Christine y el cometa Halley

Christine y el cometa Halley

Orlando Luis Pardo Lazo


Le tomó como tres o cuatro horas. Parecía una cosa muy fácil, pero no lo era. En absoluto. Al contrario. Era algo más bien complicado, todo un proceso bastante jodido de hacer.

Abrir una cuenta en FacebookTwitter o en Instagram te lleva apenas un par de minutos. Pero cerrar esa misma cuenta después, se puede tardar más de un mes. Eso, si no metes la pata por el camino y cliqueas donde no tienes que cliquear. Entonces habrá que empezarlo todo desde el inicio.

Entrar al sistema es fácil, facilísimo. Salirse es del coño de su madre. No hay nada que hacer al respecto. Son las leyes de una vida virtual. “Los socialistas lo tienen todo atado y bien atado”, pensó.

En su caso, fue un proceso agónico. No tenía ganas de hacerlo, pero tampoco le quedaba otra alternativa, por más redundante que le pareciera gastar tanto tiempo para borrarse primero de la internet. Estaba decidido.

Tuvo que recordar viejas contraseñas, responder a preguntas privadas que él mismo se había hecho años atrás, reconocer en thumbnails a sus amigos y seguidores más activos, recibir varios códigos por SMS en su nuevo móvil y, al final, como un feedback obligado para cada red, debió explicar en formato de encuesta los motivos de su decisión. Que a todas luces era más bien una deserción.

Se iba. Se estaba yendo. De hecho, se acababa de ir.

Facebook quería saber las causas de su partida, antes de dejarlo irse así como así. Twitter quería saber las causas de su partida, antes de dejarlo irse así como así. Instagram quería saber las causas de su partida, antes de dejarlo irse así como así.

Días antes, se había salido también de algunas redes menores, como Flickr LinkedIn, pero esas, por suerte, le ofrecieron un poco menos de resistencia antes de permitirle partir.

En cualquier caso, en todas se sintió culpable de quererse ir. ¿Irse a dónde y para qué, hasta cuándo? En todas, se supo culpable de no querer seguir siendo representado por sí mismo, en medio de la recondenada representación general. ¿Cómo atrevernos a la arrogancia de volver a ser uno y solo uno, en medio de la unánime unidad? En todas, se aceptó culpable de no tener el coraje de anunciar su muerte y luego morirse en público, dejando un historial de posts y likes y shares en manos de la posteridad digital. ¿No debería darle vergüenza esa herejía de intentar ser un individuo sin ninguna herencia para condenar?

Era culpable incluso de negar su cuota colectivista de culpa, su porción patética de victimario, un tipo cualquiera que lo mismo invisibilizaba que violaba a sus víctimas. Así en las redes como en las calles. Siempre con un comentario incorrecto, cruel. Entre los dedos o entre los labios.

Era culpable de remate, por supuesto, culpable de atar. Culpable por consenso, por concepto, por desconsideración. Culpable en el nombre sagrado de la culpabilidad.

Sin embargo, para él se trataba, también, de una palabra sin eco. ¿Qué culpable de qué culpable de qué? Antes bien, de pronto se sentía poco menos que liberado y feliz, al ir cerrando una a una las redes sociales que a la postre se dejaron cerrar. A la mierda la mierda de Facebook, con sus cinco mil amigos y otro tanto de suscriptores. A la mierda la mierda de Twitter, con sus veinte mil cuentas de seguidores y otras tantas seguidas por él. A la mierda la mierda de Instagram, con aquel millar de fotos que era todo cuanto quedaba ahora de su biografía desde el 5 de marzo de 2013, cuando salió de Cuba para nunca volver, a las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde (hora insular), el mismo martes de la muerte largamente negada del comandante Hugo Chávez.

A la mierda con todo el mundo. Y, por primera vez en tres o cuatro horas, sonrió. Culpable y bien. Culpable como el recontracoño de su madre. Culpable como Cuba y cada uno de los cubanos. ¿Culpable, y qué? Entonces pensó: “por primera vez estoy a punto de ser, aunque sea por última vez, yo otra vez”.

