisitas paupérrimas de los personajes, a sus chistes con ganas de al menos tener ganas de romper a llorar. Como si los revolucionarios de aquella época fueran un tin náufragos. Como si intuyeran que la esperanza era un espejismo efímero, una claqueta de salvación para —a la vuelta de otro siglo y milenio (hoy)— varar la nao de la victoria en un capitalismo seguro, súbito, cínico de por vida y nunca más cinéfilo.

Y no sé por qué, pero cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos sin órganos, yo ya no doy para más. Cuando Lucía y Bello se funden en un primer plano de manos, tras toparse entre las rocas ríspidas de un clima de fiordo, los ojos de Orlando Luis comienzan delicadamente a gotear. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Alguien tiene que hacer el recontrarridículo de llorar, porque la angustia es hoy la única patria del alma que, siendo compartida, nadie nos la podría colectivizar.

Un día de noviembre no merece un remake. O sería un remake rodado en el exilio, como la peliculita original y su urbanística desconcertante, acronológicamente acubana. Un remake que no repita rostros, sino que los plagie. Y cuyos caracteres ya no tengan que pronunciar los parlamentos de 1972, porque en el 2015 los cubanos no podemos ni mirarnos a la cara, de tanto traicionar al amor más puro del planeta y de tanto irnos de nuestros pobres apartamentos de La Habana para envejecer en cualquier otra imposibilidad de ciudad.

Ningún crítico de cine podría entender de qué demonios estamos hablando. Pero tú sí puedes, ¿verdad? A ti y a mí sólo nos queda disparar disparates, con tal de no dispararnos otra cosa más pertinente en la sien.

Hay un mes del mundo en que yo veo una película cubana. La veo en formato paleolítico, en VHS, el único que conserva los grises medios del film, sin esos alto-contrastes de la copia digital. Una película cubana de los años 70 y, como tal, una película cubana censurada energúmenamente en su momento. (Hasta su director la ninguneó en sus entrevistas, pero es el ICAIC quien deberá pedir públicamente perdón ―y no sólo por este caso― si es que quiere existir en la forthcoming Cuba que casi se anuncia ya.)

El mes del mundo es noviembre. La película es, por supuesto, de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, el más sensible y sutil, el de potencial político menos panfletario (un tic defectuoso de Titón), hasta que el Síndrome de las Megaproducciones histórico-novelísticas lo sedujo y lo fulminó. Mala compañía para el cine son la historia y la literatura cubanas, con millones de peso pero en moneda nacional (sólo de interés numismático).

Hablo, casi ya en otro de día de noviembre, del filme Un Día de Noviembre que nunca se estrenara en 1972. De hecho, a pesar de sus exhibiciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un Día de Noviembre todavía no se estrenó. Además, no me da la gana que se estrene jamás. Ese hueco negro la protege de la burocracia y el vulgo.

Lucía, un nombre que arrastramos desde Lezama Lima (acaso por la aliteración de la L), rebota aquí mejor que en las tres Lucías de unos años atrás, en la década prodigiosa de los 60. Pero esta Lucía linda tiene más musarañas en la cabeza y mucho menos que hacer dentro del argumento. Eslinda Núñez ríe. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad. Flota, fuma, fornica (la escena de sexo es maravillosa a pesar de haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál Premio Nacional de Cinetijeras).

El actor protagónico no actúa ni protagoniza nada. De hecho, era un amateur. Un hombre bello del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás, aunque después se arrepintiera por los pasillos (el amor en la Isla es desmemoriado desde antes del verso de José Martí). Para mí, un papelazo perfecto, precioso. Casi un conductor que se mueve entre actores de verdad, presentándonos una Cuba proletaria que parece europea mientras él espera su fin. Se muere, no come nada. Y el clima otoñal como hace décadas no ocurre en Cuba. Y los recuerdos revueltos de la guerra en el clandestinaje. Y una infancia de arenas. Y el sonido que recoge más bulla de barrio que los diálogos de la diégesis. Y los pinos (alguien tendrá que explicar la aversión de la Revolución cubana hacia los pinos, que ya sabemos que ni siquiera lo son). Y otra vez Eslinda Núñez, Eslinda forever, Eslinda superstar, fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente y un chorro de asfalto libre su pelo, con saya (cuando la saya era toda una declaración de erotismo), una Eslinda Nunca a quien desde 1972 espero sentado en un banco de parque para ofrecerle la fosforera adolescentaria de mi corazón.

