Matar el castrismo a pellizcos

LIBROS

Matar el castrismo a pellizcos

Vicki Huddleston, embajadora estadounidense en varios países, ha escrito un libro sobre su experiencia como diplomática en Cuba.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis, 29 Mayo 2018

Vicki Huddleston, embajadora de EEUU en varios países (ahora ya retirada a sus 76 años), recién ha escrito un libro sobre su experiencia como diplomática en Cuba: Our Woman in Havana (Nuestra mujer en La Habana), con prólogo de Carlos Gutiérrez, el cubano que fue secretario de Comercio de EEUU de 2005 a 2009, bajo la segunda administración del presidente George W. Bush.

Así como existe la nostalgia posimperial, existe también la nostalgia posrevolucionaria. Y Vicki Huddleston, una dama inteligente y decente, con sentimientos solidarios de humanidad, no puede evitar sentirla a estas alturas de su vida: se enamoró de Cuba y de los cubanos, como tantos y tantos extranjeros que han vivido en nuestro país.

En consecuencia, la embajadora Huddleston desea lo mejor para nuestra sometida isla, una nación que perdió su soberanía hace ya seis décadas, secuestrada bajo la égida tan personalista como populista de una revolución totalitaria disfrazada como utopía proletaria: en resumen, el paraíso a distancia de la izquierda internacional (ese sitio al que se va de visita, pero donde casi nadie elige vivir por su propia voluntad).

Siempre es interesante leer el punto de vista de los protagonistas. Pero también es recomendable desconfiar de todo testimonio de primera mano. Ocurre que a veces los actores desconocen las intenciones del director de teatro para el cual actúan. Y, en específico, en la alta política, los actores muchas veces ignoran para cuál director de teatro están actuando en realidad.

Recomiendo la lectura de Our Woman in Havana por varios motivos. Primero, porque ya yo lo leí, y cualquier criterio tuyo en tanto lector será, por supuesto, tan bueno como el mío propio (en general, nunca ha de creerse demasiado en la crítica literaria). Segundo, porque estas confesiones de la memoria están escritas desde la derrota, y los libros de los perdedores tienen siempre un toque conmovedor: lo que pudo ser y no fue, lo que todavía podría ser pero es ya impensable. Y tercero, porque Vicki Huddleston, como el 99% de los norteamericanos que he conocido personalmente, por desgracia padece de PTSD: por sus siglas en inglés, Post-Totalitarian Sentimental Disorder, o Síndrome Sentimental Post-Totalitario. En su caso, complicado con castrismo congénito de corazón.

Atraviesa todo su libro, como un halo o un hado de hito histórico, la tan común admiración de ser tenidos como enemigos personales de Fidel Castro, no por los que serían apenas unos radicales retrógrados en Miami, sino por Fidel Castro en sí: el más duro de los línea-duras no solo local sino también global. Un titán continental a la hora de tocar los timbales. Hay algo de dominación deseada en esta tentación de la embajadora Vicki Huddleston. Así como hay también una especie de orgullo de género redimido en hacerle resistencia a semejante pugilato de posesión. Fidelismo freudiano.

Si en la novela Nuestro hombre en La Habana (1958) de Graham Greene, el personaje James Wormold se inventa una red de espías a partir de la prensa cubana, y esa red a la postre parece cobrar realidad, en la narrativa de Vicki Huddleston la red a espiar sería la de los disidentes cubanos, acosados casi amablemente por los agentes a sueldo de la Seguridad del Estado.

Al contrario de la obra de Greene, en la saga huddlestoniana nada indica la presencia en potencia de la muerte violenta tras cada paso y cada traspiés diplomático. La Habana no es Bagdad. En el siglo XXI la batalla insular es ahora, como la definiría Fidel Castro, de ideas, y no de cuerpos. Mucho menos de cadáveres. Diríase que el terrorismo de Estado terminó con la caída en Europa del Muro de Berlín (y con el show del general Arnaldo Ochoa fusilado con cuatro narcos castristas en el Caribe). La revolución como paroxismo del pacifismo propio de nuestra época: al parecer, desde la policía hasta los opositores políticos concuerdan en este paradigma literario.