Le encantaban las aliteraciones. Le encantaban las provocaciones. Le encantaba encarnar al enemigo público número uno, así en la utopía como en el totalitarismo, si es que aún era posible alguna distinción. Le encantaba el arte artero de saber desaparecer.

Cerró la laptop. La muchacha del Starbucks era una americanita muy fina llamada Christine. Hacía casi un año que él sólo venía a escribir aquí cuando ella estaba de servicio. En el otro turno, despachaba cafés aguados una gorda fea y latinoamericana, para colmo votante del castrista Bernie Sanders y odiadora profesional del presidente democráticamente electo Donald J. Trump. Deberían de despedirla por hacer campaña política durante su horario laboral. La odiaba, como odiaba a media humanidad. Por gorda, por fea, por inmigrante latinoamericana, por votante y odiadora profesional dentro de una democracia. También, probablemente, por viajar a Cuba cada año, a costa de su propio pasaporte inhabilitado por el gobierno de La Habana. La odiaba porque él era un paria y porque ella no se parecía en nada a su americanita tan fina llamada Christine.

Christine vino hasta su mesa y la limpió con un trapo. Era un ángel caído de algún film silente de los años diez. La camarera se inclinó hacia él al limpiar la mesa con su trapito percudido, propiedad privada de una compañía transnacional. Se le notaba un entreseno de ensueño. Hondo, húmedo, casi una entrepierna a mitad de pecho. 

Además, Christine olía a bebé. A virgen. A vida pidiendo a gritos ser vivida. O, mejor, bebida. Olía a la novia cubana que nunca fue, a la novia cubana que se fue. Christine era de piel blanca, casi transparente. Una ninfa de raza ártica, para no decir aria. Y, para colmo de males, con aquellos labios sobreactuados de hembrita muda. Y con aquella expresividad en blanco y negro de alto contraste, filmada a dieciséis christines por segundo, acaso en 1910: el año del cometa Halley.

A veces, en la soledad de su estudio alquilado a The Byron Company, en sus lúgubres noches él había soñado con Christine. El exilio es eso: singar en sueños con desconocidos. Increíble. Igual la extrañaba mucho. La extrañaba entrañablemente, con toda su alma de habanero sin Habana. Maldito sea tu nombre, Revolución. Con toda la locura deslenguada de los laberintos de su lenguaje. Maldito sea tu nombre, democracia. No había más vuelta que darle. Estaba enamorado de Christine como un perro, como dos perros. “Estamos de pinga los cubanos”, pensó, “donde quiera que vamos, hasta allí nos persigue también esta rabia”.

La rabia de imaginar mujeres. Somos una debacle andante.

La rabia de imaginar. Una debacle a secas.

La rabia. Una debacle.

―Christine ―le dijo.

Ella se sorprendió. Entre ellos nunca se habían cruzado ni una cabrona palabra. Él sólo sabía su nombre de leerlo en la placa dorada que ella portaba a la altura del corazón, como un escudo contra las balas, en su uniforme verde oliva Made in Starbucks. El mismo verde oliva de los agentes a sueldo del Ministerio del Interior cubano: un color criminal Made in MinInt. “Paranoia, divino tesoro”, sonrió otra vez. Y entonces Christine le correspondió con una sonrisita rosada, delgada, nerviosa, nívea, vestal, bestial. Alita de mariposa llevada hasta el hormiguero, inocente norteamericana de la hard-working class, así quiero que en mi muerte me lleven hasta el cementerio.

Nothing ―le dijo él a su amor―. I´m sorry, it´s nothing.

Sabía que, con suerte, ya no la vería más. Tal vez nunca debió de haberla visto para empezar, un día sí y otro día no, durante todas las estaciones Mizzou del aquel anodino y anónimo año, en la esquina hiper-consumista de cafeína de Euclid Street y Maryland Avenue, en el corazón descubanizado del Central West End de Saint Louis, MO 63108.

