Nadavidades

NADAVIDADES

Orlando Luis Pardo Lazo

De Julián del Casal (1863-1893) conservo sólo su inviernofilia. Esas crónicas semanales donde se añora un invierno que dure meses en Cuba, para así disfrutar del silencio ad infinitum de unas calles ya apenas habaneras después del crepúsculo: […] ¡y que la nieve principiara a caer, colocando sus arandelas alrededor de los troncos de los árboles, poniendo sus caperuzas sobre las montañas eternamente verdes, y empezando a extender los pliegues del sudario en que todos nos hemos de abrigar!

Narrativamente, desde 1998 las Navidades cubanas se me han ido haciendo cada año menos rentables y más inverosímiles. Algo sutil se ha perdido en el aura vieja de la noche de 24 para 25. Algo sacro flotaba antes en el espíritu de resistencia contra su prohibición por edicto. Algo triste que se ha hecho ahora demasiado tangible.

Mientras Cuba más se mimetiza con el resto del mundo, cuando demagogia y democracia parecen parónimos o padecen de parodia, mientras la gente más se entusiasma con el día después o se suicida el día antes, yo intuyo que nuestro futuro está condenado a repetir represivamente siempre la misma vacua representación. Habitamos una Habana deshabitada hasta por aquellas películas lánguidas, al estilo de Los paraguas de Cherburgo, que en la Cinemateca se programaban puntualmente cada fin de año.

En el 2002, diciembre me sorprendió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (Jalisco, México). Desde los primeros días del mes, la ciudad se llenó de flores rojas que yo no sabía nombrar y que ridículamente confundí con toda la parafernalia de adornos artificiales.

Un funcionario cubanófilo me preguntó de buena fe cómo era en Cuba el decorado de Merry Christmas, Revolución (el buen hombre me recordaba al John Lennon de una balada de navidad). Por entonces desgraciadamente yo aún no conocía esa útil figura retórica que se llama “diálogo diplomático”, así que le solté un desplante por el que después vía e-mail hasta le pedí perdón: Nosotros colgamos banderas cubanas y caritas de Fidel en los arbolitos de Navidad.

En efecto, desde hace un par de años las he vuelto a ver, sobre todo en las tiendas en divisas de Ciudad de La Habana. Simulan ser estampas navideñas del Compañero Fidel. La barba cana como última reminiscencia de Papá Noel. El uniforme verde daltónico de Santa Claus. Y, al fondo, una marea humana de renos desfilando ante la Plaza de la Revolución (arquitectura conífera que siempre me pareció propicia para engancharle una giganto-guirnalda).

Ese fin de año de 2002 una poeta valiente y callada de Matanzas me escribió, con los rescoldos o los resabios de nuestro amor, un poema como aguinaldo, cuya lectura siempre me deja cierto sabor a pesadilla post-Padilla:

[…] Cercenaron nuestra infancia en consignas vacías,

historias de mar, cárceles inútiles.

Nos arrancaron las manos de construir castillos de arena,

las piernas de correr delante de la muerte,

la voz de cantar salmos, los ojos de mirar a las estrellas.

Nos volvieron austeros, siniestros.

Han querido borrarnos el alma pero nos queda el llanto y la rabia

y la memoria como escudo ante tanta mentira.

Hoy todo es vacío y una densa paz ciñe la noche […].

Mi amiga poeta y yo cumplíamos ese diciembre 31 años. También 31 tenía el ruso Joseph Brodsky cuando escribió su poema 24 de diciembre de 1971 (justo el año en que nacimos mi amiga poeta y yo):

[…] Vacío. Pero ante la idea del vacío ves

de pronto como una luz de ninguna parte.

Si el Monstruo supiera que mientras más fuerte es,

más creíble e inevitable es el milagro […].

En la esquina blues de este ring de boxeo, un narrador al límite como Pedro Juan Gutiérrez (1950) nos noquea con una pepita si no de oro por lo menos de horror: La Navidad del 94, casi un minicuento pulcro dentro de su Trilogía sucia de la Habana (Anagrama, 1998).

