Para matar al Papa se necesita

NARRATIVA

Para matar al Papa se necesita

De cómo tres renegados se roban un fusil de la película del sábado y asesinan al Santo Padre, y de la que se forma después.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

Madrid 23 Sep 2015

1.

Esta sería la última, la más grandiosa y espectacular. Su misa más guerrillera y revolucionaria. Una mezcla milagrosa de Pinochet con Perón. Sería todo eso y muchas otras cosas, según se empeñara luego la historia en inventarse una historia al revés. Pero ante todo, o después de todo, sería su última en cualquier variante. Para ser argentino, con un par de años de magnas misas ya había sido suficiente lección. Consummatum est. Al carajo. Y amén.

2.

Eran las dos, o las dos y tanto de la madrugada. Igual salí de casa y paré el primer taxi en dólares que apareció. Cuando llegué a donde vivía JE, ya Ahmel Ahmel me esperaba con cara de susto en el garaje.

—No hagas ruido, coño, que se despiertan sus padres —me advirtió—. No hagas ruido, blanquito, que JE lo tiene todo cuadrado.

Y entonces, todavía con la tez de un tunecino aterrado:

—Cubano, esta es la que es. El futuro es hoy.

(Se refiere a mí, por si no es obvio. A Ahmel Ahmel le gusta llamarme así. A veces “blanquito” y a veces “cubano”. Tiene que ver con rezagos del pasado y otras trabazones mentales que no viene al caso ahora contar.) 

3.

No podía creerlo, es que yo no lo podía creer. Convergencia sonámbula, insomnio colectivo, pesadilla popular. Yo qué sé. Lo cierto es que los tres habíamos pensado lo mismo, supongo que casi a la misma vez. La misa del Papa al otro día en la Plaza de la Revolución no nos dejaba dormir.

Nadie podría impedir que la diera. Ni paralizar la avalancha de risitas ratunas entre cardenales y comandantes, ministros y misioneros, obreros y obispos, angelitos vírgenes y agentes de verde vil. Tampoco podría evitarse que mañana por la mañana allí se refocilasen las almas de nuestro proletariado ateo. 

Pero tres taimados tigres del totalitarismo podíamos ponérsela bien podrida al Papa de las pampas. No más homilías imitando cierta dificultad eurocéntrica con el idioma español. No más paz en la tierra y gloria en las alturas de Latinoamérica soy hijo y a ella me debo. No más reconciliación con crucificados de hoz y martillo tomar, o sobre un par de remos de imitación.

Ahmel Ahmel estaba en lo cierto. Cubanos, esta era la que era. El futuro en serio sería hoy.

4.

JE bajó por fin al garaje y nos saludó con un “hi” de película silente (la h le chasqueó como j). Traía uno de esos gusanos tan típicos de los charters que hacen cola en los cielos de La Habana a Miami y viceversa. Cientos de aviones en ambos sentidos y con una única dirección: move forward. En una iniciativa ciudadana promovida por el presidente del parlamento cubano, antes de que su cerebro colapsara de cáncer (logró renunciar a todos sus cargos, sin rebajarse un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo).

JE puso con cuidado el gusano de la victoria a sus pies. Sus labios anglófonos en primer plano gesticularon otra sílaba sorda: “here”. (Fonéticamente, dos. En Cuba se justifica que ninguna operación salga perfecta. Ni oración.)

5.

El mulatico se arrodilló ante el gusano con reverencia. Yo le llamo así a Ahmel Ahmel no tanto por su piel, como por el gentilicio que él me encasqueta. Qué coño “cubano” de qué. Todavía aspiro a ser un belga de barrio, un noruego del archipiélago. O mejor: islandés en sí (toda una categoría filosófica en la meta-madrugada cubana).

La cabeza de Ahmel Ahmel quedó entre el bulto tendido en el piso como un cadáver y la no menos abultada portañuela de JE. Estábamos súper excitados con nuestra misión. Era ahora o ahora. No había tiempo para geometrías inesperadas. Lo ayudé a abrir el gusano como si de una autopsia se tratara, y entonces vimos su fabuloso fulgor.

El bombillo ahorrador de un garaje de Nuevo Vedado venido a nada nos daba apenas un hilito de luz. Pero dentro del gusano palpitaba un brillo inmanente, crisálida a punto de rajar la noche con su aleteo de vida. Es decir, de criatura que avanza agónicamente hacia su extinción. Un brillo paradójicamente opaco, de arma larga y sin prisa: Bushmaster calibre .223, con mirilla telescópica calibrada en su retícula digital HD.

JE dio más detalles de fábrica, pero no nos hacían falta. Una pieza de relojería así había sido usada en mil y un atentados amateurs en los Estados Unidos de América. Nunca fallaba. Los titulares de internet no mentían, incluso en una ciudad sin internet como La Habana.cu. Era una joya recurrente en las películas de acción yanquis del sábado por la noche, puntualmente retransmitidas por la TV nacional. Cuba como polígono pirata de las peores y más profitables producciones de Hollywood, LA.