Abrió la laptop. Fue a escribir algo. Pero la volvió a cerrar. “Esto se está acabando”, pensó, “menos mal, ya iba siendo hora”. “Esto se está acabando”, pensé, “ya iba siendo hora, menos mal”.

Entonces guardó la computadora en su maletín de estudiante graduado. Desde el otoño del 2016, estudiaba a contrapelo un PhD en Literatura Comparada, gracias en buena parte al ánimo que le infundía el cuero negro y lustroso de su maletín: regalo, por supuesto, de otra mujer. 

Yegua, amazona, caballa.

Guardó otra vez la laptop con excesivo cuidado. Como si aquella MacBook Air fuera de aire. O acaso una droga prohibida o un arma semiautomática de destrucción en masa, en masacre. En ambos casos, su laptop más o menos lo era. Una droga demoniaca y arma letal. Con esa misma laptop, a golpe de provocaciones a contracorriente, él se había hecho acusar en las redes (y en las calles) de supremacista blanco, de misógino y homofóbico (sin contradicción y sin superposición), de racista, de islamofóbico, de antiinmigrante, y de algo así como de neoconservador neocolonial. Sólo por eso, aquella descontinuada laptop, sacada casi clandestinamente de Cuba poco después de escaparse él, seguía haciendo de él un cubano muy feliz fuera de la isla de la felicidad obligatoria: el cubano más libre del mundo, en medio de la represión liberal de la academia y los medios norteamericanos. Como mismo Christine lo había hecho muy libre y muy feliz, en medio de su triste apatía de amor, apenas aliviada por las infusiones falsas de Starbucks.

Ver sus manos, beber de sus manos. Christine, mi amor, adiós.

Su maletín de lujo ostentaba, por lo demás, el logo Per Veritatem Vis de la mejor universidad privada del Estado de Missouri. Una de las más prestigiosas, caras, y anticapitalistas de toda la unión americana, The United Socialisms of America. Dentro de aquel maletín, además, él guardaba sus condones de emergencia a falta de 911: látex propenso de Tinder App y otras aplicaciones de fornicación instantánea, comprados al por mayor en Target o en Best Buy o en Walmart, sin necesidad de receta médica ni paramédica (ni mucho menos psiquiátrica). En ocasiones, condones robados con el rabillo del ojo en la consulta de salud mental de su propia universidad.

“Sexo seguro, no mata cubanos”. El exilio es eso: una condición clínica donde soñar con el amor ya no basta. “Qué loco, qué locos”. Sonrió. Estaba loco, estábamos locos. Sonreír a carcajadas. Como locos estaban todos los cubanos, tras sobrevivir a décadas y más décadas de sobrecarga de Cuba por los cuatro costados. Dejó de sonreír. Dejé de sonreír.

Salió del Starbucks sin despedirse de Christine. Ni despedirse de nadie. Tampoco de mí. La ruta 1, que en La Habana iba de Párraga hasta el Muelle de Luz, lo dejó frente por frente a su apartamentico rentado de Waterman Boulevard, todavía en el distrito de Central West End, no muy lejos de donde trabajaba hasta la medianoche su amor. 

Era una ruta 1 vacía en cuerpo y alma, con su consabido chofer afronorteamericano haciendo chistes de crímenes y conspiraciones blancas. Todavía no podía creerlo. No tanto lo de la guagua vacía, que en Saint Louis era lo más común, sino lo de haber cerrado definitivamente sus redes sociales y haberse despedido sin despedirse de su querida Christine.

Adiós, Facebook, mi amor.

Adiós, Twitter, mi amor.

Adiós, Instagram, mi amor.

Los cubanos eran de todas formas unos desaparecidos, así que lo mejor de todo sería desaparecer de verdad. Los cubanos somos de todas formas unos desaparecidos, así que lo mejor de todo es desaparecer de verdad.

Entró a su estudio de alquiler, en el tercer piso de un edificio con estilo retrasado a imitación de la belle époque. Prendió todas las lámparas y ninguna vela. Quería luz. 

