INVENTARSE UN INVIERNO

INVENTARSE UN INVIERNO
Orlando Luis Pardo Lazo

Eso. Inventarse un invierno. Una estación nueva y desconocida. Un prodigio climático. Un cambio de luz. Un filtro de temperatura. Una revolución glacial.

Con frío no hay patria despótica que sea efectiva. Los rostros cambian. La piel se tensa. Los sentidos se excitan. El ser humano recuerda ser justo eso: un ser humano y no una maquinaria social.

El frío es el fin de toda beligerancia. La negación de la invasión. Un estado antípoda de la revolución tropical.

Hoy, domingo 18 de octubre, La Habana vive dentro de esa burbuja de casco azul. Colchón libertario de nubes. Liberales ráfagas meteorológicas importadas del norte. Silencio y recogimiento de la propiedad colectiva. Introspección de las armas a la sombra del alma. Imposible concebir un discurso o un desfile bajo esta efímera ecología de algodón.

Durante algunos días podremos jugar al delirio democratizante del Primer Mundo desarrollado. Durante algunas noches podremos hacer el amor entre cubanos como si fuéramos gélidos extranjeros. Y esa extrañeza es también un alivio para nuestra idiosincrasia. Un aroma de irrealidad introvertida. Vértigo atávico de la primera criatura pensante que se paró sobre sus dos pies sobre este planeta o país.

Sueños líquidos. Respiración fumante. Córneas resecas. Cero cerilla ni sudor. Placer higiénico. Ganas de gritar. Hambre de gente en futuro. Deseos de toparse a un abrigo no identificable en la intemperie de la próxima esquina, e invitar a ese semejante a penetrar en el cálido interior de nuestro cuerpo u hogar. Humanidad a pulso. Latinoamericanidad hecha leña para alimentar la chimenea imaginaria del nórdico hall.

Eso. Inventarse un invierno. Inventariar los objetos invernales que cada año nos faltan para completar nuestra templada noción de nación.

Siempre me enamoro en invierno. Siempre escribo. Siempre me sobrecubro de ropas elegantes que potencian el secreto súbito de mi persona. Siempre renazco en la Cuba iconoclasta de invierno. Podría estar horas de bus en bus. Robando miradas, reptando entre los alientos y la radiación que emite la sangre y que, en el resto del año, se capta sólo como agresión. La belleza siempre me sublima en invierno. Soy bueno, soy mejor. Ahora ningún cubano podría herirme ni hacerme daño con su cubaneo residual.

Además, en invierno recuerdo cosas que no viví. Me voy de cabeza a ese siglo XIX utópico que nunca existió. Veo fachadas con moho. Grises telas. Ríos y rocas. Muchachas tosiendo. Candor de candiles. Puentes y adoquines mojados. Un mar neurasténico y sin embargo noble. Risas de hombres tozudos en una taberna (ninguno es más fuerte ni lúcido que yo). Trenes que se hunden en la noche nívea de nuestra historia. Libros libérrimos que compiten codo a codo con la prosa de dios. Realismo pulcro de una Habana habitable por fin.

Y otra vez veo a esa mujer tan joven que se parece a mi madre (que era mi madre hace cincuenta años, que será mañana la mentira mimosa de mi madre), regañándome sin voz por mi obsoleto nombre de niño: “Landy, todavía tú no te gobiernas…”

Y otra vez oír al milagro de mi padre leer, protegiéndome las pestañas del resplandor literario de aquellos bombillos incandescentes, hoy prohibidos tras la debacle económica de este planeta o país. Mi padre en invierno era una visión única. Fumaba y olía a néctar de picadura, miel amable de los que van a morir en casa. Era obeso y felpudo y por eso apenas se forraba de abrigos, como yo. Leía hasta un punto y luego comenzaba a inventar. Inventarios inverosímiles de un mismo libro que muta bajo la almohada.

Con cinco años yo sabía que semejante maravilla no podía durar demasiado. Lo sabía, pero era tan grande la pena póstuma de esa pérdida por adelantado, que decidí nunca decírselo por si acaso él no lo sabía. Así, desde los cinco años, invierno tras invierno protegí a mi padre del veneno de la verdad.

Hoy, domingo 18 de octubre, La Habana revive en medio de su barbarie de rabia rubicunda. Hay una paz paradisíaca que podría contagiar por igual a presidentes y presidiarios, y hasta conminar a los policías para que se entreguen a esta orgía de paz. Hielo entre hermanos. Fraternidad frapé. La guerra se acaba, Cuba, sólo si tú y yo lo queremos (nosotros, los sobremurientes, que nos queremos tanto).

Dentro de mi cabeza y bajo mi esternón se incuban once millones de cubanos que aún desconocen esta terapia invernal. Son los personajes de una novela imposible que cada invierno yo atizo a teclazos hasta que cambia el año y, entonces, enero es definitivamente una decepción.

Hormonas que no hibernan, sino implosionan. Ingravidez. Alucinación. Libertad.

Cuba septentrional. Chubasco y neblina donde cristalice una vida privada de puertas adentro: la alcoba como altar. Habanaurora boreal donde se congele cualquier aburrido atisbo de totalitarismo. Individualismo inocuo post-constitucional. Icebergs titánicos contra los que ninguna empresa endémica naufrague. Círculo de Cáncer Polar. Pluripartidismo de boletas en blanco como copos de escarcha. La política no cabe en nuestra repentina nevera.

Inventarse un invierno infinito, incorruptible por más que a la postre se nos comporte infinitesimal. Eso.

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