Conocíamos bastante de fusilería de snipers. Habíamos leído al dedillo los manuales de Gerardo Fernández Fe. Dominábamos en teoría hasta la causa electrónica del brillo opaco de ciertos metales. Y confiábamos en su arquitectura ergoestable para que al disparar ni un extra del ICRT la cagase.

Sabíamos que Fidel en la Sierra Maestra se había hecho retratar para The New York Times con uno de esos aparaticos. Pum. Desde preescolar nos enseñaban que Allende cayó en combate defendiendo La Moneda con un Bushmaster de los que Fidel autografiaba al por mayor. Pum, pum. Eran las joyas de la familia La Guardia, serial-killers presidenciales que los usaron así en el sur de África como en la Torre Trump de Manhattan. Pum, pum, pum.

Pero nos faltaba un poco de práctica. En las clases de Preparación Para La Defensa en la universidad, aprendimos a armar y desarmar algunos modelos análogos (del campo socialista), sin y con los ojos vendados. JE fue el único que pasó la prueba de fuego de lograrlo en tiempo récord y con una sola mano.

—¡¿Te lo robaste?! —no pude evitar que retumbase mi voz en medio de la calma chicha del reparto—. ¿De dónde sacaste esa barbaridad?

JE no le dio importancia a mi deslumbramiento. Con sólo 17 palabras de nuestra primavera papal me convenció:

—Ya es domingo, ¿no? —Ahmel Ahmel acurrucaba en sus manos mulaticas al buen soldado Bushmaster—. De la tercera película del sábado, ¿de qué otra parte lo podría sacar? 

6.

Nos habíamos conocido en la última Casa de la Cultura que se sostenía en pie, un castillejo decomisado a la burguesía batistiana, donde se impartía uno de aquellos talleres literarios que se inventaba el Estado.

Éramos jóvenes, éramos buenos. Éramos blanquitos, mulaticos, cubanos. Tremendos troncos de narradores que no se decidían a narrar su primera narración. “Prospectos”, nos hubieran llamado en otras grandes ligas y editoriales por ahí. Escuchábamos, comentábamos, discutíamos. Leíamos de vez en cuando, aunque menos de lo que el asesor sin sueldo nos imponía leer. “Tolle, lege”, el muy cabrón citaba a San Agustín. Aquel asesor desasalariado, como el Comandante en Jefe en algunas pancartas, no le decía a su rebaño “cree”, sino “lee”. (Tampoco el Comandante en Jefe cobraba un salario: no hay patria sin virtud, ni virtud que sea profesional. Y en esto Chaplin pudo ser el ideólogo insigne de la Revolución cubana.)

Entonces pasó algo. Una falla en la atmósfera claustrofóbica de los años cero o dos mil. Un patinazo a trío de nuestra improvisada vocación de escritores sin gremio (aplicamos para la UNEAC, pero nunca nos contestaron). Nos rompimos o nos rompieron las ganas de elucubrar estéticas. Nos aburrimos de tanto darle taller a una narrativa siempre a punto de ser narrada.

Ahmel Ahmel la cogió más suave y se hizo editor de una revista oficial, pagada por la izquierda por un cubanoamericano antiembargo. Yo me quedé flotando, como mismo lo hacía antes de jugar al pon de los intelectuales (vade retro, Cortázar). JE se convirtió en una especie de terrorista.

En una sesión de las llamadas de “desmontaje”, el asesor sin sueldo le preguntó su opinión sobre un cuento que un tallerista acababa de componer como ejercicio de clase. Le preguntó si le parecía malo o bueno lo que el otro leyó. Recuerdo que JE hizo una pausa híperdramática. Miró al techo enyesado siglos atrás de la Casa de la Cultura (hoy abofado). Miró a las paredes empapeladas siglos atrás de la Casa de la Cultura (hoy desconchadas). Miró afuera (una Habana rural y tugurizada, de pie por pura estática espiritual) y entonces le contestó:

—Si pudo ser escrito, ya es malo. Si pudo ser leído, es mucho peor. Pero esto no tiene absolutamente nada que ver —otra pausa y otros paneos—. No queremos ningún tipo de contacto con ningún tipo de narración.

Se viró para nosotros, atónitos Ahmel Ahmel y yo. Y con una autoridad que emanaba de aquel rapto como terrorista de estreno, nos conminó:

—Vámonos para la pinga de aquí. 

7.

El plan era simple. En el 18-plantas de Nuevo Vedado vivía nuestra novia común Lady D. Una chica estrella, nada común. Socióloga y karateca. Exiliada un tiempo en Miami y después retornante a Cuba, como tantos poetas y opositores. Al contrario de nosotros tres, Lady D no había intuido nada. A esa hora dormía como una diosa. Como tres diosas: una para cada uno de nosotros.

Teníamos la llave de su piso 17-D. Irrumpimos sin hacer ruido en el apartamento de corte este-europeo. Y la despertamos lo mejor que se puede despertar a un ser querido en lo más hondo de la madrugada. Cada quien le explicó a su manera lo sencillo de nuestro plan, y Lady D nos aprobó uno a uno con sus maravillosos mmm-mmm-mmm, pero sin despegar los párpados: 

—Cariño, vamos a matar al Papa —le dijo Ahmel Ahmel.

