In Memoriam Park

In Memoriam Park

Orlando Luis Pardo Lazo

A Eddy Campa, ese don nadie.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.

Ni los árboles.

La Pequeña Habana ha desaparecido

en uno de esos atardeceres de la mejor Miami:

la capital de los cubanos donde recalan los colibríes, pavorreales, delfines

y demás agentes del Ministerio del Interior.

Nunca habrá aquí otro exiliado.

A todos los envían ahora desde La Gran Habana.

Todos son los 5 o los 555 héroes

de un plan maestro ministerial.

Hasta aquí hemos llegado

los tránsfugas del totalitarismo.

Hasta aquí nos ha traído nuestra misión:

diseminar la decadencia,

que no cunda el pánico sino la peste.

Nuestros hijos huérfanos no nos enterrarán.

Hasta eso tendremos que resolverlo

sin la ayuda de nadie.

Estamos bien, no nos falta nada.

No nos ata nadaa nada.

Vivimos del aire, en el aire.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.

Ni los cubanos.

La Pequeña Habana ha desaparecido

en uno de esos parqueos de 5 o 555 pisos,

sin taxímetro ni epitafio

pero con caja automática:

clonadores de tarjetas, estafadores del seguro médico

y diplomáticos del Ministerio del Interior.

Habría que repatriar a la Virgen de la Caridad:

desde la ermita de Miami

de cabeza

hasta su cuchitril en Guanabo,

de donde dicen que en los sesenta

un mercenario se la robó.

Habría que apagar el eco en google

de los cláxones y los fuegos artificiales,

de los titulares del nuevo heraldo y esa herencia tan vieja,

todos versitos bastardos

que aún resuenan en el Memorial Park.

Hasta eso nos hemos callado

los cófrades de la cubanía en clave de Castro.

Hasta eso hemos deglutido con devoción:

rumiar la rabia como si fuera una hojita de romerillo,

prevenir el fallo renal antes de que vaya a fallarnos al rabia

en contra de la Revolución.

El silencio de nuestras gargantas es ahora críptico.

Un silencio de tres pares de cojones

por donde corren desquiciados

los podcasts y las perseguidoras,

americanos que odian a americanos a tiro limpio,

teatro de capitales sin capitalistas,

mientras los cubanos nos sacamos un moco en Miami

y nos lo comemos con pan orgánico

en los escalators del mall.

Sin máscaras y tal vez ya sin cara.

La victoria de los Estados Unidos es la velocidad.

En La Florida, patéticos, pedaleamos

al ritmo de una balsa que no se hunde

ni con el peso muerto de la Torre de la Libertad.

El exilio es un triciclo que se nos oxidó en la infancia,

que se nos olvidó allá atrás en el patio del único hogar.

A falta de cariño,

la diáspora nos cogió carcoma por una pata.

Nos fue condecorando el cáncer.

Nos cogimos el culo con el crepúsculo.

Los latinoamericanos más feos

nos latinoamericanizaron la fealdad originaria del barrio.

Qué Calle Ocho de qué ocho cuartos.

Cambiamos la vaca por la chiva

y Coral Gables por un crucero de cabeza a La Habana.

Postalitas del gran retorno.

Como dijo Fidel Castro:

nadie quedará abandonado.

Ahora, por fin, ya estamos en ninguna parte.

Ni un sólo desaparecido en semicien años de soledad.

Todos somos justo lo contrario:

aparecidos,

espectros,

fantasmas fósiles de la fidelidad.

Somos,

como vulgarmente se diría,

cubanos por los cuatro costados.

Cristos con las costillas

descojonadas.

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