Gatato

GATITO


Orlando Luis Pardo Lazo

Cuando las ciudades se ponen cínicas y carroñeras, la muerte es tan fácil como salir a la calle y que te tiren un carro encima. Conozco historias así. Me las cuentan con frecuencia cada vez más preocupante. Y, por supuesto, ahora las he protagonizado.

Salí a la escalinata de Bouza y Rafael de Cárdenas, allí donde una fila de tanques prehistóricos de basura alimentan a una manada de gatos sin patria pero sin amo (y sin amor). Entonces, una patrulla de la estación de Aguilera le dio un toque mínimo al minino que cruzaba como un loco la calle. Gatito.

La patrulla ni se enteró. Y continuó rumbo a Calle 11 en alguna secreta o sucia misión. El gatito tampoco pareció inmutarse. Sólo se metió entre la hierba guinea que se come ese trozo de acera (decirle “acera” es una exageración), y allí se tendió a esperar con sus dos o tres meses de vida gatuna, acaso para entender de qué se trataba aquel golpetazo que un vehículo con seres uniformados le había propinado al azar.

Gatito no se quejó. Tenía la mirada vivísima. Era blanco y negro, como mi gato Xotreum (que por estos días ya está a punto de abrirse su propio blog). Me acerqué. Intentó huir. No lo culpo. Tampoco pudo lograrlo. Tenía paralizadas las patas de atrás. Se arrastraba como un majá o un pez claria. Un escalofrío me recorrió el esternón. De tanto vivirla en carne ajena, yo sí me sabía el resto de esta historia necrocubana.

Lo cargué. Hacía frialdad, no tanto por la estación como por la altura de esa colina de Lawton. Seguí con él en mis brazos. Con Gatito rumbo a ninguna parte. No quería mirarlo. No quería tocarlo. No quería encariñarme con la muerte crónica de esta ciudad. Demasiados conocidos muertos o desaparecidos tras un telón de acero o de exilio. Por favor, está bueno ya. Pero tampoco quería dejarlo botado allí, reptando su suplicio cruento y tal vez lentísimo.

Gatito. Te pido perdón.

En la Clínica Veterinaria de Carlos III y Ayestarán, ese nichito paramédico donde converge toda la gente triste y solitaria de La Habanada, me cobraron 25 pesos por una placa. Barato. Además, con muy buena voluntad de ayudarme en mi desasosiego. Además, a falta de cepo, tuve que sostener yo mismo al gatito durante los dos disparos de radiación, tragándome a bocajarro los rayos X de aquel cañón obsoleto.

El primero en leer la placa fui yo. Gatito, tenías la columna picada en dos, la médula cortada con una tijera indolora: la paraplejia y la no-respuesta de tus instintos estaban garantizadas por el resto de la historia nacional. Eso es lo que pasa cuando nadie te cuida al cruzar la calle, ni te advierten tener la máxima desconfianza contra cualquier carro estatal.

“Gatito, ¿por qué no te moriste tú mismo?”, pensé. Y enseguida pensé: “No te moriste para que yo te diera un poco de amor, para que te hablara llorando en un banco percudido de aquella cliniquita propiedad zoocial, para que te acariciara y te diera un pedacito de jamón y queso que oliste con miedo y apenas intentaste lamer. Lambucear.

Gatito, yo te maté. Pregunté sin derecho si dolía y me dijeron que el animalito ni cuenta se iba a dar: la segunda persona te excluía de la escena, como si tú no fueras capaz de comprender nuestro argot cubano de la pena mínima a la hora sin hora de aplicar la pena máxima.

Me juraron que el sacrificio era la decisión más humana que cualquiera de ellos, como especialistas, tomarían con una mascota en ese estado (parece que la muerte es lo único humano en semejante estado decrépito a priori, pero tú ni siquiera eras aún mi mascota, Gatito). Como bonus-track, me liberaron de pagar tu dosis letal, porque a ellos también les daba mucha pena “ponerlo a dormir”.

Y era verdad. Al muchacho de delantal verde le brillaban opacamente los ojos. Y entonces mi llanto mudo comenzó a caer en cámara lenta sobre la camilla fría untada con aromatizante barato.

Algunas lágrimas le dieron a Gatito en la cara y entonces sí reaccionó con apetito. Quería beber. Tenía sed. La sed infinita que nos mata a todos de soledad por más que nos insertemos en nuestra mediocre multitud. Bebió. Casi le grité al muchacho: “Por favor, dale ya”.

Le cogió una vena. Inyectó algo así como dipental. Gatito se inmovilizó. Seguí acariciándolo como hacía ya casi dos horas. Lo envolví y salí, bajo el manto fuera de foco de las miradas piadosas de la cola.

Me paré en la esquina de Infanta y Carlos III. En La Habana, Cuba, América, un martes 16 de diciembre de 2009 (para los gramáticos oficiales, sepan que hubo y habrá todavía muchos otros martes 16 de diciembre de 2009: la realidad es estéreo y no monopartidista). Con mis amigos artistas aterrillados por la inquina institucional de la Inteligencia, con noticias truculentas de que el 2010 será el año de la encerrazón o sin-razón absoluta, con nuestra esperanza ya parapléjica y sin siquiera una dosis definitiva de rayos X o dipental, caminé hasta otra fila fétida de tanques plásticos de donación, y allí te dejé, a kilómetros de tu basurero original.

La brisa fría y el sol somero enseguida me secaron la cara. Sentí alivio por mi crimen.

Gatito. Gatito lindo. Gatito lindo y moribundo que te puse indolentemente a dormir sin dolor. Aún no sé si me arrepiento. Creo que tal vez no tanto. Por lo menos tu último día del mundo fue con un tipo tocándote con amor la barbilla y ronroneándote boberías en un bus estatal. Un tipo noble que devino verdugo bioquímico voluntario.

Gatito. Mejor no me perdones. Gatito, adiós.

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