Veo el mar de La Habana y veo el mar de Matanzas. Yo tenía un año en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo que recopilo lo mismo en las guaguas que en los cines de hoy. Esta es la película cubana de la soledad socialista. No bastó con el entusiasmo de ponerse a construir la sociedad mejor. La tristeza se queda. Es pegajosa como un slogan. Mientras más libres, mientras más reprimidos, mientras más jóvenes y saltarines con música anglo (entonces también prohibida), peor. Nada nos consuela. Todo es triste (es un verso de Virgilio Piñera). Y esa tristeza se la perdió de punta a punta el relato propagandístico de una Revolución con vocación de carnaval, donde “la fiesta innombrable” de Lezama Lima, es rematada por los siguientes versos de esa misma estrofa: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”. (¿Nacer aquí es un fiasco innombrable?)

Noviembre tras noviembre (a mi padre le gustaba un film yanqui creo llamado Dulce Noviembre), me siento ante el video VHS y rezo para que el cassettón no tenga hongos o esté muy rígido de polvo y olvido. Doy Play. Casi siempre pasada la medianoche, como ahora, y dejo correr esas escenas de un mundo perdido pero nunca podrido en mi imaginación. Los mismos temas, pero todo desvaído, suave, y a la vez hiperreal. La música que es de Leo Brouwer y del universo en pleno. Las camisitas paupérrimas, la corrección como último resquicio de civilidad. Como si los revolucionarios de aquella época (porque se asume tácitamente que todo ser en pantalla lo tiene que ser) fueran un tin náufragos todavía con la esperanza de recalar en un puerto seguro. Como si la vida, detenida momentáneamente por el vértigo de la Revolución, estuviera a punto de comenzar de verdad.

No sé. Cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos yo ya no doy más. Cuando Lucía y Bello se funden en primer plano de manos tras toparse entre las rocas violentas de un clima de fiordo, Orlando Luis comienza delicadamente a llorar. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Que se burlen ahora los patrioteros de la guardia web siempre en alto (la guarida de Lagarde y sus lameguardias). Que vociferen (sólo yo los escucho) que los mercenarios no tienen memoria ni derecho a un pañuelito de holán fino por la Libreta. Y que se jodan también, por supuesto. Porque el dolor es la única patria que nadie me podría comunizar.

Un Día de Noviembre merece un remake. Un remake rodado en el exilio, se entiende (la original también fue rodada desde el exilio de una urbanística desconcertante, modernamente acubana). Una película que no repita rostros, sino que los descubra. Cuyos caracteres tal vez no tengan que repetir los parlamentos de 1972, sino simplemente mirarse a la cara (otra virtud de Humberto Solás), saber que el tiempo corre y es desesperante seguir estando en la misma escena ya obscena, angustiarse de que todo sea tan simple y sin embargo siempre nos sale al revés, y recordar además esos rostros que abandonamos en un apartamento de Cuba para irnos a envejecer a ninguna parte en especial.

Ningún crítico de cine podría entender de qué se trata. Ningún espectador profano o erudito coincidiría conmigo. Ningún tirador de sala oscura dejaría de acosar cuerpos por esta película en blanco y negro cuyo original en celuloide acaso ya se fermentó (como medio archivo del ICAIC en los ex-estudios de Cubanacán). Esta columna es entonces privada. Un secreto con esencia de sándralo que sólo tú sabes a qué sabe.

Todos los noviembres escribo esta misma columna. Sin notarlo, sin fijarme, sin necesidad de parodiarme o plagiarme a mí mismo.

Noviembre asoma y asusta. Los días son breves, el sol amable como nunca en Cuba. El gris comienza a colorear bellamente los tonos chillones y chatos de nuestra realidad. La Isla luce un poquitín más nórdica, menos despótica y más democrática. Cubislandia, Habaneijavick.

Pienso, por supuesto, en la Eslinda Núñez de finales de 1971, el año en que yo nací. Su pelo negro tan negro, casi azul digital antes de la era digital: chorrazos de luz líquida que caen en cascada sobre sus ojos desconsolados en primer plano de la pantalla. Su talle, ínfimo. Su voluptuosidad híperlaxa de ballerina. Sus manos de pájaro abandonado en un parquecito habanero entre la muerte y el amor. Su seriedad al besar, su talante para hacer el amor sin caer en un solo lugar común. Su maravilla, su milagro.