—Cariño, vamos a matar al Papa —le dijo JE.

—Cariño, vamos a matar al Papa —le dije yo. 

(En orden alfabético. Por favor, reparen en que mi nombre no empieza con Y, sino con O.)

8.

A Lady D la muerte la motivaba a medias. Sobre todo desde que JE se pasaba horas y horas explicando sus descabellados deseos de salir a matar en masa y después morir de manera individual. Distopía literaria justo hasta hoy, cuando la convertiríamos en realismo del más radical. (El asesor sin sueldo de vez en cuando también nos citaba a Marx: La práctica es el criterio de la verosimilitud.)

JE sacó de una gaveta otra llave, la del candado de la azotea. No tendríamos que subir mucho más. Lady D vivía en el penúltimo piso, el 17, que por cierto era su edad cuando la conocimos, parada precisamente en su alero, en puntillas de pie y ya a punto de un vertiginoso ballet al vacío. (La ausencia es el verdadero criterio de la verdad, remataba nuestro asesor sin sueldo cuando se le desvanecía en el aire la solidez de sus sentencias de Marx.)

Los escalones eran un asco de pestilencia, bajo las hilachas de luz del ubicuo bombillo ahorrador. Unas bujías lechosas que Cuba importaba por millones del Cono Sur, y cuyos efímeros filamentos se fundían a una velocidad nunca vista en la historia de la bombillería cubana (dicen que por la alta salinidad de la Isla).

Salimos a la azotea del 18-plantas. Un piso bajo nuestros pies dormitaba al margen de todo Lady D. Por eso tratábamos de no pisar demasiado fuerte, ni arrastrar los objetos que nos arrastraban a nosotros como prueba de fe. JE había recogido además un titánico trípode del apartamento de nuestra novia común. Pesaba como un pulsar. Ahmel Ahmel era el responsable del gusano gigante con el Bushmaster .223 y su mirilla de píxeles a imitación de un telescopio espacial. Yo iba como mismo salí de casa horas atrás, en la nada y para nada. Eran ya casi las seis. El tiempo se va volando cuando tienes ideas vitales. Léase, ideas sobre cómo intervenir en la vida de los demás (es el principio de todo Estado y de toda religión).

Amanecía pacíficamente en una ciudad sin nombre que para nosotros siempre sería La Habana. Equilibramos el Bushmaster sobre el trípode de filmación. Lo enfocamos hacia el sacrosanto altar que se izaba de improviso en una plaza católica de la Revolución. Y nos dispusimos como dios manda a esperar.

9.

Cuando sonó el cañonazo de las nueve de la mañana, el sol picaba recontrafuerte. Casi desde el cenit. Domingo de septiembre en llamas. Un mes que regurgitaba megatones de toda la radiación de junio, julio y agosto. Y del resto de los años acumulados en una latitud letal. Del alivio del otoño, ni un alisio. Los países sin estaciones son una calamidad. Es cruel con ese clima de Cuba concebir que lleguemos vivos al siglo XXII. Es cruel con ese clima de Cuba concebir cualquier otra cosa que no sea llegar vivos al siglo XXII.

Teníamos el ángulo perfecto. El único objeto más alto que nuestro 18-plantas era precisamente el monolito raspiforme de la plaza revolupapal. Hacia allí apuntábamos. En la cuadrícula del colimador convergían las costillas del corazón de Jesús contra la cara Made in Korda de Ernesto Guevara el Ché. Y, de guiarnos por el nerviosismo de los guardaespaldas y corresponsales, entre Cristo y el Ché debíamos de estar a punto de hacer diana en el carapacho gaucho del Papa, en su vía cuba camino al cadalso. (Hay metáforas de violenta belleza. O hay tal vez violencias muy bellas. ¿Cómo distinguir, con el dedo de JE haciéndole cosquillitas a aquel clítoris de artillería mayor?

Bushmaster. El maestro o el amo de Bush. La azotea como arbusto ideal para las emboscadas urbanas, en un magnífico maremágnum de magnicidios, desde Lincoln hasta JFK. Y aquí lo vimos abrir completamente sus piernas, clavadas como un compás al techo del edificio para ganar estabilidad. Cuestión de centro de masa y otras ecuaciones gravitatorias. Los gatos saben de estos truquitos de balance muscular. Más que un terrorista post-taller literario, JE se había convertido en un fascinante felino. Sin maestro, pero sin amo. El tigre no de Bush, sino de Deleuze.

10.

Pum.

Pum, pum.

Pum, pum, pum.

11.

Después de retirarnos de aquel taller de “técnicas narrativas” —el gesto se conoció como la Protesta de los Tres—, Ahmel Ahmel, JE y yo trasladamos nuestros foros a los rincones más inconcebibles de la ciudad. A los parques agujereados de refugios anti-aéreos, las piscinas populares, las anacrónicas paradas de guagua, los museos de la muerte y, por supuesto, a ratos sobre la cama y a ratos sobre la azotea de Lady D. Narrar era un placer. Y para narrar era imprescindible no solo no escribir, sino renunciar a la represión repetitiva de querer escribir.