En la esquina roja, mientras tanto, la prensa plana cubana nos devuelve efemérides fúnebres de la patria. Es obvio que el Estado nunca desea la desmemoria total: antes bien, según el argentino Ricardo Piglia, se trata de un pugilato entre ficción de autor versus ficción estatal. De (mala) suerte que otra vez leemos reciclados los titulares y testimonios de las Pascuas Sangrientas, asesinatos cometidos hace medio siglo por Fulgencio Batista (antihéroe al estilo de un Herodes loco local) sólo para aderezar la sangre amniótica de una revolución.

Sea solsticio o sean saturnales, disfruten de la venia papal o de una prohibición puritana, entre pesebres y despotismos, a ritmo de villancicos o de reguetón, igual las navidades en Cuba me remiten a otras crónicas finiseculares donde añoramos un invierno que dure milenios, para así disfrutar del silencio ad libitum de unas calles apenas crepusculares ya después de La Habana: […] ¿qué mejor mortaja que la nieve puede ambicionarse en un pueblo que bosteza de hambre o agoniza de consunción?

ÚLTIMAS NAVIDADES CON FIDEL CASTRO

Orlando Luis Pardo Lazo

Diciembre es un mes triste, precioso, de luz azul y silencio soñador. En este mes nací yo. Y en este mes, de un año no tan lejano como ahora parece, regresaré a Cuba con un Premio Nobel de Literatura, el primero de los Nóbeles cubanos, el que restregaré en la cara de la dictadura que todavía tendremos en Cuba para esa fecha, y cuyo monto en metálico usaré hasta arruinarme en arrimar un poco la llegada de nuestra libertad.


Diciembre termina apenas comienza. Es un mes atemporal, acronológico, casi ucrónico, fuera del almanaque, al borde de ese misterio que es el cambio de año.


Somos otros y morimos a pedazos en cada diciembre. De hecho, casi nunca llegamos todos los que empezamos cada año. Los que nos reunimos ahora en este mes no sabemos si llegaremos al próximo mes dentro de un año. La muerte va cosechando a los mejores entre nosotros. Cada diciembre vamos quedando menos y menos cubanos. Los sobrevivientes somos los peores, somos los desechados hasta por los dioses.


Estas Navidades de 2014 son también nuestras primeras Morbilidades sin el dictador, que se nos murió sin enfrentar jamás la justicia. Fallecido Fidel (1926-2014), ya todo parece fácil, expedito, innecesario. La Revolución fue una pesadilla de unos pocos millones. La memoria se renueva a velocidad vertiginosa. En un ratico, los nuevos cubanos no sabrán ni deletrear el innombrable nombre de Fidel Castro, que en unos meses resonará apenas en la asignatura Prehistoria de la Nación, absorbido por la virtud de apatía y amnesia de las nuevas generaciones.


La muerte del hegémono nos ha sorprendido a todos. No se despidió el muy pendejo, como mismo no anunció su entrada sino que la impuso a golpes de muerte, mentira y maldad. Fidel Castro se ha ido para siempre de nuestro pueblo y nos ha dejado incrédulos, desconfiados, al punto de que preferimos no prestar atención a este hito histórico. Todavía no nos creemos que estamos solos, sin el déspota delirante. No lo creeremos tampoco cuando su hermano Raúl Castro nos lo anuncie, rodeado de su octogeniosa élite militar, acaso el 28 de enero de 2015, para hacer coincidir la muerte de Fidel con el nacimiento de José Martí.


Pero hoy vuelve a ser Navidad. Una parte del país perdido reconcentra lo mejor de su espíritu en esta fecha. La esperanza deja de ser una enfermedad congénita y la luz azul del niño dios entibia nuestros hogares-pesebres, haciéndolos menos pésimos, haciéndonos menos perversos en tanto ceros humanos que aspiramos a seres humanos, tras más de medio siglo o medio milenio de matarnos multitudinariamente por nada.


Vuelve a ser Navidad, hermanos y hermanas del alma, y en el 2015 brillarán las palabras que hace siglos debieron ser pronunciadas entre cubanos, pero que han permanecido sepultadas por la ristra de tiranos que ha traído nuestra innecesaria independencia. Acaso sea la época de aproximarnos más a la civilización de los cosmopolitas libres y alejarnos de la barbarie esclavoamericana.

Es Navidad y yo os amo.

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