El loco público

El loco público

Tamina S. Cué (OLPL)

Noche tras noche, ya en pleno siglo XXI de nuestra historia nacional, El Chofer de Palacio aún se aferra al volante de su invisible “maquinón americano” y recorre a toda prisa, cambios de velocidad incluidos, el corto y estrecho bulevar de San Rafael; sin olvidar jamás su consigna de guerra al detenerse en cada esquina -desde El Ten-Cent hasta el Gran Teatro- para cruzarla un instante después: “¡Paso al General, abran paso al General…!”, vocifera bajo la desconfiada mirada de algún vigilante nocturno recién importado de Oriente.

Palacio es -todos en Cuba parecen recordarlo- el Palacio Presidencial, antigua sede de nuestro Poder Ejecutivo a ratos republicano y a ratos dictatorial, pero siempre “poder” y siempre “ejecutivo” -peligrosas palabras. Y la consigna vociferada es -pocos en Cuba parecen recordarlo- la misma de hace justo medio siglo, en otra madrugada pero de 1953: aquélla que fue gritada desde los “maquinones americanos” que accedieron por la Posta 3 al Cuartel Moncada de la provincia de Oriente -en pleno carnaval de borrachitos rumberos y voluptuosas caderas- para derrocar a Batista.

Se verifica así una vez más -inflexible- la tesis de que todo evento social está condenado de antemano a su repetición ad infinitum en el espejo neurótico de la memoria social. No importa si una vez como tragedia y las restantes ya como comedia: lo estadísticamente cierto es que lo histórico precede o acaso prefigura a lo histriónico; casi nunca al revés.

El loco público en Cuba es uno de nuestros personajes más tristemente sabrosos y metafóricamente rentables. Encarnada, pero muy lejos de ser agotada en El Loquito del caricaturista de la Nuez, la cuestión de los límites entre genialidad y locura en el escenario de una gran ciudad como La Habana, se imbrica directamente con la cuestión de la libertad de opinión y reclutamiento del público citadino, y ésta -a su vez- con la de una atmósfera política más o menos irrespirable pero igual siempre viciada.

Cuando mi primo Jesús -el hijo único del tío Virgilio- desapareció poco más de una semana para reaparecer, harapiento y magullado, afirmando que “estuve de misión secreta en Angola”, nadie en casa supo qué hacer primero, si reír o llorar. Sufríamos una irónicamente cruel crisis de verosimilitud, pues un par de años atrás -a finales de los 70- mi primo estuvo viajando efectivamente a uno y otro lado del Atlántico, y lo hacía con tal frecuencia y tal aureola de silencio en derredor que yo casi lo convierto -con mis ojos miopes de universitaria- en un personaje de leyenda: una parodia de Odiseo a favor del proletariado mundial. Sólo que en esta versión el antihéroe reaparece tras diez días de trifulcas y arengas por las -él mismo lo confesó después- terminales y funerarias nocturnas de su Itaca tropical.

En los bajos de Radio Progreso -Infanta 105- de tanto en tanto se monta un “acto de repudio” para derrocar a un nuevo Batista, éste con nombre de mes heroico -Julio- un periodista conocido durante los años 90 por su espacio de comentario social Punto de Vista. El autor intelectual de tal procedimiento sumario -acaso heredado de cuando la oleada migratoria de 1980- ha sido y sigue siendo un orate pésimamente mal hablado que jamás se identifica, el cual, con su amanerada manera de insultar a diestra y siniestra -en especial a siniestra- le increpa a Julio Batista los argumentos de su último programa, a la par que se los rebate con manoteos inciviles y blasfemias contra la alta dirigencia del país y la de casi todo el continente y planeta -El Vaticano incluido.

La memoria de este loco es tan prodigiosa como su rabia. Su función es catártica y expiatoria: de Coliseo Romano. El público ríe, arquea las cejas, y a ratos levanta o baja los pulgares con socarrona intención. Todo allí remite a un ajuste de cuentas solapado. “¡Cómo está el loco suelto!”, se admira una. “No es loco na’: es hijoeputa”, replica otro. Y yo, provocadora: “Cualquier día cargan para Villa Marista con su lengua larga y con él…” Hum. Pero el público sólo ríe, arquea las cejas, y a ratos baja o levanta los pulgares con socarrona intención, hasta que, más temprano que tarde, aparece un joven uniformado de negro -como el equipo Oriente de béisbol- y ya se dispersa el improvisado “mitin relámpago” en los bajos de Radio Progreso -Infanta 105.