Era un placer especial escondernos en cualquier ruina en ruinas o en reparación, y contarnos cosas entre los tres, complicidades chamuscadas por la retórica de cada cual. Lady D solo nos escuchaba, incombustible. Lo cual no implica que ella no contara sus propias cosas, pero lo hacía a golpes de silencio y de esa sonrisa mitad feroz y mitad adormilada: un tironcito de su labio superior iluminando sus pómulos septentrionales. (Las encías de nuestro amor de amianto nos encandilaban a los tres.)

Ni a Ahmel Ahmel ni a JE ni a mí se nos borrará nunca ese gesto tan generoso de ella, nuestra chica nórdica de Nuevo Vedado. Línea de fuga sin órganos ni orgasmos, en medio del pastiche patrio que es remezclar miserables + mercados, cristos + criminales, y cruces + consummatum est + al carajo + amén. La adolescencia de Lady D nos permitía sobrevivir a la obsolescencia de nuestra Brave New Habana. 

12.

Las sirenas debieron de oírse lo mismo en El Vaticano que en la Casa Blanca. Parecía ser el ruido cíclico de las patrullas, los bomberos y las ambulancias, pero aquel caos hoy significaba un poquito más. Música, mulatico; música de futuro, blanquito; melodías que echamos de menos los cubanos. Un acelerón del tiempo en cápsulas de calibre .233; partículas de historia aceleradas a 666 metros por segundo, multiplicados por cada uno de los seis balazos de JE (seis dedazos ejecutados sin ningún síntoma de duda o desesperación). Pum, pum, pum. Como las onomatopeyas de infancia. Pum, pum. Un juego sin más ley que su precisión y reproducibilidad. Pum. Y las charreteras de los cardenales fueron las primeras en quedar aún más teñidas de un profundo carmesí.

JE dejó de disparar y comenzamos a alternarnos por el visor. No teníamos ni la más mínima idea de que el Papa tuviese tanta sangre en las venas. Ni ellos tenían ni la más remota noción de dónde salieron los disparos, si es que por fin eran disparos, y miraban hacia el cielo acaso sospechando de un atentado satelital. (Semanas antes, el gobierno cubano había tenido un rifirrafe con altos ejecutivos de Google Maps.)

Los minutos que siguen quedarán en la memoria discontinua de Ahmel Ahmel, JE y yo, según nos rotábamos la mirilla mágica. Intentamos grabar, pero la tarjeta pedía primero bajar un App del iBush, lo que implicaba que el rifle tuviera acceso a internet. (Es sabido que de todas formas la telefónica cubana solo reconoce los modelos más viejos de AK: los de antes de 1994).

Me limito entonces a recontar una serie de imágenes que vi en persona o que entre los tres nos narrábamos, extraordinariamente narrábamos:

—Vi a una tal Talía —conté yo—, tapando con su pinta de periodista el cuerpo del general de ejército Raúl Castro Ruz. Rebasada la confusión inicial, la escolta personal acometió su labor de salvaguardar a riesgo de sus vidas la del Premier, dejando atrás a Talía, por no contar ellos con instrucciones de protegerla. (La guardia papal quedó desempleada ipso facto: desde el primer mini-misil de JE ninguno de esos jesuitas conversos tenía nada que hacer. Muerto el Papa, se acabó la misa.)

—Vi la bandera cubana —conté yo—, su triángulo de rojo rubí destiñéndose a cuentagotas sobre la rabia de los plebeyos (la distancia enlentece la percepción de los eventos: es el llamado Defecto Doppler). Igual parecía un performance en cámara lenta importado con ínfulas de provocación.

—Vi un avión de Cubana planear en piruetas irresponsables sobre los fieles —contó JE—. La portezuela venía abierta y asomaba medio cuerpo hacia afuera, rodeada de niños con paracaídas o acaso con corsés, una tal Thais medio encuera, la actriz fetiche de Juan Carlos Cremata.

—Vi un ataúd giratorio como una veleta sobre la Biblioteca Nacional —dijo Ahmel Ahmel—.También puede ser un libro con forma de ataúd. O un ataúd que ha cogido la forma de tantos libros adentro.

—Vi a Eliecer Ávila —contó JE—, bebiendo sangre del cráneo abierto en cuatro pedazos de Ricardo Alarcón. Una cena en familia.

—Vi a Ernesto Guevara el Ché —contó Ahmel Ahmel—. Me guiñaba sus cejas gauchas en una fachada de ministerio, sus facciones Made in Korda sin transparencia ni superposición, vistas a través del boquete que ostentaba el pontífice a mitad de esternón. (JE tenía una puntería de medalla.)

—Vi a Juan Pablo II, vivo —conté yo—. Babeándose con un brillo liberador y diciendo de nuevo entre lágrimas, en otro domingo que no era el mismo pero que de todas formas lo era: “sois un pueblo muy entusiasta”.

—Vi al Papa de las pampas, muerto —conté yo—, tan muerto como lo imaginamos en la madrugada anterior, muerto y rematado a mitad de su última, grandiosa y espectacular, guerrillera y revolucionaria misa o remix de Pinochet con Perón.