Estoy hablando de una música filmada por Humberto Solás y compuesta por Leo Brouwer: Un día de noviembre, obra que muy pocos en Cuba han visto y menos aún recuerdan (una película traicionada hasta por las entrevistas en que la ninguneó su director). Estoy hablando, también, de todos los sucesivos noviembres que vinieron mientras se dilataba el tiempo anacrónico de la Revolución, hasta llegar, por supuesto, a este del 2012, cuando ya no queda nadie vivo en Cuba, pero el milagro y la maravilla vuelven a retoñar con una voracidad atroz, de vida que reverdece en invierno, aunque sea sólo se trate de una muchacha en escena por medio mes, o por medio año, antes de saltar al jardín vacío del más allá.

Trato y trato, pero yo tampoco consigo evitar vivir a tope en noviembre. Me torno amable, adorable, y veo las cosas con una transparencia total, aterradora. Como la mirada de un mesías, que le toma prestado los prismáticos a un ángel o al propio dios. Y espero no cometer una herejía con esto. La verdad del alma nunca debiera constituir herejía de cara al Ser Superior.

Estamos ya a 27 y para mí es como si fuera principios de mes. Se acerca mi cumpleaños, en diciembre 10. Se acerca el 2013 y tornará muy pronto el verano, acaso desde marzo o abril. Es ahora o ahora. Estoy decidido, quiero ser yo. Quiero devolverle la sonrisa mutilada a la Eslinda Núñez del 2012. Quiero que se atreva a romper las trampas de cualquier época y a caminar de mi mano por las avenidas de esta ciudad con H (letra muda, mortífera). Quiero que la libertad no sea un derecho a reivindicar, sino un estado eterno de ánimo.

Miente del pí al pá el Eclesiastés. O tal vez no, pero casi. No habrá nuevo bajo el sol, es cierto. Pero bajo la luna de noviembre, hasta las ruinas resplandecen de estreno. No hay nada viejo bajo el cielo de esta noche única. Es inútil ahora intentar no amarte. Ni siquiera recuerdo el nombre de mi ciudad y país. ¿Cubislandia, Habaneijavick?

No voy a hablar de Humberto Solás.

Su cinematografía pudo ser tan buena como la de Titón, o aún más, pero como el propio Titón terminó tan atragantada con lo iconográfico que… en fin.

Quiso ilustrar cosas y, lo que es mucho peor, quiso ilustrar ilustres novelas ya de por sí iconográficas (lo icubanográfico empalaga, empacha y empaliza).

Pero no voy a hablar de Humberto Solás.

Voy a hablar de la película que él renegó en alguna que otra entrevista que no vale la pena citar, porque ya está citada en volúmenes clásicos del who-is-who en el cine canónico nacional.

Un día de noviembre.

Copyright de 1972 (acaso filmada mientras yo nacía en diciembre de 1971).

Un guión tal vez cogido fuera de base por el Congreso de Educación y póstumamente también de Cultura.

Una obra estrenada oficialmente en Cuba más de grisquenio después.

Es decir, nunca del todo estrenada.

Una película en blanco y negro, quién sabe si la última filmada conceptualmente así.

Un largometraje de otoño en un país que se suponía fuera una eterna reveranolución.

Un film dilatado y lánguido, en sordina, con sus inevitables diálogos diálargos y panfletarios dada la época y el lugar.

Pero un texto íntimo y reflexivo en medio de la epopeya en masa del pa´lante y pa´lante y de que van, van (así y todo a medio camino entre el docudrama y el noticiero ICAIC).

Con un actor protagónico desconocido y maravilloso, que se está muriendo en el argumento y acto seguido, sin transición ni corte directo, se suicida como actor en la vida real (Humberto Solás renegaría luego hasta de su propio casting).

Con una Eslinda Nuñez también desconocida en el coprotagónico.

