Helicópteros Históricos

Helicópteros Históricos

Orlando Luis Pardo Lazo    /  August 29, 2014

Vuelos literarios con el Fidel Castro de los 80s.

Las literaturas de exilio son siempre más misteriosas que la de la nación dejada atrás. Los exiliados escriben en un aislamiento múltiple: lejos de la patria, del propio lenguaje, y del resto de los exiliados. De ahí esa literatura de vacíos que es rellenada con una nostalgia más o menos risible, y crea puentes inesperados entre lo que cada exiliado experimenta en su soledad.

La Revolución comunista de Fidel Castro en este sentido es pródiga. Desde 1959, su año inaugural, Cuba comenzó a censurar y catapultar escritores fuera de sus fronteras. Todos los medios de prensa y culturales fueron confiscados por el Estado de manera arbitraria. Se implantó el realismo socialista al peor estilo soviético. Por lo que de inmediato se generó un generoso exilio que en pleno 2014 aún no deja de engrosarse, gracias a quienes escapan de la alguna vez llamada “Isla de la Libertad.”

En los años 80s, dos de esos escritores en fuga coincidieron en una inverosímil visión: mirar al país perdido desde el aire, personalizándolo en nuestro despótico Premier. En efecto, en las novelas “El color del verano” y “En mi jardín pastan los héroes”, Reinaldo Arenas (1943-1990) y Heberto Padilla (1932-2000), respectivamente, incluyen un cortocircuito de letras con el Comandante en Jefe que los expatrió. Así, ambos se inventan un paseo con Fidel Castro para recapitular esa Isla bajo control militar que, paradójicamente, fue y sigue siendo narrada como el paraíso proletario por antonomasia de la izquierda internacional.

Ninguna de estas dos novelas se ha publicado en Cuba, por supuesto, aunque son bastante conocidas allí entre los lectores libres en medio de las alambradas, gracias al tráfico de libros prohibidos que la dictadura ya no logra paralizar.

El “colorido verano” de Arenas es la apoteosis del desparpajo. Una mirada a vuelo de pájaro desde un helicóptero militar, donde Fidel otea con prismáticos sus posesiones, mientras va lanzando órdenes caprichosas a sus ministros, a la par que los ejecuta de uno en uno y de costa a costa, por ser tan incapaces como infieles a su voluntad absoluta de Titiritero Máximo en aquel tétrico teatro. El Castro de semejante pesadilla aérea es un monstruo del monólogo, casi un autista asesino que planea sobre una Revolución en ruinas, un ogro grosero que es caricaturizado con sarcasmo acaso como venganza del propio autor.

El “jardín heroico” de Padilla encarna ese patético Complejo de Edipo que nuestros intelectuales padecen con la Revolución. El protagonista es llevado como un zombi zoocialista para acceder a un diálogo adánico con Fidel y, de paso, para implorar su perdón (aunque no haya crimen, en la Cuba kafkiana siempre ha de haber culpa) y recibir sus instrucciones sobre qué hacer para no convertirse en un intelectual crítico al régimen. En esta arcadia de grandes alamedas con flores, a ras de una exitosa agricultura y ganadería de Primer Mundo, bajo el edén de una ceiba fiel y feliz, Castro regaña al autor por haber dudado de Él, por no creer ciegamente en Su autoridad, y terminan otra vez con binoculares desde un helicóptero que sobrevuela de punta a punta el país.

En ambas novelas, se trata de un Fidel flotante como medida de todas las Cubas.

Tanto Arenas como Padilla sufrieron prisión en la Isla, en los años 70s. Y los dos murieron sin que se les permitiera volver a la tierra donde nacieron. Sin embargo, o precisamente por eso, la literatura de ambos no dejó de desbordar cubanía ni en un solo párrafo. Arenas, desde la furia y el carnaval de una tierra baldía, un erial exhausto de toda ética. Padilla, desde un ejercicio de memoria moral que aspira a comprender y comprometerse con los laberintos de la Historia. Ambos son antípodas, híper-políticos, electrones extraviados de la órbita de un Apolo que apalea a sus hijos o acaso un hueco negro llamado Fidel.

Ese Castro, hoy ya octogenario, todavía sobrevive dos veces a cada autor: en sus biografías y en estas escenas convergentes de Arenas y Padilla, cuyos inconscientes creativos los subió a un helicóptero literario, uno y otro enfrentados a la fuente cubana de todo derecho y poder. En última instancia, estas dos novelas fueron sus perversos tributos al Narrador Omnisciente de una Era Revoluzoica que no tiene para cuándo acabar.