Hubo muchos más espejismos por el estilo, pero a estas alturas ya nada de esto tiene absolutamente nada que ver. No queríamos ningún tipo de contacto con ningún tipo de narración. JE se levantó y desapareció el Bushmaster dentro del gusano, sin ceder el turno que le tocaba ahora a Ahmel Ahmel (espiábamos en contra de las manecillas del reloj). JE destornilló el trípode, lo dobló por sus coyunturas, y me lo alcanzó hecho una etcétera. Y con una impasibilidad poco reconocible para su talante de tigre y terrorista, diplomáticamente nos invitó:

—Vámonos para la pinga de aquí.

 13.

Lady D aún dormía. Decidimos no despertarla. Como tantas veces que llegamos a deshora, nos dimos una ducha a trío y volvimos con cautela a su habitación. Afuera las sirenas ya se serenaban. Todo iría pasando, como de costumbre. Como de costumbre, todo tendría que ir dejándose atrás.

Nos acostamos como cachorritos de criminales a los pies de su cama, para no apretujarla tanto sobre el colchón. Era el primer mediodía del falso otoño cubano y hacía un calor inclasificable, a pesar del runrún del aire acondicionado. Lo bajamos al máximo. Es decir, lo subimos al mínimo: 59 grados Fahrenheit era lo más que enfriaba aquella consola comprada en un mall dantesco de Miami-Dade.

No fue necesario ponerlo en palabras, pero a ras del granito gélido de su piso los tres disfrutamos de un estado extático, como de prístina paz. Para colmo de bienes, Lady D dio varios vuelcos entre las sábanas y nos dijo a cada uno en un susurro (o ensoñación):

—Mmm —para Ahmel Ahmel. 

—Mmm —para JE.

—Mmm —para mí.

To Kill a Pope in La Habana ORLANDO LUIS PARDO LAZO

Translated by Susannah Rodríguez Drissi

Illustrations by César Beltrán

1.

This would be the last one, the most grandiose and spectacular. His most guerrilla mass and the most revolutionary. A miraculous blend of Pinochet and Perón. It would be this and many other things, depending on how history would later invent a history for itself, in reverse. But above all, or after all, it would be his last, in any variation. For an Argentine, with a couple of years of magna masses, it had been lesson enough. Consummatum est. Fuck it. And, amen.

2.

It was two or two-ish in the morning. I went out anyway, hailing the first pay-in-dollars taxi that showed up. When I got to JE’s, Ahmel Ahmel was already waiting for me in the garage, with fear on his face.

“Don’t make noise, fuck, his parents’ll wake up,” he said. “Don’t make noise, blanquito, JE’s got it all figured out.”

And then, still with a terror-stricken face, “Cubano, this is it. The future’s today.”

(He means me, in case it isn’t obvious. Ahmel Ahmel likes to call me that. Sometimes “blanquito,” sometimes “cubano.” It has to do with imports from the past and other mental knots that are neither here nor there now.

3.

I couldn’t believe it—I just couldn’t believe it. Somnambulant convergence, collective insomnia, the People’s nightmare. Who the hell knows. What’s certain is that the three of us had thought the same thing, at the same time—I suppose. The Pope’s mass the following morning in the Plaza de la Revolución wouldn’t let us sleep.

No one would stop him. Nor would anyone freeze the avalanche of rodent sneers between cardinals and commanders, ministers and missioners, workers and bishops, little virgin angels and agents in grimy green. Nor would they prevent the souls of our atheist proletariat from gathering there tomorrow morning.

But as three trifling tigers of totalitarianism, we could make it ugly for the Pampas Pope. No more homilies that imitate a certain Eurocentric difficulty with the Spanish language. No more peace on earth and Hosanna in the highest of Latin America I am son and to her I am indebted. No more reconciliation with the crucified of the hammer and sickle, or atop a pair of imitation paddles.

Ahmel Ahmel was right. Cubanos, this was it. The future would really be today.

4.

JE came down to the garage and greeted us with a silent film “Hi” (the h squeaking like a Spanish j). He dragged one of those duffle bags so typical of charters that line up in the heavens from Havana to Miami, and vice versa. Hundreds of planes in both directions and going only one way: forward. The result of a citizen-driven initiative promoted by the president of the Cuban parliament, before his brain collapsed from cancer (he succeeded in resigning from all his posts, without yielding for an instant to either fear or sentimentalism).

Carefully, JE placed the duffel bag of victory by his feet. His Anglophone lips in close-up mouthed another deaf syllable: “Here.” (Two, phonetically. In Cuba, it’s justifiable that no operation ever turns out perfect. Nor a sentence.)

5.

The mulatico kneeled in reverence before the duffle bag. That’s what I call Ahmel Ahmel, not so much for the color of his skin, but for the demonym he dons on me. “Cubano” of what the fuck. I still aspire to be a barrio Belge, or an archipelago Norwegian. Or better: Icelandic, in itself—Icelandic an sich (a whole philosophical category in the Cuban meta-twilight.)