Quería verse. Quería ver de verdad. Ver la verdad.

Tal vez por eso fue directamente hasta el espejo del botiquín, en el baño. Sacó la MacBook Air de su maletín de alto ejecutivo profesoral y la colocó con delicadeza sobre el lavamanos. Respiró para calmarse, aire sobre aire sobre aire. Del estantico de abajo sacó la mandarria que los plomeros de Byron Company al parecer habían olvidado. Ya vendrían a reclamarla algún día, cuando el primero de ellos se acordara del cubículo 304. “Cubículo”, por definición: “una cuba pequeña”, tan insoportable como una Cuba grande.

Sonrió. Sonríe. Sonreímos.

Destrozó la laptop a golpes, sin preocuparse demasiado del ruido. Era tarde, era temprano. A la mierda sus vecinos de las redes reales. En realidad, el mármol del lavamos fue lo que más se desbarató. El aire siempre seguirá siendo de aire.

Caminó hasta la cocina. Allí tenía meses de terapia psicofarmacológica a su disposición, todo un almacén para su alma. Alas para aliviar su estado de aliteración. A esa hora, tampoco se puso a pensar demasiado en las musarañas. Pastillas son pastillas, cartas son cartas. Kiss, kiss, bang, bang.

Abrió varios frascos. Se fue tragando las píldoras al azar, en un remix con el agua a toda presión que brotaba de la pila, que aquí le dicen tap water porque aquí nadie sabe nombrar nada. Dorar la píldora: Smile, what´s the use of crying?

Era diciembre, se acababa el año 2018 y la Revolución cumplía en Cuba sus primeros sesenta años. El agua estaba fría como la del congelador: es decir, fría como carajo. Agua libre, agua feliz, agüita bendita que a él le supo literalmente a gloria.

Fue hasta su litera y se acostó, en la parte de arriba, sin apagar ni una sola luz de aquel cubículo rentado por sólo 625 dólares al mes, con todas las utilidades incluidas (también la electricidad). “Mehr Licht”, pensó. Y no pudo evitar una sonrisita final. O, como se dice, postrera.

Pensó en Christine. Pensó en Cuba. Pensó en cómo hubiera sido conocer a Christine en Cuba, en uno de esos años del cometa Halley. En la primavera de 1910, por ejemplo, o en la primavera de 1986. O en el primer día del año entrante, en enero de 2059, los dos jóvenes e inmortales, los dos riéndose como niños locos de los peces de colores en el primer centenario de la Revolución.

Pasó una ambulancia a todo meter por la esquina de Waterman y Kingshighway, rumbo al hospital Jewish-Barnes, número 1 del Estado y número 11 de la Nación, según los posters de propaganda que te reciben y te despiden en el aeropuerto Lambert de Saint Louis, en el corazón del corazón del país.

Pasó un helicóptero de vigilancia por encima de su azotea: rancheadores de negros, mayorales de la palabra N, lo mismo que tres o cuatro siglos atrás.

Y pasó, por supuesto, un águila por el mar. Y una espuma blanca bajó. O subió. Y él soñó y soñó. No con Christine, ni con Cuba, sino con los cometas que cruzan por el cielo. Y entonces oyó un canto. Pero no sintió miedo, ni sintió espanto. Tampoco yo. Fuera de Cuba, los cubanos se han aburrido de sentir miedo. Y de sentir espanto. Fuera de Cuba, los cubanos nos hemos aburrido de sentir miedo. Y de sentir espanto. Se tapó con su colchita eléctrica y sonriendo en paz se durmió.

A esa hora, Christine todavía esperaba para cobrar su salario mínimo del día. Pero no tardaría en volver a casa para tumbarse, toda muerta de cansancio, en su estudio recién alquilado a The Byron Company en Waterman Boulevard. Pared con pared. Pánico con pánico. Palabra con palabra. Hasta el fin de las redes sociales y la resurrección de las órbitas siderales.

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