En el libro de Huddleston asistimos así, pues, a las postrimerías de un “dictador carismático”, concedido, pero tampoco se trata de un monstruo que debió de ser juzgado por su continuo cometimiento de crímenes de lesa humanidad. Mucho menos de un genocida cultural. Eso mejor déjenlo para Somoza, Trujillo, Stroessner y Pinochet. El socialismo será insoportable y todo lo que ustedes quieran, concedido, pero es un sistema que no asesina a cubanos en las cunetas como en el resto de los shithole countries de la región (tal como nos definiera en privado el actual presidente estadounidense Donald Trump).

De hecho, si fuera por los Castro nada más, ya el “el cambio ha llegado a Cuba”. Pero, en la trama final de Vicki Huddleston, justo ahora es que viene a entrometerse en medio de la transición de poderes el susodicho presidente Donald Trump, para colmo con sus republicanísimos congresistas de la derecha cubanoamericana, los que, según las encuestas de los demócratas, ya no representan a sus votantes de La Florida a la hora de levantar el embargo económico de Washington contra nuestra tiranía en La Habana.

Porque por ahí van los tiros. Si la democracia en Cuba ha esperado 60 años, ¿qué más nos cuesta a los cubanos esperar otros seis o 16 años? Con el castrismo lo único que no puede hacerse es perder la paciencia, porque, los muy pobrecitos, entonces sí que se empecinan y se emperran, y todo irá de mal en peor. A los Castros hay que tratarlos como a damiselas encantadoras, con tino continuo, para ver si por una vez se equivocan y se animan a, por lo menos, no darnos nada a cambio para empezar. Algo es algo, ¿no? Como matar el burro a pellizcos. Manden más diplomáticos, que ya estamos ganando.

Porque por ahí vienen los tiros. La cuestión cubana como una cosa estrictamente económica. La democracia, como el cielo, es un concepto abstracto que bien puede caernos del cielo en cualquier momento. A fin de cuentas, incluso en EEUU la democracia hoy por hoy deja mucho que desear. Mientras tanto, la autora Vicki Huddleston, embajadora retirada que reincide en las redes de la revolución, ahora se desempeña como Consultora del Grupo de Estrategia Transnacional (TSG) y su Grupo Práctico de Asesoría Comercial para Cuba.

Our Woman in Havana (Nuestra mujer en La Habana) podría leerse entonces y no sin disfrute también, por su coherencia sin ninguna traza de complicidad, como Our Wallet in Havana (Nuestro monedero en La Habana).


Vicki Huddleston, Our Woman in Havana: A Diplomat’s Chronicle of America’s Long Struggle with Castro’s Cuba (Overlook Press, Nueva York, 2018).

BOOKS

Killing Castroism, Softly

Vicki Huddleston, a former US ambassador to several countries, has written a book about her experience as a diplomat in Cuba.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis 30 Mayo 2018

Vicki Huddleston, US ambassador to several countries (now retired at 76), has just written a book about her experiences as a diplomat in Cuba: Our Woman in Havana, featuring a prologue by Carlos Gutiérrez, the Cuban-American who Secretary of Commerce from 2005 to 2009 in the second George W. Bush administration.

Just as there is post-imperial nostalgia, there is also post-revolutionary nostalgia. And Vicki Huddleston, an intelligent and decent lady, with sentiments of solidarity towards humanity, cannot help feeling them at this point in her life: she fell in love with Cuba and the Cubans, like so many foreigners who have lived in our country.

Consequently, Ambassador Huddleston wishes the best for our subjugated island, a nation that lost its sovereignty six decades ago, kidnapped and placed under the personal and populist aegis of a totalitarian revolution disguised as a proletarian utopia: in short, the remote paradise of the international Left (that place that many people visit, but where almost nobody actually chooses to live).

It is always interesting to read the points of view of people who actually lived historical events, personally. It is also prudent, however, to distrust all such first-hand testimony. The case is that sometimes the actors are unaware of the intentions of the theater director for whom they are performing. Specifically, at the highest levels of politics, the actors often do not even realise who their director is.