Ahmel Ahmel’s head ended up between the bulge laying on the floor like a cadaver and JE’s no less bulging crotch. We were overly aroused by our mission. It was now or now. There was no time for unexpected geometries. I helped him open the duffle bag as if an autopsy, and then we saw its fabulous fulgor.

The saver bulb from a crumbling Nuevo Vedado garage shed over us but a thin thread of light. Inside the duffle bag, however, there beat an immanent shine, a chrysalis on the brink of lashing the night with life’s flutter. That is to say, like a creature edging forward agonically toward extinction. A shine paradoxically opaque, from a hasteless shotgun: .223 caliber Bushmaster, with telescopic view calibrated in a digital HD grid.

JE gave us more manufacturing details, but we didn’t need them. Such a high-end timepiece had been used in a thousand and one amateur attacks in the United States of America. It never failed. The internet headlines didn’t lie, even in a city without internet like La Habana.cu. It was a recurrent jewel in Saturday-night, Yanqui action films, transmitted punctually by national TV. Cuba as a polygonous pirate of the worst and most profitable Hollywood, LA productions.

We knew plenty about sniper firearms. Had read Gerardo Fernández Fe’s manuals by heart. In theory, we’d mastered the electronic cause responsible for the opaque shine of certain metals. And trusted in its ergonomic architecture, so that upon shooting, not even an extra from the Cuban Institute of Radio and Television would fuck it up.

We knew that in the Sierra Maestra Fidel had posed for the New York Times with one of those contraptions. Bang. As early as pre-school we’d been taught that Allende fell in battle defending La Moneda with one of Fidel’s Bushmasters, autographed by the dozens. Bang, bang. They were the jewels of the La Guardia family, presidential serial-killers who used them as much in South America as in the Manhattan Trump Tower. Bang, bang, bang.

But we lacked some practice. In Defense Preparation classes at the university, we learned to load and unload some analogous models (from the socialist camp), with and without blinders. JE was the only one who passed the test by fire, breaking record time, and with a single hand.

“You stole it?” I couldn’t stop my voice from booming amidst the neighborhood’s exasperating stillness. “Where did you find that monstrosity?”

JE didn’t give a second thought to my astonishment. With only few words from our papal spring, he convinced me: “From Saturday’s third film—where else could I have found it?”

“It’s Sunday, isn’t it?” JE added, while Ahmel Ahmel cuddled the good soldier, Bushmaster, in his blackish hands.

CB_To Kill a Pope

6.

We’d met at the last Casa de la Cultura, a sort of still-standing, wannabe castle confiscated from Batista’s upper class; and where the State offered one of those literary workshops it cooked up from time to time.

We were young, we were good. We were blanquitosmulaticoscubanos. Hard core narrators who couldn’t get themselves to narrate their first narrative. “Prospects,” they would have called us, in other major leagues and publishing houses somewhere. We listened, debated, argued. We read every so often, although less than what the salaryless assessor imposed on us. “Tolle, lege,” the fucker would cite Saint Agustin. That salaryless assessor, like the Commander in Chief in some banners, didn’t ask his flock to “belief,” but to “read.” (The Commander in Chief didn’t charge a salary either: there’s no country without virtue, nor does professional virtue exist. And, on this matter, Chaplin could have been the ideological badge of the Cuban Revolution).

Then something happened. A glitch in the claustrophobic atmosphere of the zero years or the two thousands.’ The threesome slip of our gloryless writers’ improvised vocation (we applied to UNEAC, but they never answered). We broke the will to invent aesthetics—or it was broken for us. We got bored of crafting a narrative always on the verge of being narrated.

Ahmel Ahmel had it easier and became the editor of an official journal, extralegally paid by an anti-embargo Cuban-American. I remained floating, just as I was before playing intellectual hopscotch (Get thee behind me, Cortázar). JE became a kind of terrorist.

In one of those so-called “Disassembly” sessions, the salaryless assessor asked for JE’s opinion about a story that a workshop participant had just come up with during a class exercise. He asked him if what the other one read had been good or bad. I remember JE’s hyperdramatic pause. He looked at the ceiling of the Casa de la Cultura, plastered centuries earlier (now bubbling up). He looked at the walls of the Casa de la Cultura, wallpapered centuries earlier. He looked outside (rural and tugurized Havana, still standing through sheer spiritual static) and then, he answered:

“If it was possible to write it, then it’s already bad. If it was possible to read it, then much worse. But it’s no big deal—another pause and more panning. We don’t want any contact with any type of narrative.”

He turned to us. Ahmel Ahmel and I were stunned. And with authority that sprung from a kind of debut-terrorist rapture, he ordered:

“Let’s get the fuck outta here.”

7.

The plan was simple. Lady D, our girlfriend in common, lived in the 18-story building of Nuevo Vedado. She was a star, very rare. A sociologist given to karate, exiled in Miami for a time and later returned to Cuba—like so many poets and opposers. Unlike the three of us, Lady D had intuited nothing. At that time, she slept like a goddess. Like three goddesses: one for each one of us.