Una Eslinda que ríe en cámara y se pasa la mano por su chorro de pelo negro en alto contraste y quiere ser diferente y rebelde y hermosa y joven y sensual y triste y otra vez triste y con un futuro limpio coagulado en su mirada infinita y ama y otra vez ama y es una niña que no quiere dejarse atrapar por la épica de la historia y monta en bicicletas sobrexpuestas bajo una luz nórdica de aluminio y no tiene casa en su caracterización y es etérea e híperconcreta y camina entre los pinos que luego han sido talados de ciclón en ciclón y con cada plano ella misma es la música mínima de un Leo Brouwer antisinfónico y fuma en los parques y otra vez ríe para no echarse a llorar y se desnuda como ninguna mujer cubana nunca se desnudó (ni delante ni detrás de las cámaras) y sus manos son las manos de Eslinda y se asoma al tráfico austero y premoderno de las avenidas de un Vedado proletario a la fuerza y mira al mar de invierno porque a ras de tierra no encuentra nada grande qué hacer y tal vez quiera irse a dormir tranquila con los pequeños y fuma después de hacer el amor y respira en primerísimo plano interpretando a otra Lucía que no es la Lucía del cine sino ella misma y entonces yo la amo y otra vez la amo aunque Eslinda no se da cuenta de nada y ya se acaba la magia de sus 35 milímetros sin fama y enseguida ella tendrá que volver a cargar con la tara de ser una estrella del cine cubano, cuando en cada uno de esos planos blancos de noviembre Eslinda fue una estrella a secas, gracias a un Solás todavía no resecado por sus gigantoproducciones inspiradas en una enanovelística que nunca existió.

Una película pesimista, por supuesto, según la pacata comepinguería epocal (Cofiño, Nogueras y Cardoso: supongo que eso sí fuera un optimismo a imitar).

Un film de manquitos parlantes que, en (d)efecto, parece rodado con una sola mano.

Con una banda sonora alucinante de tanto ruido ambiental.

Con una Raquel Revuelta en un papel de extra extraordinario, una Elsa excelsa paralizada por violentos violines y por la soledad de fondo del correvolucionario.

Con el sonido monofónico de las fiestecitas beat mitad paupérrimas y mitad prohibidas, donde todos saltan de ligereza y cantan estilo anglo, y yo he buscado esos rostros en las discotecas de los noventa y los años cero, pero se trata trágicamente de una Cuba también de ficción: una Cuba, por cierto, sobreblanqueada étnicamente desde una adolescencia indolente.

No sé.

No sé qué pinga me pasa con esa película tan despingantemente menor.

No sé si su director al final pidió verla, aunque fuera en una copia pixelada en el DVD oncomunitario del hospital.

Ahora, cuando ya mis columnatas de Lunes de Post-Revolución están siendo monitoreadas por los sargentos literarios de la Seguridad del Estado (Cofiño, Nogueras y Cardoso de estar vivos hubieran interpretado bien ese terreno guión); ahora que me advierten sigilosa o sicilianamente que estoy cruzando la delgada línea roja que me quita el imprimátur de las letras cubanas o algo peor (mi libro de cuentos Boring Home, casi ya en planas de cara a su lanzamiento en la Feria del Libro de La Habana 2009, se tambalea en la cuerda roja de la editorial Letras Cubanas); ahora que los mapas cambiaron tan sólo para volver a cambiar de color; ahora que la libertad de postear parece tan presa como la libertad de prensa; ahora que he conocido en persona a Eslinda Núñez y no fui sincero lo suficiente para pedirle un beso en los labios (en la película Eslinda no tiene labios: son apenas dos trazos sin traza de un pincel chino o cubanesco); ahora que todos hemos envejecido pudiendo ser tan buenos como Titón, o aún más, pero como el propio Titón terminamos tan cubatragantados de iconos e ideología que… en fin; ahora que desde la primavera con velas del 2003 hasta la eternidad Solás firmó o filmó una carta de apoyo a la pena de muerte ejemplarizante entre cubanos (su rúbrica fue la número 24); ahora que ha muerto Humberto Solás y en pago el periódico Granma lo lapida a cadena perpetua por ser un “referente obligado para las presentes y futuras generaciones de cineastas e intelectuales que unen sus vidas al destino de sus pueblos”; justo ahora vuelve a mí el halo fantasmal de su película más ninguneada y menos puesta en giras por el extranjero y homenajes provincianos y retrospectivas trucadas (supongo que ese silencio sea el más sentido pésame que puede rendirle a su hijo idiota una institución tan idiopática como el ICAIC).

Un día de noviembre.

Copyright de 1972 y en otro día de septiembre de 2008 todavía a la espera de su estreno contraoficial.

Ojalá que a ningún perito crítico se le ocurra reponerla a estas alturas de la historieta (cada expectador se merece la ignominia cinéfoba de su impropia ignorancia).

Ojalá que ningún canal educativo la exhiba por esta vez como trofeo de guerra del comentador o comendador.

Ojalá que “por decisión familiar” (como concluye la escueta esquela del periódico Granma ) al menos “el sepelio tendrá caracter privado”.

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