Una reflexión para nadie

Una reflexión para nadie

Tamina S. Cué (OLPL)

En un verso de Arquíloco, escrito hace más de veinticinco siglos, se inmortalizan al parecer dos estereotipos hoy clásicos: el zorro -que dispone de mil y una mañas para tantear su objetivo- y el erizo -que se aferra a una única táctica vitalicia pero de indudable eficacia: encogerse sobre sus propias espinas a capear el temporal.

Del poeta griego Arquíloco y de sus versos yámbicos devaría para nadie mi anciano padre -catedrático ya sin catédra- sentado ahora a mi lado frente a nuestro ELEKTRÓN-216: verdadero fósil transistorizado que conservamos en casa desde la era jurásica de Leonid Brézhnev y la CCCP.

Al otro lado de la pantalla -en una Isla en blanco y negro ficcionada por el Noticiario Estelar- los mandatarios de México y Cuba se dan palmaditas por encima del hombro y sonríen ante las cámaras y micrófonos, compartiendo así con el resto del mundo su paseíto primaveral por las calles y fábricas del país televisado. Son ellos -ironiza para nadie mi anciano padre- el zorro Fox y el erizo Fidel: dos F aún hoy galopantes sobre la desgastada montura de dos antiquísimas R -la Revolución de México (1910) y la Cubana (1959).

Justo entonces veo a mi viejo saltar como un niño desde su butaca, agarrar con mano firme el bastón, y ponerse a sermonear para nadie contra todas las zoografías y abecedarios políticos que él ha logrado sobrevivir en más de noventa años de tozuda insularidad tropical (resulta que él ha nacido, acaso no tan casualmente, en 1910).

Mi anciano padre despotrica primero contra “el pueblo cubano”, esa abstracta moneda de cambio que -según él- incontables veces ya ha pasado y aún habrá de pasar de mano en mano, de bolsillo en bolsillo, y de discurso en discurso, sin que se devalúe jamás su valor de uso: pues su elevado capital simbólico suple con creces nuestro siempre precario tesoro nacional -dice.

Mi anciano padre expone entonces para nadie los peligros que él imagina agazapados tras toda “identidad nacional” a ultranza: fuente sagrada de todas las mordazas y matanzas de las que recurrentemente preferimos no oír, no ver, y no pronunciar ni media palabra -dice.

Expone luego mi anciano padre -también para nadie- la falacia argumental que él cree descubrir en todo intento de “historia nacional” en tanto brújula con que acceder a ese futuro mejor que redimirá, de una vez y para siempre, a un pasado peor. Y ya son harto conocidos nuestros culpables por antonomasia: el coloniaje español y el neocolonialismo yanqui -dice.

Expone entonces mi anciano padre -para nadie también- la sabrosa paradoja que, según él, acarrea toda politización masiva de nuestra vida y muerte nacionales: pues el absolutismo político y el monólogo voluntarista desembocan irreversiblemente en la abulia política y la desidia ante el diálogo -dice.

Yo lo miro de soslayo: es un anciano de más de noventa años y todavía es capaz de sermonear para nadie en la sala de nuestra casa -su pequeño imperio doméstico. Mi viejo está lúcido y decrépito -pienso ahora. Pero se involucró en todo y, por eso mismo, pudo decepcionarse de todo sin perder la cordura: desde la Policía Montada de Machado (aún conserva su chapa) hasta la muy reciente Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana. Él sí ha sido una persona real -pienso entonces-: mi anciano padre alguna vez existió. Va a morirse como un zorro entusiasta a pesar de su arenga de erizo tozudo contra isla, viento y marea.

Casi medio siglo más joven que él (resulta que yo he nacido, acaso no tan casualmente, en 1959), su hija lo mira de soslayo frente a un arcaico ELEKTRÓN-216 soviético, y no hace más que permanecer impasible: tan al margen como aquella niña ingenua que ella fue en los años sesenta y que acaso aún hoy -ya en pleno nuevo siglo y milenio- ella misma no sabe cómo desprenderse del todo. De dar crédito ahora a mi anciano padre, tendría que aceptar que el monólogo mongoliza, el voluntarismo invalida, y el absolutismo vacía. Pero mi escepticismo anula cualquier transacción posible entre los ismos de él y los míos.

Mi nombre -por supuesto- nunca ha sido Tamina. Mi nombre es el Miedo que de pronto no encuentra válvula por donde fugarse más que en la simulación: en esta irreal puesta en escena generacional que a ratos nos recuerda a la vida y a ratos ya no nos recuerda nada. Tenemos la sensación de que la vida está en cualquier otra parte menos justo allí donde estamos nosotros -para usar las palabras del novelista checo Milan Kundera. Tenemos la sensación de los que siempre han estado sin nunca haber sido: es el síndrome del erizo amaestrado que ha debido comportarse demasiadas décadas como un zorro ejemplar, acaso de vanguardia.

Mi anciano padre gruñe, y comienza a blasfemar contra tantos “futuros de Cuba” como es capaz de evocar ahora su cerebro televisivo. Desconfía tanto de la canonización a ultranza del Padre Varela, como del Proyecto Varela hojeado por Colin Powell, como de la momificación constitucional durante “la noche del Sí-Sí-Sí” en el Parlamento Nacional -dice. Descree del Concilio Anual de Babalawos y de las Pastorales de los Obispos, antes y después de tener a un Cardenal en La Habana; antes y después de tener a un Papa en la Isla -dice. Desestima por igual a una ley “asesina” que a una de la “defensa nacional”: para construir la Cuarta República habrá que fundar otra vez la Primera -dice.

Pero ya no lo entiendo más, acaso yo nunca lo haya comprendido del todo. Mi anciano padre se aleja por el pasillo hacia el fondo de la casa, tamborileando con su bastón sobre las baldosas del piso. Para mí, él es el perfecto anti-héroe desprovisto incluso de lazarillo, pues yo -su apócrifa hija casi medio siglo más joven- no atino más que a permanecer con la vista extraviada en la pantalla en blanco y negro del televisor, siguiendo ya no sólo el paseíto primaveral de dos F que cabalgan sobre dos R sino también -algunas semanas después- la entretenida puesta en escena de una soap-opera telefónica internacional entre el erizorro Fidel (vivo entre los vivos -según mi padre) y el zorrerizo Fox (ingenuo como un trozo de PAN -según mi padre) y todavía -varios meses después- hasta la renuncia de cierto Canciller extranjero cuyo rostro fuera eficazmente idiotizado por los ideologizados humoristas de nuestra prensa nacional.

Entonces ya todo se hace un embrollo tan grande dentro de mi cabeza que me da pánico pensar que mi desmemoria histórica llegue a colocarme en el umbral mismo de la locura. Por mi parte, creo que prefiero el sonido del silencio. Mi vocación de palabras no me permite reflexionar en voz alta siquiera para nadie, como le encanta hacerlo aún hoy a mi nonagenario padre. Después de todo, tal vez algún día yo también pueda llegar a ser una persona real: ¿por qué no? En definitiva, a pesar de las décadas y décadas de coacción paternal, finalmente nunca me he leído los tan manoseados versos yámbicos de ese poeta griego que -más de veinticinco siglos atrás- acaso estuvo Arquíloco de remate también.

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