We had the key to 17-D, her floor. Silently, we burst into the Eastern European-style apartment. And woke her up, as best as one can rouse a loved one in the deep end of twilight. Each one explained the simplicity of our plan in his own way, and Lady D approved each one of us with her marvelous mnnn-mnnn-mnnn, but didn’t unglue her eyelids:

“Darling, we are going to kill the Pope,” Ahmel Ahmel told her.

“Darling, we are going to kill the Pope,” JE told her.

“Darling, we are going to kill the Pope,” I told her.

(In alphabetical order. Please note that my name does not start with an I, but with an O.)

8.

Death motivated Lady D only partially. Especially since JE spent hours and hours explaining his hare-brained desire to go on a killing spree and later die individually. A literary dystopia until today, when we’d turn it into the most radical of realisms. (The salaryless assessor would also cite Marx once in a while: Practice is the criterion of truth.)

JE pulled another key from a drawer, the key to the rooftop lock. We wouldn’t climb much more. Lady D lived in the 17th floor, the penultimate floor that, by the way, was also her age when we met her. She was standing on the eaves, on the tips of her toes, and already on the verge of a vertiginous ballet toward the void. (Absence is the true criterion of truth, our salaryless assesor would conclude, when the solidity of Marx’s maxim melted in the air.)

The steps were a disgusting pestilence lit by strands of light from the ubiquitous lightsaver bulb. Milky spark plugs that Cuba imported to the Southern Cone by the millions, and whose ephemeral filaments went out at speeds never before seen in the history of Cuban bulbs (due, it’s said, to salt levels on the island).

We stepped onto the roof of the 18th-story building. Oblivious, Lady D slept one floor down. So we tempered our step and avoided dragging those objects that dragged us as a test of faith. On top of everything else, JE had picked up a titanic tripod from our girlfriend in common’s apartment. Heavy, like a pulsating radio star. Ahmel Ahmel was responsible for the giant duffle bag with the Bushmaster .223 and its pixelated viewfinder, in imitation of a space telescope. I went along just as I’d left my house hours earlier, floating in nothing and toward nothing. It was almost six. Time flies when ideas are vital. Read, ideas about how to intervene in the life of others (the origin of every State and every religion).

Dawn came on peacefully in a nameless city that, for us, would always be La Habana. We anchored the Bushmaster on the filmic tripod. We pointed it toward the improvised, sacrosanct altar erected in a Catholic Plaza de la Revolución. And, as god intended, we waited.

9.

When the morning’s 9am canon went off, the sun beat hard. Almost from its zenith. September’s Sunday in flames. A month that regurgitated megatons from June’s, July’s, and August’s radiation combined. And from all the accumulated years in a lethal latitude. Not a leaf from fall’s relief. Countries without seasons are a calamity. Under Cuba’s climate, it’s cruel to imagine surviving into the twenty-second century. Under Cuba’s climate, it’s cruel to imagine anything other than surviving into the twenty-second century.

We had the perfect angle. The only object higher than our 18th-story was precisely the roughbound monolith that constituted the revolupapal plaza. It was there we aimed. The ribs of Jesus’s heart against Ernesto Guevara Ché’s face, Made in Korda, converged in the collimator’s grid. And, judging from the bodyguards and the correspondents’ nervous antics, we must have been close to bull’s eye on the Pope’s Gaucho shell, on its via cuba toward the gallows. (There are metaphors of such violent beauty. Or perhaps, very beautiful violences. How to distinguish, when JE’s finger was tickling the clitoris of that major artillery).

Bushmaster. Bush’s teacher or master. The rooftop as an ideal bush for an urban ambush, amidst a magnificent maremagnum of magnicides, from Lincoln to JFK. And it was here that we saw its legs open wide, nailed to the building’s rooftop, like a compass, to gain equilibrium. A matter of finding its center of mass and other gravitational equations. Cats know about these little tricks of muscular balance. More than a post-literary workshop terrorist, JE had turned into a fascinating feline. Without a teacher, but without a master. Not Bush’s tiger, but Deleuze’s.

10.

“Bang!”

“Bang, bang!”

“Bang, bang, bang!”

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11.

After leaving that “technical narratives” workshop, our gesture became known as The Three’s Protest. Ahmel Ahmel, JE and I moved our forums to the most inconceivable corners of the city. To parks punctured by anti-aerial shelters, to public pools, to obsolete bus stops, to deathly museums; and, of course, sometimes to beds and, at other times, to Lady D’s rooftop. Narrating was a pleasure. And in order to narrate, it was imperative not only that we write, but also that we reject the repetitive repression that wanting to write constituted.

Hiding in any ruin in ruins or in state of reparation was a special pleasure. As was telling each other things, complicities singed by our individual poetics. Lady D did nothing more than listen, incombustible. But this in no way means that she didn’t tell us about her own things. She did, but she did so to the beat of silence; or to the beat of that smile, half-ferocious, half-drowsy with sleep: a gentle pull of her upper lip, shedding light on her northern cheekbones. (The gums of our asbestos love blinded us three.)