Eusebio Leal -Historiador de La Habana- parece encarnar al poder inmediato, justiciero e inflexible, del jefe de un manicomio Patrimonio de la Humanidad. Es a él a quien dedica su canto El Poeta de Coliseo -Coliseo Cubano. Es a él a quien dirige sus quejas rimadas en octosílabos cojos y seguidillas puestas de moda en las tribunas abiertas de la televisión -acogiéndose de paso al controvertido artículo 63 de la Constitución vigente. Y es a él a quien, también más temprano que tarde, habrá de denunciar a “todos los gusanos en una reunión a puertas cerradas” -nos advierte a ti y a mí y al resto de los transeúntes del largo y estrecho bulevar de Obispo, desde La Moderna Poesía hasta la Plaza de Armas: BOOK$ FOR $ALE, puede leerse en ambas cabeceras.

Un anciano negritín y bonachón, de invariable traje oscuro y gorrita azul con una I mayúscula, se contonea de cara al moderno altoparlante de la tienda en dólares Longina música -todavía en Obispo. Lo rodean niños, turistas y flashes. Su función es catártica pero reconciliadora: “con tantos palos que le dio la vida” -como ha escrito un poeta- y aún conserva intacta su sonrisa beatífica, si bien ya huérfana hasta de colmillos. Este señor no quiere dinero, a nadie pide “cooperar con el artista cubano” -consigna republicana ya caída en desuso. Él se conforma con atención para su “performance”. Quiere quórum: pide podio. Y de lunes a domingo casi siempre lo obtiene.

A la entrada del Convento de San Francisco de Asís, en la calle Oficios, una estatua de José María López Lledín (1899-1985) -nada menos que El Caballero y proveniente nada menos que de París- es amasada por más niños, turistas y flashes. Ahora todos le imponen flores a su mínimo mausoleo y, de tanto roce, hasta le han pulimentado la barba y el dedo índice erecto -atributos tácitos del poderío machista. He creído entenderle a un guía -hablaba casualmente en francés- que allí dentro descansan ya en paz los restos mortales del octogenario, y los he asociado de buena fe con los de algún candidato a la espera del trámite de su canonización -acaso el primer epígono del genial Padre Félix Varela (1787-1853).

El propio López Lledín -personajillo entrañable en la memoria de toda la República y de media Revolución después- hacia el final de su vida aún aseguraba tener “unos bigotes más grandes que el Káiser de Alemania y unas barbas más largas que Fidel”. Y así despachaba sus lecciones políticas gratis lo mismo a Franco que a Hirohito que a Eduardo Chibás -hombres duros todos. Como buen demente al fin y al cabo -en Cuba “ser un loco” es un alto halago- la prensa, la radio y la televisión de tanto en tanto se inventaron espacios exclusivos con él. Valga anotar que este deambulante hizo proselitismo para que Cuba se convirtiese en una monarquía con “Don Carlos Prío” como “Rey Doctor”, y que esto bastó para que una limosina del mismísimo Palacio Presidencial -¿conducida acaso por El Chofer de Palacio?- lo rescatara del manicomio Mazorra y lo devolviese al de la Calle Prado: su imperio público de finales de los años 40, donde hasta “los leones son mis súbditos”.

A su vez, a Eduardo Chibás lo tildaron de Loquito -años después de haber sido El Goebbels de Grau- por su temperamento tumultuoso y su peculiar mímica como tribuno. Pero es probable que él nunca disfrutara de tanto espacio público como El Caballero de París, al punto de que su dramático “último aldabonazo” de 1951 -en la CMQ radial- tuvo que ser en “off”.

La historia literaria cubana, además de ser la historia de la locura -desde el poeta “invisible” Manuel de Zequeira (1764-1846) hasta los suicidios finiseculares más lamentables- es, también, la historia de los personajillos orates. No por literarios me resultan en lo particular menos reales estos locos públicos, pero será mejor no invocarlos demasiado aquí: de un plumazo podría dinamitarse la precaria cordura de cualquier lector.

Erasmo de Rotterdam, Schopenhauer y Foucault, tres genios universales que reflexionaron sobre la locura asomados al borde mismo del abismo. También será preferible no inmiscuirlos aquí. Y es que al borde mismo del abismo me siento yo en este punto de mi discurso privado devenido monólogo público. Una llega a intuir que aquel refrán de “cada loco con su tema” se ha trocado en el de “todo loco con un mismo tema”, pues los códigos se repiten ad infinitum ante mis ojos todavía miopes pero desde hace ya mucho nunca más universitarios.

La memoria no deja de ser para mí la carga más pesada y la fuente incurable de toda angustia inisecular. Pienso, por ejemplo, en el eterno retorno de Nietzsche -amabilis insania. Pienso, por supuesto, en Octavio Paz cuando, al comparar a la antigua URSS con México, escribió: “toda dictadura, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo”. Pienso en mi pose de testigo y notaria: releo cuanto he escrito con una mueca de pánico, y otra vez pienso en mi primo Jesús -el hijo único del tío Virgilio. Y entonces la tara tragicómica de “Cuquito” Cué me resulta de pronto -ya en pleno siglo XXI de nuestra historia nacional- otro fantasma que recorre La Habana al acecho de la cordura de su prima ahora ya tetragenaria.

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