Una generación desmadrada

Una generación desmadrada

Agnes Cuba (OLPL)

Este domingo 11 de mayo hizo un calor de perros en nuestra ciudad capital, humeante por la resolana y acaso también por la reciente aplicación de la pena capital. “Habana-Saudita”, se me quejó por teléfono un amigo poeta (de ésos que ya no escriben pero igual sólo piensan en escribir). “Habana-Bagdad”, lo rectifiqué enseguida.

Y es que era justo la una de la tarde (el “mediodía terrible” invocado por Virgilio Piñera en “La Isla en Peso”) y yo acababa de lanzarme de una ruta P4 y recién traspasaba entonces la puerta de mi casa, de vuelta del cementerio. El sopor se me había hecho ya in-sopor-table. El espacio urbano: un puño cerrado a cal y canto. La atmósfera: irrespirable de tan compacta. Los rostros del populacho: una mueca en blanco y negro que me puso al borde mismo de la náusea y el vértigo.

En efecto, este Día de las Madres alcancé a presentir, una vez más, mi propia muerte al alcance de la mano: no mi deceso intelectual -ya consumado hace tanto- sino el físico (Agnes Cuba, 1959-2003, NEPD: Ni En Paz Descansas). Y en efecto, a esa hora terrible yo con gusto hubiera bienvenido lo mismo a un tornado sureño que a un bombardeo sin previo aviso: cuanto borrara de un plumazo la irrealidad real en derredor -yo misma incluida- estaría muy bien para mí ese domingo agostado con ínfulas de mes de agosto.

Y justo así se lo solté de cuajo a mi amigo el poeta enmudecido, quien colgó despotricando contra mi falta de humanidad y lo que él llamó -en obvio rapto de inspiración: repárese en los octosílabos- un “anexionismo rapaz” que me “envenenaba la sangre”.

Si he de ser sincera no me importó en lo absoluto su exabrupto. Dos horas chamuscadas para llegar al Cementerio Colón y, después, casi otras tres para estar de vuelta en mi casa -teléfono en mano. Los gladiolos sobre la tumba de mi madre los coloqué ya mustios en la jardinera, a las diez y media del mediodía incipiente. A estas alturas del Astro-Rey, es probable que el agua también se hubiera evaporado del todo y que de las flores no quedara sino el esqueleto -recuerdo de mi propia madre, fallecida en el 2002. Así que -al menos por una tarde- mi amigo bien podía irse con su retórica pacifista a atragantarse los versos en cualquier sitio: excepto en la bocinilla de mi auricular.

A mi edad, casi todos hemos sido huérfanos al menos por una vez -muchos por partida doble. Por alguna extraña razón -y contra toda convicción estadística-, las madres que he conocido tienden a morir primero: al punto que diríase somos una suerte de generación desmadrada.

Primero nos desheredó la Madre Naturaleza, acaso desde 1492 cuando -por estar tan mal parqueados a mitad del Golfo- las carabelas de Colón (aún ignorante de su Cementerio en La Habana) tuvieron que venir a encallar justo en nuestras costas. Luego nos desheredó la Madre Patria -¡y olé!-, que nunca nos escuchó mientras su hijita próspera fue su cómplice y, cuando al cabo ya resultó demasiado tarde para convivir en familia, entonces nos abandonó como a bastardos de una Beneficencia en inglés -en 1898. Después nos desheredó también la tan vitoreada y vituperada Madre República, desde el 20 de mayo de 1902 hasta el 31 de diciembre de 1958 -carnavalitos con crónica roja incluida. Y entonces nos desheredó definitivamente la Madrastra Revolución, que es la crónica rojísima por antonomasia. Oh, sí: diríase que nuestra filogenia se reduce a una (mala) suerte de generación desmadrada tras generación desmadrada.

Justo a la una de la tarde rompe a sonar ahora la fanfarria victoriosa del noticiero dominical. La emisión, por supuesto, está dedicada a las madres -empezando por las de los Prisioneros de ese Imperio al cual se me ha acusado telefónicamente de profesar un “anexionismo rapaz que me envenena la sangre”.

Estoy sola en casa. Mi padre habrá salido a calcinar su vejez dando una vuelta a la manzana -su deporte preferido. Una frase irrumpe de pronto: “Adiós a mamá” -es un libro de Reinaldo Arenas (1943-1990). Y tras el título me van llegando otras imágenes de este rabioso escritor cubano -uno de los más grandes desheredados de la sacrosanta institución llamada Cultura Nacional(ista).

A la madre de Rei la recuerdo siempre barriendo, barriendo, barriendo el agobiante polvo de su natal Holguín: a ras de un tedio provinciano que amamanta al tedio insular. No la conozco pero es así como él se la inventa en “El color del verano”. Y, en “Adiós a mamá”, entre moscas y hermanas locas, es el cuerpo pútrido de su madre cadáver quien gravita como una patria (¿matria?) de la que ya no tiene sentido pretender escapar: la orfandad deviene así nuestra mejor (¿peor?) heredad.

Recuerdo también -aún de cara frente al noticiero dominical- el entierrito silente de la madre del genial Severo Sarduy (1937-1993), cuyo magro cortejo fúnebre coincidió en la puerta de Colón con el de la mía. ¿Quién que no sea Rei podrá narrarlo sin patetismos? ¿Cómo hablar de esta anciana anclada ya para siempre en el corazón de la isla mientras su familia entera iba siendo tragada por la voracidad del exilio? ¿Quién le dará voz ahora a los sin voz…?

Y también he sabido -por escrito y vía oral- del desconsuelo infantil que derrumbó de un solo tajo al poeta Lezama Lima (1910-1976) en el velorio de su progenitora, cuando éste cayó en la cuenta de que su ostracismo terminal sería -para colmo de la tragedia- en un “paraíso” desmadrado. Y, por supuesto, supe de la entrañable ancianilla garcíamarquiana de Raúl Rivero, trastabillando por la calle Obispo enganchada al hombro de su hijo El Gordo -ahora prisionero de conciencia a cientos de kilómetros de la candente capital: ciudad aún humeante por la resolana y el tufo póstumo de la pena capital.

“Habana-Saudita” o “Habana-Bagdad” -de pronto me da igual: se trata de un páramo urbano no tan desierto como desertado, donde la guerra interna no parece que pretenda amainar. En la pantalla en blanco y negro aún pululan incontables flores impresas en las postales de congratulación. Retornan la náusea y el vértigo, pues a mi casa esta vez no ha llegado ninguna. Bien sé que no ha sido culpa de Correos de Cuba -como tampoco lo fue la disecación de mis gladiolos-, de manera que este domingo 11 de mayo (Día de las Madres), tan pronto siento la llave de mi anciano padre girar en la cerradura, decido no arriesgarme a esperar al 15 del mes próximo y salto a espetarle un beso y un “¡Felicidades, papá!”

Como en el poema de Rei: junio se viene anunciando como un mes propicio para caerse muerto y con la lengua afuera: “Digo Dios, y es como si anunciara / ya me marcho”. (Y esto es algo de lo que mi amigo -el poeta telefónico- nunca sabrá dejar testimonio: el terror le ha hecho tragar sus versos primero y hasta guardarse dentro la lengua después.) 

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