Ahmel Ahmel, JE and I will never forget her generous gesture. Our Nordic girl from Nuevo Vedado. Our line of flight, without organs or orgasms, amidst the patrial pastiche that is re-mixing the miserable + markets, christs + criminals, and crosses + consummatum est + fuck it + amen. Lady D’s adolescence allowed us to survive the obsolescence of our Brave New Habana.

12.

The sirens must have been heard as much in the Vatican as in the White House. It seemed to be the cyclical noise from police cars, firetrucks and ambulances; but chaos meant a little more today. Music, mulatico. The sound of future, blanquito. Melodies we, Cubans, miss. A speeding up of time in capsules of calibre .223; history’s particles sped up to 666 meters per second, multiplied by each one of JE’s six shots (six rams executed without a symptom of doubt or desperation). Bang, bang, bang. Like childhood’s onomatopoeias. Bang, bang. A game without rules, other than precision and reproducibility. Bang. The cardinals’ epaulettes were the first to be tainted by a deep red.

JE stopped shooting, and we began to take turns on the viewfinder. We didn’t have the faintest idea that the Pope would have so much blood in his veins. Nor did they have the faintest notion from where the shots came—if they were, in fact, shots. So they looked to the sky, perhaps suspecting a satellital threat. (Weeks earlier, the Cuban government had squabbled with high executives at Google Maps.)

The minutes that follow will remain in our faulty, threesome memory, depending on whose turn it was on the magic viewfinder. We attempted to record, but the card demanded we download an App from iBush, which implied that the rifle should have access to the internet. (In any case, it’s known that Cuban telephone enterprise only recognizes the oldest AK models: those dated before 1994).

I limit myself, then, to recall a series of images that I either saw in person or that together, Ahmel Ahmel, JE and I narrated to ourselves—extraordinarily narrated to ourselves:

“I saw some Talía,” I told, “covering the body of army general, Raúl Castro Ruz, with her journalist’s guile. Once they’d overcome their initial confusion, the personal security team resumed the labor of risking their own life, in favor of saving the Premier’s, leaving Talía behind—not having instructions that indicated otherwise. (The papal guard was left unemployed ipso facto: from JE’s first mini-missile, not one of those Jesuit converts had much to entertain themselves with. Dead Popes don’t give masses.

“I saw the Cuban flag,” I told. “its ruby-red triangle fading drop by drop over the commoners’ rabies (distance slows down the perception of events: what’s called the Doppler Deffect). It seemed equally a performance in slow motion, imported with airs of provocation.”

“I saw a Cubana plane gliding in reckless pirouettes above the faithful,” JE told. “The aircraft’s door was opened. And the half body of a half-naked Thais, Juan Cremata’s fetish actress, hung from it, surrounded by children in parachutes, or corsets, perhaps.”

“I saw a coffin spinning like a weathercock above the National Library,” said Ahmel Ahmel. It could also be a book in the shape of a coffin. Or a coffin that has taken the shape of its many books.

“I saw Eliecer Ávila,” told JE, “drinking blood from Ricardo Alarcón’s four-pieced, open cranium. A family meal.

“I saw Ernesto Guevara, El Ché,” said Ahmel Ahmel. “He winked at me with his gaucho eyebrows, disguised in ministry—his features, Made in Korda, without transparency or superimposition, captured through the hole on the pontiff’s chest, mid sternum.” (JE had a medal-winning aim).

“I saw John Paul II alive,” I said. “Drooling with a liberating shine, and saying through his tears, in another Sunday that wasn’t the same but that, in fact, was: Thou art a very enthusiastic people.”

“I saw a dead Pampas Pope,” I said, “as dead as we’d imagined the night before. Dead, and in the middle of his last grandiose and spectacular, guerrilla and revolutionary mass, or from a Pinochet-Perón remix.

There were many more mirages of the kind, but none of them were a big deal at this point. We didn’t want any contact with any kind of narration. JE stood up and made the Bushmaster disappear inside the duffle bag, without giving Ahmel Ahmel a chance to take his turn (we spied counterclockwise). JE unscrewed the tripod, folded it by the joints, and like a dot-dot-dot, handed it to me. Then, with an unrecognizable indifference for someone of his tiger and terrorist disposition, he invited us diplomatically:

“Let’s get the fuck outta here.”

13.

Lady D was still asleep. We decided not to wake her. Much like other times when we’d arrived at odd hours, we took a shower for three, and returned cautiously to her room. Outside, the sirens lulled themselves to sleep. All would pass, as always. As always, all would have to be left behind.

We laid down by the foot of her bed like criminal cubs, so as to not squeeze her too much against the mattress. It was the first noon of a false Cuban autumn and the heat was unclassifiable, in spite of the hush-hush from the air conditioner. We turned it down to the maximum. That is, we turned it up to the minimum: 59 degrees Fahrenheit was the most that console, bought in a Dantesque, Miami-Dade mall, could cool.

It hadn’t been necessary to put it in words, but at the level of her floor’s glacial granite, we enjoyed an ecstatic state, as from a pristine peace. To top it off, Lady D turned several times in the sheets, and whispered to each one of us (or mumbled, as in a dream):

“Mmm,” for Ahmel Ahmel.

“Mmm,” for JE.

“Mmm,” for me.

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