Las manos de Fidel Castro

OPINIÓN

Las manos de Fidel Castro

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‘Es posible que ostentara los relojes Rolex más caros del mundo para distraernos aún más de sus manos’

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis, 23 Ene 2021

Manos de Fidel Castro encendiendo un tabaco.
Manos de Fidel Castro encendiendo un tabaco. MCERUTO/ YOUTUBE

Históricamente, son las dos partes del cuerpo humano donde mejor se manifiesta nuestra humanidad. Las dos partes de nuestra biología común que nos diferencian radicalmente del resto de la biosfera, haciéndonos únicos, ya no solo como especie sobre el planeta Tierra, sino también como individuos irrepetibles en el universo. Una es la cara. La otra son las manos.
 
Las manos de un hombre que impactó en la vida de millones y millones de seres humanos, durante al menos 60 años, tenían necesariamente que habernos dicho algo. Pero se lo callaron. En una época tan televisada, con sus planos medios y planos cerrados a la cabeza de quien habla, la cara de ese hombre le robó todo el protagonismo a las manos, por más que las mismas gesticularan como desquiciadas, tratando de llamar la atención durante el aluvión de sus alocuciones.
 
En efecto, así como el discurso hizo del rostro de Fidel Castro un icono internacional inconmensurable, sus manos quedaron reducidas a un papel secundario, inercial, insulso, como la propia audiencia cautiva manu militari que debía escucharlo sin parpadear.

Su cara es inconfundible incluso para quienes desconocen todo sobre el caudillo cubano. Pero pocos hoy (ni ayer, ni mucho menos mañana) podrían reconocer al Líder Máximo de la Revolución Cubana tan solo por sus manos. Son anónimas, como todo lo atroz relacionado con él. Son secretos de Estado.
 
El ostracismo de las manos de Fidel Castro fue involuntariamente importante para canonizar su mito en vida. A todos los políticos les está reconocido tácitamente el derecho a tener una cara que presentar en público, más allá de que se trate de un benefactor o un genocida o ambos. La cara es su máscara. Por el contrario, quien tiene manos, bebe y come. Es decir, traga: ergo orina y defeca. También, emplea esas manos para poseer el cuerpo de otra persona, dando y dándose placer sexual a través del otro. Por lo tanto, quien tiene manos no puede esconder su humanidad y, lo más peligroso para un tirano, está regalándole a la gente su condición de mortal. Los está de algún modo invitando a enterrarlo.
 
En este sentido, Fidel hablaba como un poseso para fascinarnos con su verbo vibrante, para entretenernos y hacernos partícipes de sus propios delirios en la Isla de Inmortalidad. Cuando hablaba nos convertía, de hecho, en sus contemporáneos. Esa era su manera de reclutarnos para una vida en comunión más o menos a la cañona, siempre que no bajáramos la vista y reparáramos en la maldición de sus manos.
 
Es posible incluso que las muñecas de Fidel Castro ostentaran los relojes Rolex más caros del mundo para distraernos aún más de sus manos. Porque eran, por supuesto, por más que los cubanos nos empeñemos ahora en olvidarlo, acaso para no arrastrar ese trauma, las mismas manos de matar.
 
A la vuelta de un nuevo siglo y milenio, con Fidel Castro reducido a cenizas inorgánicas tras su fallecimiento en noviembre de 2016, he consagrado los últimos cuatro años de mi exilio tardío a reencontrarme con la cara oculta de su humanidad.
 
Gracias a la internet, he descargado cientos, tal vez miles de fotos que amplío antes de cortarles las manos con un clic. Zafra de zas, zas, zas. Hasta hace apenas unos días, este proceso de mutilación digital me había dado muy pocos resultados. Captaba gestos, ademanes, insinuaciones, pero nunca el hermético espíritu de sus manos.
 
Fue en un viejo video donde se las vi. El alma manual de Fidel Castro, expresada en toda su violenta verdad. Está prendiendo un tabaco, mientras les hace un cuento de héroes continentales a unos campesinos cubanos, que a su vez se confunden con sus escoltas.
 
La cámara que lo filmó no se dio cuenta de nada. Pasó por sus manos sin percibir ni un ápice de personalidad, y siguió sin hacer pausa haciendo un tilt up súbito hasta el órgano de su cuerpo del cual nunca se alejaban las cámaras, de acuerdo al pacto de sangre entre soberano y sumisos: la cabeza de Fidel Castro.
 
Se las vi de refilón, pero se las vi. Le di para atrás al video y entonces tuve que hacer pausa como diez veces, hasta detenerme en ese instante intenso e íntimo en que nos hablaron por primera vez, de cubano a cubano, las manos del comandante en jefe.
 
Es la captura de pantalla que encabeza esta columna. Uñas de mujer, manos de basurero. La síntesis del primer pianista de la patria con el peor pájaro carroñero.
 
Por este medio le estoy cediendo al pueblo cubano el copyright de esa inolvidable instantánea. Tomará su tiempo, es cierto, pero, de cara a las nuevas generaciones, es muy importante que, más temprano que tarde, cada uno de nosotros reconozca a ese desconocido siempre a la mano que alguna vez se hiciera llamar Fidel Castro.

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