I recommend reading Our Woman in Havana for many reasons. First, because I already read it, and any judgment of yours as a reader will, of course, be just as valid as my own (in general, one should never place too much stock in literary criticism). Second, because these confessions are written from the perspective of defeat, and books by the losers always have a poignant tone: what could have been but was not; what could still be, but is unthinkable. And third, because Vicki Huddleston, like 99% of the Americans I’ve personally met, unfortunately suffers from PTSD: “Post-Totalitarian Sentimental Disorder.” In her case, this is complicated by the fact that she also suffers from a case of congenital Castroism.

Running throughout her entire book is all too common admiration of being considered a personal enemy of Fidel Castro, and not just in the eyes of a few retrograde radicals in Miami, but by Fidel Castro himself: the hardest of the hard-liners, not only local, but also global. A continental titan when it comes to beating the drums. In this, there is some indulgence in a kind of celebrated persecution by Ambassador Vicki Huddleston, and a type of pride in withstanding such a giant. Freudian Fidelism, as it were.

If in the novel Our Man in Havana(1958), by Graham Greene, the character James Wormold invents a network of spies based on the Cuban press, and that network eventually seems to actually exist, in Vicki Huddleston’s work the network to be spied on is that of Cuban dissidents, who are harassed, almost kindly, by Cuba’s State Security agents.

Unlike in Greene’s work, nothing in Huddleston’s saga indicates the potential for a violent death around every corner or diplomatic misstep. Havana is not Baghdad. In the 21st century the island’s battle is now, as Fidel Castro would define it, one of ideas, not of bodies. And certainly not one of corpses. It would seem that State terrorism ended with the fall of the Berlin Wall in Europe (and with the spectacle of General Arnaldo Ochoa shot with four Castroist narcos in the Caribbean). The Revolution as a paroxysm of the pacifism typical of our time: apparently everyone from the police to the political opponents involved agree with this literary paradigm.

In Huddleston’s book we stand before, then, the twilight of a “charismatic dictator,” but not a monster that should have been judged for his sustained commitment to crimes against humanity. Or for the cultural genocide he perpetrated. Those accusations should be reserved for Somoza, Trujillo, Stroessner and Pinochet. Socialism might be unbearable and everything else you want to say about it, but it is a system that does not kill Cubans and throw them into ditches, like in the rest of the “shithole countries” of the region (as defined by US President Donald Trump, in private).

In fact, if it had been up to the Castros and nothing else, change would “already have arrived in Cuba.” But, according to Vicki Huddleston’s account, the aforementioned Trump arrived just in time to meddle with the transition of powers, and, to make it even worse, with his Republican congressmen on the Cuban American right, who, according to the polls of the Democrats, no longer even represent the will of their Florida voters when it comes to lifting Washington’s economic embargo against the tyranny in Havana.

Because that is what it’s all about. If democracy in Cuba has waited for 60 years, what harm can be done if Cubans have to wait another 6, or 16, years? With Castroism the only thing one cannot do is lose patience, because then the poor things get stubborn and upset, and everything will just go from bad to worse. Thus, the Castros must be treated like demure damsels, with perpetual tact, to see if they finally make a mistake and decide to throw us a few crumbs. After all, something is better than nothing, right? Like killing the enemy with pin pricks. “Send more diplomats, now we’re winning.”

That’s the gist of it. The Cuban question as a strictly economic one. Democracy, like heaven, is an abstract concept that might well from the sky at any moment. After all, even in the US democracy today leaves much to be desired. Meanwhile, author Vicki Huddleston, a retired ambassador who relapses into the networks of the Revolution, now works as a consultant for the Transnational Strategy Group (TSG) and its Cuba Business Advisory Practice Group for Cuba.

Our Woman in Havana could be read, then, for its consistency, without any trace of complicity, as Our Wallet in Havana.

Vicki Huddleston, Our Woman in Havana: A Diplomat’s Chronicle of America’s Long Struggle with Castro’s Cuba (Overlook Press, New York, 2018).

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