No sé qué va a pasar con la imaginación de los escritores cubanos, así en la Isla como en el Exilio, ahora que a Fidel ya sólo lo montan en una silla de ruedas.

Helicopters of History: 1980s Literary Flights with Fidel Castro

Orlando Luis Pardo Lazo  and translated by Alex Higson.  /  August 29, 2014

On two exiled writers and their shared literary vision of Cuba.

Literature written in exile is always more mysterious than literature written from within the homeland. Exiles write from a multifaceted state of isolation: they are removed from their homeland, from their own language, and from other exiles. This gives rise to a literature of empty spaces. The works, filled with a rather laughable sense of nostalgia, create unexpected bridges between what each exile experiences in his or her solitude.

In this sense, Fidel Castro’s Revolution contributed generously to literature of exile. From its advent in 1959, Cuba began to censor its writers and throw them out of the country. The state took over the press and the media at will. In the worst soviet fashion, a form of socialist realism was put in place. As a result, a mass exodus began immediately. Today, in 2014, the number of exiles is still swelling as Cubans continue to escape from the nation once known as the Island of Freedom.

In the 1980s, two of these writers on the run came upon the same unlikely vision: to look over their lost country from the air, and personalize it in the character of the “Premier,” Fidel Castro. In El color del verano (The Color of Summer) and En mi jardín pastan los héroes (Heroes Are Grazing in My Garden) the novelists Reinaldo Arenas (1943–1990) and Heberto Padilla (1932–2000) create a fictional sparring of words with the Commander-in-Chief who drove them from their homeland. Both writers invent an outing with Fidel Castro to describe the reality of the conditions on the military-controlled island. This presented a paradox to the international Left’s portrayal of Cuba as a proletarian paradise par excellence.

Neither of the novels were published in Cuba, of course. However, thanks to an underground trade in banned books, the works are quite well known among free readers living inside Cuba’s barbed-wire fences.

In Arenas’ “colorful summer,” we see the definition of nerve. He offers a bird’s-eye view of the island from a military helicopter where Fidel watches over his domain through binoculars. Fidel issues whimsical orders to his ministers while executing them one by one, from coast to coast, for being as useless as they are disloyal to the puppet master’s absolute will. The Castro of this aerial nightmare is a monster of monologue, an insensible assassin soaring over a revolution in tatters. The author uses his personal vengeance to create a sarcastic caricature, Fidel as a coarse ogre.

Padilla’s work embodies the pathetic Oedipus complex that our intellectuals are suffering under the Revolution. The protagonist is written as a zoocialist zombie engaging in a dialogue with Fidel in the same way that Adam did with God. In doing so, he seeks forgiveness – he has committed no crime, but in this Kafkaesque Cuba guilt is presumed – as well as instructions on how to avoid becoming an intellectual critic of the regime. In this Eden of beautiful flower groves, replete with successful First World farming and cattle ranching, beneath the earthly paradise of a trustworthy and happy ceiba tree, Castro scolds the author for having doubted Him, for not blindly believing in His authority. Once again, they end up peering through binoculars from a helicopter flying from one end of the country to the other.

Each novel presents a floating Fidel as a symbol for all Cubas.

Both Arenas and Padilla were imprisoned on the island in the 1970s, and both died in exile, unable to return to the land of their birth. Despite this, or indeed perhaps because of it, the literature of both writers always overflowed with Cuban-ness in every single paragraph. Arenas writes from the fury and pageantry of a fallow terrain, an ethical wasteland. Padilla writes as an exercise in moral memory that aspires to understand and commit itself to the labyrinths of history. Both are antithetical and hyper-political, electrons straying from the orbit of an Apollo that beats his children, or perhaps a black hole named Fidel.

Castro, today an octogenarian, has enjoyed a life twice as long as either Arenas or Padilla. In the convergent scenes of their imaginations, which carried them up in a literary helicopter, both confronted the Cuban source of all powers. Ultimately, these two novels were their perverse tributes to the omniscient narrator of a revolutionary age that has no end date.

I’m not sure what will happen to the imagination of Cuban writers, both on the island and in exile, now that Fidel is only able look down on them from his wheelchair.

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